Atrévete
- pedrocasusol
- 8 oct 2025
- 5 min de lectura
Escribe: Francisco Dahoud
Una ansiosa Vane aguardaba ya hacía tres días por el QR solicitado a través del IG. Su objetivo: ingresar a la discoteca de moda, donde se agrupa la gente bien, “Damián”.
- Puta madre, estos huevones no contestan –renegaba frustrada y con sensación de vergüenza por ser la única de su grupo en la U que aún no había ido al lugar.
El fin de semana se acercaba y todavía sin respuesta. Le era ofensivo que, siendo un personaje “cool”, secundado por esos selfies bien logrados obtenidos en sus distintos viajes y escapadas culinarias, no causaran una respuesta inmediata por parte de la administración del local nocturno. Le era inconcebible un fin de semana más sin poder postear esa foto apoyada en la explosiva barra de neones rojos, el jale de la disco.
Su agonía terminó la madrugada del jueves, cuando una Vane en vela recibió el correo que la validaba socialmente. El ansiado QR le permitía el ingreso con un acompañante; ella tenía bien claro con quién iría. Sin notar que su reloj marcaba las 2:17 a. m., tomó su cel. La noticia era tan importante que toda molestia pasaba a un segundo plano.
– Aló –contestaba una somnolienta Sofi.
– Cojuda, ya tengo las entradas; este finde somos Damián –una emocionada Vane transmitía la noticia como si de un evento trascendental se tratara.
(Sofi tenía una personalidad bastante contraria a la de Vane. No se sentía atraída por esos eventos sociales; los consideraba vacíos. Era romántica, profunda; anhelaba una pareja con la cual compartir sentimientos, creciendo juntos durante toda una vida. Y en esos antros donde se entremezcla el ruido, el alcohol y la lujuria, no podría encontrar nada más que un placer efímero).
– Oye, ¿y no podías esperar hasta más tarde para darme la noticia?
– Puta, qué pincha globos eres. Nada, duerme; mañana conversamos.
Ambas colgaron sus teléfonos y, echadas mirando la nada, se quedaron meditando en el silencio de la madrugada sobre lo curioso de que, al ser tan distintas, pudieran ser tan buenas amigas.
Acordaron encontrarse en H&Z, la tienda indicada para elegir el outfit que estuviese acorde al evento; aunque la calidad de las ropas era deplorable, suficiente era que la prenda durase solo para ese día. Vane no dejaba nada a la imaginación: una minifalda de falso cuero, a un centímetro por debajo de sus nalgas, le permitiría exhibir sus largas piernas bronceadas, y ese top translúcido escotado revelaría los encajes de su brasier negro y dejaría al aire su nuevo piercing del ombligo.
– No vas a ir con tu jean mata pasiones; pruébate algo –le insistía Vane a Sofi, mirando su facha con cierto desprecio.
A Sofi no le gustaba ser el centro de atención. Si bien su cuerpo cumplía con los estándares preestablecidos para el local, ella rehuía de esas miradas solapadas de chicos hormonalmente alborotados.
– Tú preocúpate por tu ropa y deja de joderme.
– Al menos, si vas a usar jean, ponte esos que te levantan el culo –insistía una Vane preocupada por realzar los atributos de su amiga.
La insistente Vane convenció a Sofi, que terminó usando ese jean provocador y un polo ceñido que le realzaba su figura. Se miró al espejo y, aunque no lo quiso admitir, una sutil sonrisa delataba su gusto al verse diferente.
– Ves que bien te ves; me haces un coqueteo y te chapo –le decía una Vane sonriente a Sofi, mientras la abrazaba.
– Estamos listas para arrasar.
El espejo reflejaba a ambas chicas transformadas para la ocasión, a escasas horas para que la euforia se desatase en la pista de baile.
Una cola que daba la vuelta a la esquina sorprendió al dúo. Sofi, resignada, caminó hacia el final para aguardar su turno de ingreso.
