700 días
- pedrocasusol
- 24 jun 2024
- 4 min de lectura
Escribe: Thalía Correa
¿Podría uno sentirse tan poco bienvenido en un lugar? Cada vez que me veía en el espejo (que no era mucho, por cierto) veía a un anciano de 70 años que no tenía muchas ganas de hacer algo desde hace mucho tiempo. Veía todas las arrugas debajo de mis ojos. Ojos que estaban opacos como los ojos de pescados que ya no están frescos y esperan en el mercado que alguien inexperto venga y los compre. Tenía también una barba espesa y blanca que llevaba 4 años conmigo, el cabello lo tenía completamente blanco desde hace unos 30 años, terrible, la genética es así. Además de las canas me acompañaba una calvicie en la parte frontal de la cabeza en forma de M. Entonces éramos las canas, la calvicie, mi gorra y yo.
Empecé a usar la gorra cuando me di cuenta de lo inevitable, con ella lograba aparentar que tenía una pequeña melena oculta bajo de ella, la usaba a todas horas, para almorzar en casa o restaurante, en la playa que tanto detestaba, aunque odiaba más los bancos y puedo contar con los dedos de las manos las veces que he ido en 10 años.
Es raro que alguien me vea sin gorra, en realidad son pocas las personas que me han visto sin ella, y aunque todos imaginan el motivo de mi gorra, a veces negra, a veces azul marino, nadie decía nada y yo no soy capaz de aceptarlo con ellos, no tenía motivo para hacerlo tampoco. Lo acepto hoy, solo con ustedes que me leen sin conocerme.
Sí, me acomplejo de mi calvicie, no me gusta para nada, de joven fui el guapo del barrio, mujeres hacían cola para salir conmigo, yo era un espectáculo de hombre, pero ahora sin mi cabello, me siento como Sansón para que me entiendan un poco, solo que a diferencia de su fuerza yo me siento demacrado y sin brillo, sobreviviendo el día a día, estoy cansado.
Es necesario hablar de mi gorra porque siento que desde que ella apareció en mi vida simplemente me faltan ganas de vivir, es como si las energías nunca estuviesen completas, siempre bajas, como un teléfono con carga máxima de 40%.
Yo no quería aceptar que me faltaban esas ganas de vivir, construir y seguir. Me negaba. Algo que también me disgustaba era vivir en la casa de mi hermana. No tenía mucha opción, ella se preocupaba por una bacteria que casi me mata hace 3 años, y en general le preocupaba que muriese y nadie se diera cuenta. Ya no frecuentaba amigos, y hace mucho que no sabía ni de mi esposa ni de mis hijos, y esto a decir verdad no me molestaba, podía vivir tranquilamente sin ellos.
El siguiente mes cumplo 2 años en casa de mi hermana menor, junto a su hija, Sofía, mi sobrina, que solo tiene 23 años y muchas ganas de vivir. Si hay algo que destacar de Sofía es su hermoso rostro, joven y terso, sin arrugas, una hermosa melena negra que le llega a la cintura, Sofía está llena de energía, esa energía que solo se tiene de joven.
Ella y yo no nos llevamos bien por eso nos limitamos a saludarnos, simple cortesía, pero hoy nos encontramos en el pasillo que conecta la sala con mi cuarto. Me detuvo y me dijo:
-Estoy cansada de verte, no haces nada productivo, eres como un parásito, me fastidio de solo verte. Te la pasas comiendo, viendo televisión, tomando cerveza, ni siquiera tienes trabajo.
Mi respuesta fue muy clara y sencilla: silencio, todo era cierto. Me quedé paralizado viéndola decir todo lo que pensaba de mí; guardé silencio y créanme que no era por evitar una discusión sino porque cada palabra la iba grabando en mi mente. Ella tenía toda la razón, pero ¿qué iba a entender esa pobre niña de apenas 23 años sobre lo que pasa más adelante en la vida?
Ella no sabía de las mil y una decepciones que te tiene la vida, de que no todo sale como tú quieres, de que quedas calvo desde joven, de que probablemente esa sea la razón por la que tu esposa e hijos te abandonaron, de que pierdes todo y quedas sin nada, ni siquiera la voluntad de seguir, de mejorar y mucho menos pensar.
Es cierto, me refugiaba en los partidos y mi fiel amiga la cerveza, me sabía todo sobre el futbol, a quién le dieron más dinero para cambiarse de equipo, quiénes eran los jugadores, cuándo y dónde eran los partidos, y claro, por supuesto la hora y canal donde se podían ver los juegos.
Todo lo que dijo era cierto, pero yo no quería discutir sobre eso y mucho menos con ella. Yo estaba cansado, había hecho demasiado al mantenerme con vida, pero no pensaba discutir de mis experiencias con ella, no invertiría mi tiempo en eso, no.
Ella iba a vivir sus experiencias y lo único que me daba tristeza era que no me quedaba vida para ser testigo de ello. Ella tenía una vida por delante y yo la fría y piadosa muerte.
La seguí mirando y asentí como respuesta, retomé en silencio mi camino, entré al cuarto, cerré la puerta, me senté con la mirada fija en mi guitarra, una maravillosa Gibson J-45 Standard, era lo único hermoso que me quedaba y tenía mucho tiempo sin tocarla, me sentí nostálgico y a su vez tranquilo. Hoy es el día, hoy al igual que mi sobrina me armo de valor.
Saqué una carta que le había escrito a mi hermana y la dejé encima de mi escritorio. Desde hace años estaba listo para partir, pero no había encontrado el valor hasta hoy. Puse la radio, sonaba Between the bars, saqué un caramelo de cianuro que traje de Colombia hace ya un tiempo, lo hice polvo, abrí mi minibar, le quedaban dos Coca Colas, las saqué y le agregué los 250mg en polvo de mi caramelo, un poco de ron y empecé a sentirme libre como mi bebida.





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