Agua sí, IA no
- pedrocasusol
- 10 nov 2024
- 20 min de lectura
Escribe: David Vidal
El sol pareció iluminar los interiores de la habitación. Armando De la Puente abrió los ojos con cierta molestia solo para toparse con ese techo tan distante y sobrio, que indiferente, le hacía recordar a sotto voce que ya no era más un mero civil. Ahora era el presidente. Y pese a estar en el cargo ya casi dos años, todavía se consideraba un mero inquilino de aquel gigantesco recinto al que muchos llamaban ominosamente Palacio de Gobierno.
Todavía no asimilaba el día cuando empezó a vibrar su celular. Era Balmacén, el primer ministro.
—¿Aló? ¿Balmacén?
—Presidente, buenos días—repuso el ministro.— Por favor, mire CNN, es importante.
El presidente prendió el televisor con cierta hesitación. La pantalla innecesariamente gigante iluminó la habitación con una luz artificial que pareció combinarse con la natural. Ya estaba en CNN. Una periodista parecía estar entrevistando a un experto, a un hombre de ligera calvicie, de ojos azules fulgurantes y un par de anteojos que parecían resaltar su experticia en el tema.
—¿Usted nos está diciendo que la IA que compraron algunos países sudamericanos utiliza un sistema de enfriamiento muy cuestionado?
—Así es. Particularmente, en el caso de Perú, ellos hicieron un acuerdo con China cuando adquirieron su IA—dijo el experto, en un español masticado.
—IntIA se llama, tengo entendido.
—Sí, IntIA. Pero los centros de datos donde se alojarán los servidores de esta IA consumen una gran cantidad de agua para sus sistemas de enfriamiento—dijo el especialista, con cierto aire de superioridad.— Y no cualquier agua. Utilizan agua dulce.
—¿Por qué agua dulce?¿No podría ser agua salada?
—Podría, pero IntIA no. Principalmente para evitar problemas de corrosión y depósitos de sal, que pueden hacer un daño irreparable a los sistemas de enfriamiento.
—¿Pero no hay otros sistemas en el mercado?
—Los hay. Pero Perú, por ejemplo, prefirió el antiguo sistema. Y, como se sabe, Lima está en un desierto. Y los servidores de IntIA se ubicarán justamente en Lima, hacia el norte, en una zona ya previamente preparada. ¿Sabe qué significa eso?
—Que IntIA va a utilizar el agua dulce de Lima.
—Exacto. Pero Lima no tiene mucha agua dulce. Es una ciudad casi sin agua. Y, de acuerdo con nuestros datos, estimamos que en cuanto se active IntIA a Lima no le quedarán más de 5 años de agua potable.
—¿Qué pasará luego de esos 5 años?
—No habrá suficiente agua para sus habitantes. Tendrán que racionarla, o Dios sabe qué. Pero la situación empeorará a menos que modernicen los sistemas de IntIA y…
Armando ya no escuchaba. No se había contemplado este escenario. Y, ¿por qué demonios se enteraba de esta manera?¿No hubiera sido más fácil que Estados Unidos le informara a través de su embajador? Era claro el mensaje. Tal vez si Perú hubiera optado por Estados Unidos para la creación de IntIA esto no estaría pasando. Era una venganza por parte de ellos. Y una que, tal vez, no iba a poder contener.
***
—¿Qué hacemos señor presidente?—Preguntó Balmacén.
—No lo sé. Sugiero que hablemos con China para evaluar si podemos actualizar el sistema de enfriamiento de IntIA—respondió Armando.
—Presidente, tengo al embajador chino en la línea —dijo el canciller.
—¿Qué dice, canciller?
—Dice que el presidente de China, Li Xianghu, lo está invitando a ir a China para aclarar las cosas. Está interesado en dar soluciones a este inconveniente.
Armando se quedó pensativo. ¿Por qué viajar hasta allá si podía atenderlo desde Palacio de Gobierno? Igualmente, era una invitación que no podía rechazar. China era una megapotencia y casi nunca invitaba a un pequeño y nimio país sudamericano como el Perú a una reunión con nada menos que Li Xianghu.
—¿Para cuándo? —preguntó el presidente Armando.
—Para pasado mañana. Tendría que viajar en dos horas para llegar a tiempo—repuso el canciller.
—Aceptado. Cuanto antes mejor…Balmacén, por favor, necesito que des un mensaje a la prensa—indicó el presidente.
—Claro, señor presidente.
—Necesito que los tranquilices. Y, por favor, humildad ante todo. Somos un gobierno provisional, solo estamos aquí de transición hasta que IntIA tome la gobernanza de la mano con un nuevo presidente—Armando arrugó la frente.—Dile a la prensa que hoy mismo estoy viajando a China para arreglar el asunto en persona.
—Entendido, señor presidente.
—Estimo que volveré en unos tres o cuatro días. Diles que a mi retorno brindaré una conferencia de prensa con las medidas que adoptaremos.
—Perfecto, ahora convoco a la prensa.
