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Lope

  • pedrocasusol
  • 22 abr 2025
  • 3 min de lectura

Escribe: Margot Orozco Delgado


—Pero si te dije que iba a estar a las diez, dónde demonios te has metido - la mujer de la falda verde respondía enfadada el celular.


Se puso de pie de pronto, del lado de Lope, quien no dejaba de seguir su ir y venir nervioso con el teléfono en la mano. Lope la observaba sin disimulo, intentando adivinar lo que ésta iba increpando a quien estaba al otro lado del aparato. Por fin tenía material para escribir.


La mujer de la falda verde había llegado cuarenta minutos antes, y para ese momento, Lope ya tenía en la mano su libreta de cuero rojo y la hermosa pluma estilográfica de metal. Había hecho unas anotaciones anodinas sobre el tiempo de esa mañana y cómo la luz tenue de ese otoño prematuro iluminaba la plaza frente al museo. Hasta ese momento, la inspiración no se había posado en sus hombros para dictarle la historia que debía ayudar a nacer.


Cuando llegó la mujer de la falda verde, lo primero que captó de ella fue su penetrante perfume a vainilla y flores, que contrastaba con el olor a jabón desinfectante que era el olor esencial de Lope. Pasaban los minutos, y Lope se fue acercando discretamente a la mujer de la falda verde, pues necesitaba captar mejor su esencia, su respiración. ¡Ella sería!, se dijo para sí Lope. Pero transitaban los minutos sin pudor, y no pasaba nada extraordinario que hiciera reventar por fin su pluma en la historia que tanto anhelaba.


Reconoció en ella un tic salvador; tal vez ahí podría estar el origen de su relato. Ella se tocaba ansiosamente el lóbulo derecho de su oreja, se lo acariciaba, se lo jalaba suavemente mientras miraba su teléfono. De pronto dio un hondo suspiro que se arrastró hasta convertirse en un bufido de molestia. Algo la estaba perturbando, no había duda, pensó Lope, y antes de que se le escapara la inspiración, se puso a garabatear sobre su libreta. Fue en ese momento que oyó un sonido sordo, lejano: era el teléfono en vibrador de su protagonista.


Como casi no oía lo que la mujer de la falda verde decía, y apenas podía ver sus gestos, Lope, sin pensarlo mucho, caminó hasta ponerse casi de espaldas a ella. Continuó escribiendo rápidamente, como si sus letras fueran liebres perseguidas por galgos. Entre tanto, la mujer de la falda verde se ofuscaba cada vez más con su interlocutor. Resoplaba para contener una bronca a punto de erupcionar, pero era consiente de dónde estaba, que cuando sintió que estaba a punto de estallar, hizo una pausa, entrecerró los ojos, apretó el puño que le quedaba libre y dijo, en una frase sin respiro:


—No debí esperar nada de ti. Y cortó.


Volteó bruscamente y chocó con Lope, quien, del susto, soltó la libreta.


Ella, aún turbada, se agachó para recogerla y vio, en cuestión de segundos, que de la libreta le saltó la frase “la mujer de la falda verde”. Lope, confuso, intentó recuperarla, pero ella lo retuvo y empezó a leer el párrafo de su llegada a la plaza. No pudo leer más, pues Lope forcejeó con ella hasta recobrar la libreta.


—¿¡Quién eres!? ¿¡Por qué me estás siguiendo!? —La mujer de la falda verde le increpó con la voz quebrada.


Se arremolinaron en sus ojos lágrimas de odio. Dio un pequeño paso atrás, levantó su brazo y, concentrando en éste toda su furia ciega, su enojo sordo, su frustración indolente, le lanzó a Lope la más grande de las bofetadas. El débil y flacucho cuerpo de Lope tambaleó, resistiéndose a caer.


—¡Depravado, enfermo! —gritaba la mujer.


La gente de la plaza se acercó y rodeó a Lope, quien, desconcertado, no atinaba a decir nada. Las palabras se le ahogaban dentro y le quemaban las tripas. Giraba sobre su eje con torpeza, topándose con las miradas incriminadoras de todos aquellos seres, que se le aproximaban hasta tocarle.


—¿Nombre? —preguntó el uniformado.


—Lope Paz Wilde.


—¿Edad?


—Treinta y cinco años —respondió apenas audible.


Sentado, con la mirada fija en su libreta de cuero rojo y su hermosa pluma estilográfica sobre el escritorio, como vil prueba del delito, respondía en automático el interrogatorio.


Lope Paz Wilde había nacido con el sino marcado. Estaba convencido de la responsabilidad del legado de su nombre. Él era heredero indubitable, predestinado a ser sólo una cosa.


—¿Ocupación? —le inquirió la autoridad.


—Escritor —sonrió al fin Lope.



 
 
 

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