Melodía de tres corazones
- pedrocasusol
- 8 oct 2025
- 16 min de lectura
Escribe: Oliver León Diestra
Y otra vez me encuentro en el mismo taburete, en el mismo salón, con las mismas ganas de ayer por tocar algo que sea mío y no reinterpretar las interpretaciones de los demás músicos. Y aún con tantas ganas, empiezo tocando una suave melodía que, sin poder evitarlo, se trasforma en aquella primera melodía desechada en el fondo de mi mente, termino tocando esta que es casi prohibida para mis huesos los cuales vibran de emoción ante cada conjunto de teclas tocadas en un orden particular, solo mío. Mi melodía.
Pero llega ese momento donde las notas que salen del piano no las logro oír, no puedo hacerlo, mi cerebro termina bloqueando una y otra vez las notas. No puedo hacerlo por más rápido que toque, por más fuerte que lo haga, incluso si mis dedos parecen destrozar cada tecla del mismo. Pero muy contrario a lo que digo, el salón esta lleno de ruido (en realidad, no podría ser ruido, estoy seguro que alguien tan enfermo como yo no lo consideraría así, es una canción, una de aquellas que no me permiten tocar frente al Rey por lo imperfectas que son, aunque cada imperfección en su métrica es lo que hace mi pieza única), el eco de las notas conjuntas es impresionantemente fuerte, lo suficiente como parecer que dos personas distintas tocan al mismo tiempo, pero uno más atrasado que otro. Aun así, las notas parecen ahogarse en el mar de mis inútiles pensamientos sin sentido, como si estos fueran más fuertes que la propia música.
―Desde mi punto de vista, esta pieza es de las mejores que usted ha ejecutado. Me intriga saber por qué nunca ha sido interpretada en el salón. ―¿En qué momento llegó que ni siquiera pude percatarme para recibirlo como es debido? Podría, si quiere, mandarme a la guillotina por solo no hacer la reverencia correspondiente. ¿Será que lo hará sin que yo logre tocar mi pieza completa y escuchándola de forma real?
―Príncipe, una disculpa, no lo oí cuando llegó. Esta pieza es un error, por favor, absténgase mencionarla. Múltiples veces me han dicho que dejé de tocarla, pero mis dedos terminan yendo con los mismos acordes, cambiando el ritmo de la canción que anteriormente tocaba y transformándola en esta. ―Mierda, hablé de más, ahora va a pensar que es mi alienista o que soy un charlatán. ―Perdone mi imprudencia, olvide lo que mencioné con anterioridad, ¿Qué lo trae por aquí? Si no mal recuerdo, usted debería de estar en el salón, practicando para el baile del próximo mes.
Si bien no se equivoca y debía de estar en el salón preparándome de forma adecuada para este, ¿no resultaba irrespetuoso el mencionarle al próximo Rey que tendría que hacer o que no? Sin embargo, el musico frente a mi lo dice casi con inocencia, como si no se percatara que me está faltando el respeto. Pero, para su fortuna, detesto el excesivo respeto que a veces, por no decir siempre, me muestran, es casi como si un simple humano insípido como yo les infundiera tanto miedo que no se pueden expresar con total libertad, al contrario, aíslan lo que son y me muestran caretas falsas que se pegan como si fuera su propia carne.
Muy probablemente me estaban buscando, pero la intriga de saber más sobre la historia de esta pieza errónea, imperfecta, que nunca debí de haber escuchado, sin embargo, lo hice y ahora que lo he hecho, no me arrepiento en absoluto. Además, quería que el ser que se encontraba aún sentado, mirando las teclas como si no les encontrara sentido alguno, me dijera o me explicara por qué cada vez iba más rápido sin llegar a completarse la melodía, siendo interrumpida por su propio inicio una y otra vez.
―¿Por qué mientras esta pieza avanza su ritmo la arrastra y la obliga a acelerar con ella, sin permitirle llegar a completarse, si no, por el contrario, se le es interrumpida por su propio comienzo? Prometo retirarme en cuanto me resuelva esta impertinente duda.
