Pepi la exploradora
- pedrocasusol
- 8 oct 2025
- 3 min de lectura
Escribe: Juana Rosales Jara
Cada mañana, Rebeca, que apenas aprendía a caminar y a pronunciar sus primeras palabras, salía tambaleando hacia el patio. Balbuceaba sonidos sueltos:
—Pa… pi… pu… ma… ma… ta…
De pronto tropezó y cayó al suelo. Antes de poder llorar, sintió algo húmedo en su manita: ¡alguien la estaba lamiendo!
Con sus ojitos grandes y curiosos, miró hacia un costado y descubrió a un animalito de cuatro patas que le movía la cola con alegría. La niña, emocionada, balbuceó de nuevo:
—Pe… pi…
Y, para su sorpresa, el animal movió aún más rápido la cola, como si entendiera. Sin darse cuenta, Rebeca ya le había puesto nombre: Pepi, desde entonces, toda la familia la llamó así.
Pepi era una perrita de pelaje blanco como la nieve, con orejitas negras, como una noche sin estrellas. Siempre que la niña se acercaba y le decía “hola”, Pepi levantaba la patita en señal de saludo.
Pasaron los años. La bebé se convirtió en una hermosa señorita y la perrita exploradora seguía a su lado como su mejor amiga y guardiana. Solían correr y jugar entre los maizales, donde la perrita tenía una debilidad especial: las mazorcas tiernas que encontraba en el suelo. Con sus filudos dientes, arrancaba las hojas y se comía los granos dulces con gran satisfacción.
Una primavera, salieron a coger flores. Mientras avanzaban, Pepi corría alegremente entre las plantas, oliendo aquel perfume fresco que mezclaba jazmín con pasto mojado. Rebeca, contagiada, daba volantines en medio del campo, riendo a carcajadas.
De pronto, la perrita traviesa olfateó algo extraño. Se alejó, escarbó un poco la tierra y para sorpresa, descubrió un pequeño nido con cuatro conejitos diminutos, lanudos y color tierra, que apenas se movían.
Pepi abrió la boca con curiosidad, pensando en morderlos para saber a qué sabían. Pero, antes de hacerlo, escuchó una vocecita temblorosa:
—¡Por favor, no me comas!
La compañera de cuatro patas se quedó pasmada. Dio un par de ladridos nerviosos:
—¡Guau, guau!
Otro conejito, más atrevido, replicó:
—¡Nuestra mamá no tarda en llegar, y te dará una buena paliza si nos haces daño!
Pepi ladeó la cabeza. —¿Hola? ¿Yo… también puedo hablar?
Los conejitos se rieron, aunque temblaban de miedo.
—Claro que puedes —dijeron al unísono—. ¡Nosotros te escuchamos!
Pepi, maravillada, preguntó con dulzura:
—¿Y qué hacen aquí tan solos?
El conejito más valiente se adelantó:
—Este es nuestro hogar, pero morimos de hambre. Nuestra mamá aún no regresa…queremos leche que solo nuestra mamá nos sabe dar.
Pepi observó a los pequeños y notó que uno estaba tan débil que apenas respiraba. Sintió compasión.
—¿Cómo puedo ayudarlos?
—¡Ve a buscar a mamá! —pidieron todos en coro.
Sin pensarlo, Pepi corrió. Su olfato la guió hasta el huerto del vecino. Allí encontró a la mamá coneja atrapada en una trampa para roedores llamadas mucas o zarigüeyas, porque en ese pueblo eran conocidas como “Plagas”.
Pepi, con sus filudos dientes, mordió la cuerda hasta romperla.
—Tus pequeños te esperan —ladró, feliz.
La coneja, conmovida, le dijo:
—Nunca olvidaré este favor.
Pepi, agotada, emprendió el regreso. Pero en el camino, un olor irresistible la detuvo: choclo fresco. Sus mazorcas favoritas.
—Ñam… solo un bocado… —pensó.
Mordió sin fijarse. Poco después, comenzó a sentirse extraña. Su cuerpo se debilitaba, apenas podía arrastrarse. Logró llegar hasta la madriguera de los conejos.
—Ayúdenme… algo me pasa… —susurró.
La mamá coneja lo entendió al instante.
—Oh, Pepi… comiste choclo que estaba enfermo y eso te hace sentir débil.
En ese momento, se escuchó la voz de Rebeca que se había demorado cogiendo algunas flores del huerto:
—¡Pepi! ¿Dónde estás? ¡Ya es hora de irnos a casa!
Pepi, con su último aliento, le dijo a la coneja:
—Corre… y dale este mensaje que siempre la cuidaré y te pido como favor no la dejes nunca sola. Ya es tarde para mí…
La coneja corrió hacia Rebeca, guiándola, pero lo único que encontró fueron los cuatro conejitos. Con ternura, los envolvió en una manta y la mamá coneja, recordando su promesa, no huyó. Se dejó atrapar y desde entonces acompañó a Rebeca toda su vida.
Esa noche, toda la familia buscó a Pepi, pero su cuerpo jamás apareció.
Con el tiempo, nació una creencia entre susurros y recuerdos: Que Pepi no había muerto, sino que su espíritu noble vagaba libre, regresando una y otra vez.
Dicen que cada mascota que llegó al hogar tenía algo especial: una mirada parecida, un gesto juguetón, un ladrido o un maullido que recordaba a Pepi. La familia vivía convencida de que ella reencarnaba en cada uno de ellos, cuidándolos en distintas formas, como un ángel guardián de cuatro patas.
Porque algunos lazos son tan fuertes, que ni el tiempo ni la muerte pueden romperlos y Pepi aprendió que los amigos nunca se van del todo: Siempre encuentran la forma de volver.





Comentarios