Agua de verano
- pedrocasusol
- 27 oct 2024
- 3 min de lectura
Escribe: Brian Crispin
La última semana de febrero recibía a Gabriel en su viaje a Lima para visitar por primera vez la casa de sus abuelos y pasar las vacaciones junto a su familia.
–Llegando, vas a saludar “Buenos días papito Filomeno”, “Buenos días mamita Emilia” –le instruía su padre mientras lo peinaba.
Gabriel vestía un pantalón drill crema cuyas bastas acariciaban el borde de la boca de sus zapatillas azules, una camisa blanca manga corta y un pequeño corbatín color azul oscuro.
Al abrirse la puerta vio a todos los integrantes de su familia sentados formando una media luna y a los niños jugando en el medio.
–Hola, papi –saludó papito Filomeno al verlo sorprendido y lo cargó en brazos. Era la primera vez que lo veía. Al instante, vino mamita Emilia a contemplarlo.
Gabriel veía rasgos de sus padres en los rostros de sus abuelos mientras lo acariciaban, luego, con mucha bonanza, le dieron la orden de jugar con sus contemporáneos: los otros niños: sus primos.
Era una amena reunión familiar, se escuchaban risas con historias de viajes entre montañas y celajes andinos. Y unos susurros apuntaban a Gabriel. “Así que él es nuevo nieto”, “se parece a don Filomeno”, “ojalá sea ingeniero”, “de grande tiene que ser alcalde de Huancayo”.
El sol brillaba como un diamante y daba una sensación de bochorno para todos los presentes.
–Don Filomeno, que traigan las cervezas y bebidas para poder refrescarnos –dijo un tío desde la cocina.
Se dio la orden. Los más atléticos y jóvenes de la familia fueron trayendo los tachos que contenían las cervezas y bebidas sumergidas en bloques de hielo, que, por el calor, se convertían en agua. Y desde una esquina del patio, un trío de hermanos afinaba el arpa y el violín para amenizar la reunión.
El padre de Gabriel cogió una copa de cerveza y levantó la otra mano para pedir la palabra.
–Les presento a mi pequeño hijo quien tiene mi carisma y la belleza de su madre.
–¡Salud por el retoño de mi retoño! – añadió don Filomeno.
Todos respondieron “¡salud!” y se refrescaron con el primer sorbo de cerveza. La música a ritmo de arpa y violín dio pase al jolgorio y algunas parejas empezaron a bailar.
El sol hacía lo suyo queriendo ser partícipe de la fiesta. El padre de Gabriel al notar que no bastaba con las bebidas para refrescarse, cogió una jarra y la llenó con agua y como si fuera un niño travieso la tiró inocentemente hacia una de sus primas, sorprendiendo a todos en el acto, sin embargo, la música no paró y el vocalista siguió el juego “échele usted también primita” y desde otro lado arrojaron agua al padre de Gabriel y empezó la diversión. Todos contra todos comenzaron a lanzarse agua y los músicos seguían tocando, pero no se salvaron, entre dos cuñados cogieron un tacho con agua y bañaron a los músicos, no sin antes poner a buen recaudo el arpa y el violín. Gabriel junto a los otros niños empezaron a festejar todo con risas. Uno de sus tíos cargó a su pequeño primo y lo hundió hasta los hombros en un tacho que contenía pocas bebidas para después ir por Gabriel, y éste empezó a correr en medio de charcos de agua, carcajadas y ropa mojada. Las mascotas de la casa no fueron ajenas al baño grupal, los perros empezaron a correr dando ladridos para después ser mojados.
La astucia de don Filomeno salió a flote, cogió una manguera y la conectó a una llave de agua para mojar hasta el más recóndito rincón del patio grande, en consecuencia, la familia entera estaba empapada de agua e hilaridad, incluso los de la cocina quienes salieron al ver todo el bullicio y entraron al juego. Tuvo la certeza que todos los miembros de la nueva generación de su descendencia estaban mojados y con dolor de estómago de tanto reír, después levantó ambas manos dando por finalizado el juego. Mandó a todos a cambiarse de ropa y a sentarse en el comedor.
Gabriel estaba al lado de su padre, se había puesto a buen recaudo escapando de su tío que lo quería mojar, aun así, quedó empapado. Luego de bañarlo y ponerle ropa limpia, se dirigió junto a sus primos al almuerzo familiar.
Ya en el comedor, todos aseados y cambiados guardaban en sus miradas algunas lágrimas por la risa y la plena diversión, así como el vestigio del providencial dolor de estómago de tanto regocijo. Ahora Gabriel atesoraba en su paladar el rico sabor de la comida familiar, así como el recuerdo de su primer viaje de verano a la ciudad.





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