―Oh, claro, pensé que estaba lleno de deberes, disculpé mi falta de respeto. ―Ni siquiera lo dijo convencido, su voz había salido tan dudosa de mencionar lo último que incluso su ceño se frunció y un pequeño puchero apareció en sus labios. ―Bueno, esta pieza en sí, nació como una casualidad, cuatro acordes incompatibles danzando a la par, rompiendo la métrica y teniendo pulsaciones completamente irregulares, ¡cómo si fuera un corazón! Pero estos simples y cortos acordes repitiéndose en distintos ordenes me cautivaron por completo, ¿Puede usted también sentir el como su corazón late respondiendo a las pulsaciones de la música, como si esta tomara el control de su cuerpo y lo obligara a latir fuerte y lento, despacio y rápido, fuerte y rápido, despacio y lento, intercalando de una forma tan preciosa…? Aunque como usted dice, justo cuando llega el mejor momento de la canción, dejo de escuchar las notas, la melodía es remplazada por los comentarios antes dichos por mi maestro y mis propios pensamientos autodestructivos. Y es ahí donde toco fondo y todo cae, mis manos no pueden evitar tocar más rápido, más fuerte, como si ello hiciera que mis oídos puedan escuchar con claridad mi melodía. La única vez que logré tocarla por completo, mi maestro terminó por destruirme, dejándome así, sin poder volver a escucharla realmente.
Hablé demasiado, estoy seguro que lo hice, que hablé mucho más de lo que debía, ¿será que lo aburrí con tantas habladurías de una canción sin mínima importancia? ¿Cómo alguien puede amar tanto lo que hace? Es hermosa la forma tan dedicada y delicada con la que habla de su propio trabajo, elevándolo al punto máximo de gratitud solo por la dedicación y cariño que hay detrás de tal pieza. ¿Por qué no dice nada? ¿En serio mi trabajo no vale la pena ser escuchado? ¿Cómo no se da cuenta que la forma en la que se expresó fue tan cautivadora que es imposible no quedarse admirado y sin palabras por un largo momento?
―Le voy a dar un recado, más bien un trato, si usted llega a tocar la canción completa otra vez, le permitiré tocarla en el Baile Real. No, usted tiene que hacerlo. Necesito que toque esa pieza, por lo mismo que usted dice que se puede sentir con solo escucharla. ―Su rostro es un poema completo, no solo por la sorpresa, sino por el brillo que su mirada muestra ante la posibilidad de mostrar su trabajo, o de ser reconocido por algo propio. Yo aceptaría, una y mil veces más lo haría, pero si no logro oírla, ¿cómo podría tocarla?
―¿Y si no logro oírla nunca? ―Su voz denota miedo, su mirada vuelve a perderse en las teclas, pero ahora con lastima, con añoranza, como deseando alcanzar algo que tiene a centímetros suyo, pero a millas de aceptación.
―Yo estaré en cada ensayo, bailando para ti, para tu canción.
…
No pensé nunca que lo antes dicho fuera verdad. Nunca me imagine estar tocando para el príncipe y que este baile solo para mi música, siguiendo el ritmo propio de esta y entregando su cuerpo a cada melodía que mis dedos tejen con rapidez. Nunca pensé hacerlo, pero aquí estoy, tocando el principio de mi canción con concentración y miedo; miedo de fallar e incluso también miedo de lograrlo, de hacerlo solo por hoy y mañana, más tarde, nunca más poder hacerlo. Lo esta haciendo tan bien, la melodía inunda el salón de una forma en la que simplemente siento que me conecto con él. Mi corazón deja de ser mío y el piano se apodera del mismo, me deja amando sin amar a algo real, solo sintiendo aquella emoción que sientes cuando ves a ese ser que te hace sentir la nada del todo, ese que te hace sonreír aún sin haber un comentario o hecho que merezca una sonrisa. Siento y siento tanto, mis latidos empiezan a seguir cada pulsación de la melodía mientras mis pies se mueven completamente solos, una mano sosteniendo aquella cintura inexistente y otra tocando con calidez el aire y enamorándome de este mismo. Es como si tu cuerpo comenzara a soltar todas aquellas sustancias que te hacen amar, se integra la dopamina con la oxicotina y sobre ellas, la norepinefrina, esta sustancia tan especial que fácilmente podría ser la canción propia.