– ¿A dónde vas? Yo no me voy a soplar esa cola.
– ¿Y qué hacemos?
– Ahora verás lo útil que es la minifalda.
Vane caminó hacia la puerta; la mano del seguridad, que servía de tranca al ingreso, fue sorprendida por una sutil caricia.
– Aquí están nuestros QR –Vane le enseñaba la pantalla de su iPhone rosa metalizado.
El inexpresivo sujeto mansamente dibujaba una sonrisa.
– ¿Cuántos son?
– Las dos nomás.
El hombre hizo unas consultas por radio; esperaba la aprobación de un ser omnisciente. Tras un «cambio y fuera», destrabó el cordón y las dejó pasar.
– Bienvenidas.
– Ah, te pasaste –le respondía Vane, mientras le apretaba la mano sin despegarle la mirada.
Con la adrenalina a tope, Vane jaló a Sofi hacia el centro de la pista de baile y empezaron a fusionarse en ese vórtice de sensaciones al ritmo de una intensa música electrónica.
– Muévete –gritaba eufórica una Vane que empezaba a sudar.
– ¿Qué? –Era imposible dialogar en ese espacio, y solo siguieron moviéndose, dejándose llevar por el DJ marionetista.
Un chico cuyo perfil encajaba en lo que se denominaría un casanova se acercó sutilmente al oído de Sofi.
– ¿Me permites bailar con tu amiga?
El zorro sabía que, si Sofi daba su consentimiento, su amiga no se negaría. Sofi, conociendo los gustos de su amiga, dio un paso al costado, permitiendo el abordaje al intrépido galán. A Vane no le pareció molesta la maniobra y, sin descaro, empezó a moverse de forma sugerente a escasos centímetros del chico, que luchaba por seguir el ritmo sin caer en el ridículo.
Sofi se alejó, buscando un espacio más tranquilo, y se apoyó en esa barra decorada por neones rojos dispuesta cual isla en el centro del local. Miró hacia el frente y, cruzando la barra, divisó a un chico que tomaba una cerveza con una expresión que decía: «¿Qué hago acá?». Por un instante, cruzaron miradas; de esas donde el magnetismo se dispara, rompiendo cualquier ley física. La timidez de ambos les hizo desviar esa mirada, pero sabían que habían tenido un momento especial.
«Si le hablo, lo peor que puede pasar es que me chotee.»
«Acércate; aunque estoy aterrada, tienes todo mi permiso.»
«Pero ¿qué digo?»
«Di cualquier cosa; no busques la palabra precisa, solo ven.»
«Bueno, me estoy levantando… Puta madre, me interrumpió el mesero… ¿Será que mejor me siento y pido otra chela? No, debo ir… No busques excusas tontas para justificar tu timidez.»
«Ya estás… Solo avanza.»
«Sí, voy. Sí, voooy… Parezco el Chapulín… Qué gracioso es Roberto Gómez Bolaños… Pero sin Don Ramón, sus sketches no funcionarían.»
«No te distraigas… Me es imposible acercarme… ¿Por qué seré tan mojigata? ¡El hombre es el que se tiene que acercar! Sí, claro…»
«Ok, me seco ese concho de chela y camino hacia ella.»
«Ya, acaba esa cerveza.»
«Listo, estoy caminando… Hay mucha gente, creo que tardaré un poco.»
«Puta madre, ahí viene… ¿Y si le hablo una burrada? Mis axilas están todas sudadas… Mejor me cruzo de brazos.»
«Estoy a unos metros… ¿Qué digo?»
«Le sonrío… Sí, le sonrío.»
«Me sonríe… “Hola”».
«“Hola”».
– Así, mi amor, fue como conocí a tu padre. Por eso nunca juzgues; permítete vivir. Eso sí, siempre prudente. La tía Vane, toda una sabia, siempre me decía: “En donde uno menos espera, es donde aparecen las verdaderas oportunidades”.





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