Lo veo y luego a las teclas, otra vez a él, de nuevo a las teclas, a él. Y me quedo observándolo, lo concentrado que se ve en su baile, pero yo hace mucho que he dejado de oír la canción, siento que estoy entrando a destiempo, que en algo estoy fallando, que las pulsaciones no están siendo tocadas cuando deben de estar; pero verlo así de embriagado por mi música hace que quiera seguir tocando. No, no hace solo que quiera, sino que hace que mis manos se muevan por si solas, como si fuera imposible parar de tocar ahora que tengo a alguien conmigo. Algo esta mal, mi corazón no esta latiendo con el patrón de antes, al contrario, duele, es tan lento y fuerte que duele, es como si me hubieran dejado con un gran vacío, como si toda la magia misma se hubiera desvanecido.
―¡Para! ¿Qué es esto? ¿Por qué el ritmo cambio tan rápido, tan abruptamente? ―No estaba enojado. Está enojado, sabía que era una mala idea, se dará cuenta que esta canción no vale realmente la pena. Solo necesito saber el por qué esta sensación tan perfecta decayó tan rápido como le di la oportunidad de tomar mi alma, destrozándome con cada nota.
―No sé a que se refiere, he estado tocando la canción tal cual es, como la tengo memorizada en la punta de mis dedos; pero, si bien es cierto, quizá tomó, sin querer, otro rumbo del que debía por lo mismo que dejé de escucharla cuando comenzó la mejor parte. Quise detenerme, aunque no pude dejar de tocar. ¿Desea que no vuelva a tocarla? ―Dejé mi asiento y procedí a acercarme a este, más por un impulso que por respeto.
―No, volvamos a empezar. ―Príncipe, ¿Qué es lo que le atrajo tanto de esta pieza? ¿La sensación tan bella que aparece en cada latido o lo extraña que es? Con una última mirada y un asentimiento de mi parte, volvemos a empezar, él vuelve a el centro del gran salón sin muebles, diseñado para el baile y la música. Está bien, se siente como debería de hacerlo, las notas aún inundan mis oídos, e incluso me permito cerrar los ojos para concentrarme en esta y solo esta; pero entonces aparece ese recuerdo fugaz, ni siquiera he llegando al principio de la mejor parte, me quedé a la mitad del inicio para cuando volví a empezar, sin atreverme a ver algo más que mis manos tocando los acordes. Sé que la velocidad esta aumentando, que ya no estoy tocando bien, que ya perdí el control propio, pero no quiero parar, quiero oírla, sé que puedo solo, solo necesito seguir, solo necesito correr detrás de la melodía que corre más rápido que mis manos como si huyera de mí.
―Okey, es suficiente por hoy. Deja el piano. ―Lo giro por los hombros a que me mire porque siento que si sigue mirando el piano solo se va torturar más. ¿Qué tanto le dijeron como para no poder escuchar la más preciosa pieza que ha compuesto? ¿Tan sumergido he estado que ni siquiera pude percatarme que él había dejado de bailar? Siempre es lo mismo, siempre pienso que quizá ya podré tocarla y luego regreso al principio, una y otra vez, como si no me atreviera a tocar lo demás por miedo a llegar al final o a nunca llegar.
―Disculpe. ―Es lo único que logro decir antes de bajar la mirada y volverme al piano, mis manos otra vez decoran el piano, posicionándose de forma automática, memorizada de por sí, casi como si debieran estar ahí, aún si no saben qué hacer con este. No tengo lagrimas que soltar, pero la decepción por mí esta aquí en la jaula de mis costillas, encerrando al arma autodestructiva que decide si vivo o no.
No voy a decir nada, respeto su momento y lo que debe estar sintiendo ahora mismo después de estar tan cerca de lograrlo solo para luego otra vez retroceder. Así que lo único que decido regalarle por esta noche, es mi ausencia y mi silencio. Mis pasos resuenan por la habitación mientras voy a la puerta y esta misma suena en un golpe seco cuando la cierro. No creo haber perdido la esperanza en él, no creo que este decepcionado de lo sucedido hoy, más bien siento culpa de no poder ofrecerle más consuelo que mi lejanía.
…
Una vez más.
―Vamos una vez más. ―Lo dice confiando en que esta noche, después de más dos semanas de solo practicar, (sin mucha más conversación que nuestras miradas conectando a veces mientras baila) por fin lo vaya a lograr. No sé si ahora sí toque completa la canción, pero siento que cada vez avanza más, que cada noche la melodía se detiene en un lugar más adelante que la anterior pausa; al igual que conecto mejor con la canción, tanto que mis pies y cuerpo en sí, se mueven solos, ya sabiendo a donde ir aunque realmente no lo sepan. Y mis ojos lo buscan, a veces también encontrándome con el verde y café de ellos, a veces solo admirando el como contempla el instrumento como si fuera ya parte de sí, una parte que ama.
La melodía sigue y sigue sin parar, al igual que mi corazón late siguiendo las pulsaciones de esta misma, de forma que la sensación embriagante y de emoción vuelve a invadir mi cuerpo. Me atrevo a bailar más rápido como mi propio corazón, dejo que la melodía me guie por completo y otra vez mi cuerpo deja de ser mío y se lo entrego por completo, pero ella, burlándose de mi inocencia, hace de mi arma lo que quiere, como si no le bastara controlar mis pasos y necesitara lo que me hace un humano más también. Mis latidos se vuelven erráticos, luego lentos para después volver a ser rápidos, me despojan de todas las enseñanzas y educaciones que he recibido a lo largo de los años, me convierten en alguien igual de mundano que los demás que me rodean.
Desde un principio me han dejado en claro que solo por nacer príncipe era superior a todos y cada uno de los que tenia a mi alrededor, pero nunca llegó a parecerme algo justo, ni algo verdadero. Y así como me repetían que era alguien superior, mi vida la planearon, hicieron lo que querían de ella como si les perteneciera cuando ni siquiera yo soy mío. Mi personalidad no es mía, es de ellos, yo soy solo su títere que manejan a su antojo como esta canción, solo soy un artefacto desechable para ellos, porque cuando deje de hacerles caso, cuando dejen de existir, yo quedaré en blanco, sin saber como actuar porque desde mi nacimiento solo existí para seguir órdenes.
No sé por qué la música en mis oídos permanece sin irse ni dejarme con los pensamientos que carcomían mis ganas de tocar; ahora, en lo único que puedo pensar es en como él no detiene sus pasos y me sigue, como si yo estuviera tejiendo su camino y él ciegamente confiara en mí, en mi melodía. Lo veo y sus ojos están cerrados, sus pestañas casi tocan sus mejillas y me basta para saber que voy bien, que estoy entrando bien, que todo esta en orden.
Y aquí viene esa parte en especifica en la que siento que cada uno de los huesos de mis manos se dislocan ante cada tecla que toco, no por lo difícil, sino por lo sencilla y delicada que es esta, como si ellas mismas tuvieran miedo romper la melodía con solo tocarla. Un sollozo se escucha interrumpiéndola, pero no me permito subir mi mirada de nuevo a él, porque sé que no es correcto que alguien tan simple como yo lo observe y contemple en un momento tan vulnerable. Aunque soy malo y egoísta, aún con él que tan bueno a sido y me ha dado múltiples oportunidades para tocar, no puedo simplemente parar, no cuando estoy tan cerca de lograrlo, de por fin volver a hacerlo. ¿Por qué mi corazón duele tanto? ¿Por qué si es una melodía tan suave que parece una caricia amorosa que puede curar cada pecado antes cometido? Mis pies aún se mueven, como si el dolor en mi pecho no importara absolutamente nada y cuando mis rodillas fallan, la hiperventilación está presente en cada respiración mía, y ahí es que la melodía se vuelve pequeña, diminuta, como si nunca hubiera existido, anunciando el final del casi que nunca fue.
―Príncipe, lo logré. ―Mis dedos tiemblan y creo que mi voz también, pero estoy tan feliz que creo que voy a abrazar el piano y tocarlo toda la noche. ¿Cómo logré tocarla de nuevo? ¿Acaso hice un pacto con alguna entidad sin siquiera darme cuenta? ¿Cómo? Ya no importa, lo hice, lo logré. Lo hizo, lo logró y me destruyo con cada nota, con cada pulsación dolorosamente acertada y lenta, me hizo sentir que en algún instante mi corazón se podría detener, ¿o sí lo hizo? No sé qué pasó, me siento tan roto y tan curado al mismo tiempo, como si fuera un juguete destrozado en proceso de ser arreglado. Escucho sus pasos acercase a mí, pero no me molesto en limpiar mis lagrimas ni en pararme, dejo que vea el desastre que logró hacerme con un simple “error”, dejo que vea el que soy en realidad, sin mi careta de príncipe ideal.
―Sé que quizá no es el mejor momento y no querrá que la vuelva a tocar por, uhm, el estado en el que se encuentra, príncipe, pero le agradezco por la oportunidad, por confiar en mí. ―Vuelvo a escuchar sus pasos detrás de mí, pero en vez de sentirse más cerca, se sienten más lejanos. Se está yendo, así de simple y fácil sin siquiera decir “adiós”.
―No puedes irte tan pronto, no después de tocar algo así, no cuando me hiciste sentir tan amado con algo tan insignificante. ―¿Insignificante? Claro que no lo es, pero que rabia me da que se vaya así, como si no me hubiera dejado con el corazón doliendo, tirado en el suelo y de rodillas, esperando a que esa sensación de amor vuelva a aparecer por un instante más y se quede conmigo junto al arma que esta en mi jaula, como para probar si esta puede curarla.
―¿No preferirías que un ser tan inferior como yo no te observe en el estado que estas? ―No, lo que prefiero y quiero es que te quedes un instante más hasta que deje de doler y vuelva a ser el mismo de antes, pero un príncipe no podría decir algo así.
―Explícame, ¿por qué se siente así?
―Eso es simple, príncipe, es por las pulsaciones irregulares, aunque la he tocado tanto que ya no me surge el mismo efecto. ―Su pequeña sonrisa termina por romper la poca cordura que quedaba en mí. ¿Cómo el corazón de la canción pude manipular el mío para hacerme sentir así? ¿Cómo puede sonreír tan inocente después de romper mi corazón para hacerme uno nuevo, pero con dedicación y tiempo, con más trabajo?
―Ahora permítame hacerle una pregunta. ―Se sentó en el suelo frente a mí, charlando sin darle importancia a todo lo acontecido con anterioridad. No quiero hacerlo incómodo, ¿una pequeña conversación lo ayudará?
―¿Por qué razón le gustó tanto de la canción? ―Estoy seguro que la curiosidad en mi rostro es palpable y, ¿cómo no tenerla? Sí él estaba incluso más comprometido que yo en los ensayos sin rendirse como yo ya había hecho hace mucho.
―Porque aquí, en este pequeño salón y espacio, puedo dejar mi careta y ser quien soy, porque yo no soy ese príncipe benevolente que todos aman, solo soy alguien frío y sentimental con lo que aprecia, alguien que no necesita respeto, solo igualdad, alguien que odia que lo idealicen, pero no hace nada para cambiarlo porque solo sabe seguir lo que le dicen. A veces creo que soy un muñeco mágico que activas con darle una orden, ya que luego, a puertas cerradas en mi habitación, me vuelvo frágil, sencillo, pero también complicado. Es como si bastara con dejarme solo para destruirme.
―Y ¿Solo por eso te gusta la canción? Además, ¿qué se supone que te gusta de aquí si es incluso peor que tu realidad? Aquí lo que habita es el ruido, a veces sin sentido, a veces como hilos cortados y atados, forzados a ser uno. Yo creo que es mejor ser solo un títere que estresarse y entregar tanto por algo que nadie presta atención.
―Tengo el raciocinio suficiente como para saber que no debería de estar aquí, pero me gusta estar rodeado de este ruido, de este desastroso e insignificante ambiente. Me permite ser libre, me hace sentir que valgo.
Y ahí en el silencio del salón ambos supimos que habían, quizá, más razones por las que nos quedábamos un rato más, aún después de terminar, no solo por el cansancio que quedaba luego de cada ensayo; sino algo más complejo que ni el verde, café y azul de nuestros iris mezclándose comprendían. Nuestra razón iba más allá de lo que un simple ser puede sentir, era más trascendental que solo una melodía acompañada de un baile, era mejor. Algo de dos corazones, de dos, uno que guiaba el camino con un hilo dorado y otro que seguía con bailes, demostrando lo que el hilo no podía. Algo de dos corazones.
…
Todo esta listo para el baile, ensayamos solo dos veces más después de la primera en la que lo logró y todo ha salido perfecto, no volvimos a hablar, pero no hacían falta las palabras, nos entendíamos con solo existir en el mismo salón del otro y saber que estaba ahí, eso nos era suficiente. Después del brindis respectivo, las luces se apagaron, dejando solo la luz del candelabro colgante en el centro del salón donde estaba el piano, con cuatro velas adornándolo, y por supuesto, estaba él vistiendo un elegante traje y guantes, observándome como si esperara por una orden mía para empezar. Solo basto un asentimiento del contrario para que la melodía comenzara.
Saqué a una de las tantas doncellas que rodeaban el centro, esperando a que sea su turno de bailar conmigo. Tenía un rostro suave y una sonrisa que parecía ser genuina, pero mis ojos de forma inevitable lo veían a él, quizá más por costumbre que por que me llamaba la atención, pero igual lo veía. La joven frente a mí se complementaba de forma que parecía todo ensayado, aunque en realidad era la primera vez que veía otros ojos cafés y verdes igual de hipnotizantes que los de él. Mi corazón late rápido y creo que por primera vez después de mucho tiempo mi melodía vuelve a hacer efecto en mí, pero siento como si en realidad estuviera siguiendo a otro que late así y no a la melodía. Es como si a metros de mí hubiera otro latiendo a la par que el mío.
Mis ojos no dejan al piano. Mis ojos no dejan a los otros frente a mí. Mis manos se fuerzan a seguir, casi solo por masoquismo propio. Mis pies se mueven por voluntad propia, casi como buscando algo. Mis ojos se cierran y mi melodía se incrusta aún más en el pájaro renacido que habita en mis huesos, mientras que mi corazón y este mismo luchan por ver quien aletea más fuerte, por quien hace que mi pecho duela más rápido. La danza prácticamente se volvió ritual, como un honorifico a la excelente melodía que deleita los oídos de todos y cada uno de los presentes; y con el orgullo en mi pecho, dejo que mis ojos se cierren, dejándose llevar por el sentimiento profundo que hace retumbar en mis oídos mi órgano vital para la vida, haciendo lo que quiera de este como cada día.
Y en medio del caos que son nuestros corazones, porque aun habiendo miles de estos mismos latiendo a la par, el único que conecta con el mío es el de él, justo en la parte cumbre de la melodía donde me rompo para construir con pedazos de mi alma esta misma, es que siento que el corazón que conectaba conmigo se va, deja de tener mi ritmo, deja de seguirme, como si estuviera siendo remplazado por otro mejor, correcto. La veo y me pierdo en sus ojos, no se si en el otoño de estos, o en el recuerdo de los mismos perteneciéndole a alguien que dudo recordar. Mi corazón toma otro ritmo, ya no es tan desastroso como antes, por el contrario, se calma como si nunca hubiera llegado a conocer ese ritmo incorrecto y tachado, raro e impropio de mí, de lo que se supone que soy.
Con tanto caos y a la vez silencio, es que me doy cuenta que dejé de sentir la calidez de mi melodía, que el dolor que él sintió, ahora está en mí como un virus que infecta de forma tan lenta para que cuando te des cuenta ya no haya nada más qué hacer. Es un dolor dulce, como si te acariciara para consolarte por lo que te hace, aunque no hay más que hacer, la canción va a terminar y aquel mar nunca más se encontrará con el otoño de los míos, sino con otro que es correcto y más cálido. El corazón que conectó con el mío no volverá a conectar así, sino que ahora se dedicará a seguir el hilo del otro.
Entonces nuestra melodía de dos corazones se volvió de tres, aunque el tercero es solo un intruso impuesto por el destino de lo correcto.





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