Armando vio alejarse al primer ministro. Era un hombre rollizo como la mayoría de hombres de esa edad. Iba tambaleándose de un lado hacia otro. Armando se preguntó si, así como él, Balmacén alguna vez pensó estar en esta situación. Armando miró a su alrededor. Vio caras medrosas, mandíbulas tensas y labios cerrados. Ninguno de sus ministros, al parecer, se imaginó alguna vez estar en esta posición. Todos estaban aquí por accidente. Y él, Armando, más que todos. Él, un tibio congresista de oposición. El inofensivo Armando De la Puente. El único con un expediente relativamente limpio como para ser considerado el menos malo para ser el presidente provisorio. Armando miró su reloj, ya habían pasado 15 minutos. Era hora de alistarse. Un vuelo lo esperaba.
***
Un lexus negro con lunas polarizadas iba a toda marcha al margen del río Rímac, que silencioso, bordeaba el Centro Histórico de la capital. Habían cerrado varias calles del jirón Ica, la Oroya y la avenida Argentina, pero pese a ello todavía se podía observar un tumulto de personas curiosas, levantando en alto sus celulares, tratando de capturar la huída del presidente hacia el aeropuerto. Dentro del lexus, Armando trataba de no mirar a través de las ventanas, pero el bullicio era tangible. Eran protestas, reclamos de gente preocupada por la situación. ¿Cuántos de ellos serían padres?¿Cuántos de ellos serían hijos?¿Cuántos de ellos tendrían miedo por la escasez de agua que se avecinaba? Eso no lo sabía. Lo único certero, pensaba Armando, era que, como siempre, el más pobre iba a sentir el mayor impacto. Él y su casta estaban seguros, pero esa gente de allí, la que protestaba, ¿quién sabe? En cierta manera, Armando los entendía. Pero era un entendimiento incompleto.
Y mientras meditaba en todo ello, se percató que ya estaba en la avenida Faucett, cerca al aeropuerto. Y en uno de los tantos puentes peatonales pudo vislumbrar a otro grupo de curiosos, todos con sus celulares, con rostros de reprobación. Con miradas tocadas por la indignación y el miedo. Este viaje sería decisivo. Tendría que llegar a una solución o Lima se quedaría sin agua en menos de cinco años.
—Señor presidente, llegamos. El avión lo espera—Dijo su chofer.
—Gracias—respondió Armando, que todavía no se acostumbraba a que lo llamaran presidente.
Ya afuera, un Boeing 737 de la Fuerza Aérea del Perú lo esperaba. Era gris como el cielo limeño, e innecesariamente grande como el ego de sus antecesores. Quizás si detentaba el cargo presidencial por más tiempo se podría sentir más cómodo en tan grande avión. Pero, de momento, la incomodidad y el nerviosismo se hicieron patentes en el rostro del presidente.
***
Armando llegó de madrugada a Beijing, aproximadamente a las 3 de la mañana. Una comitiva de altos funcionarios chinos, entre diplomáticos y autoridades locales, lo recibieron con una ligera inclinación de cabeza y la típica parquedad asiática.
—Señor presidente, un gusto—dijo un diplomático asiático, en perfecto español. —Su cita se encuentra agendada para hoy a las 10 de la mañana en el Gran Salón del Pueblo. Trate de descansar. Una comitiva lo irá a recoger a las 9:30 am.
—Muchas gracias—respondió Armando. Sintió algo de pena y vergüenza por ignorar el nombre de su interlocutor
Luego del protocolo diplomático lo guiaron hasta un vehículo que lo trasladó hasta un suntuoso hotel. Su habitación se encontraba en el piso 19. Al ver su habitación le impresionó esa extraña mezcla que los chinos habían conseguido: combinar la austeridad con el lujo. Los arreglos eran perfectos, la decoración hierática, como ameritaba, y los muebles elegantes.
Armando trató de dormir, pero sabía que le sería imposible. El jet lag y los nervios se lo impedirían. Pero al menos tendría tiempo para repasar sus apuntes. La situación le preocupaba en demasía. Tenía pavor a que se iniciaran nuevamente las movilizaciones sociales y, quién sabe, la posición antiIA ganara popularidad. Sería un retroceso para el país. IntIA tenía que implementarse. Pero, ¿a qué costo?
***
Unas paredes mastodónticas y grisáceas recibieron a un anonadado Armando. Era el Gran Salón del Pueblo. Su estructura tenía un techo en cuya superficie blandían un tumulto de banderas rojas con un infinito cielo azul al fondo. Una viga en medio parecía estar sostenida por grandes columnas azuladas de fustes ribeteados por el empoderamiento asiático.
Armando subió las escaleras del Gran Salón del Pueblo e ingresó por una de sus puertas. Fue guiado a una habitación adornada de cortinas rojas y amarillas, en clara representación de los colores patrios de la República de China.
—En seguida vendrá el presidente Li Xianghu—. Dijo su acompañante e inclinó la cabeza para luego desaparecer.
Los otros cuatro asesores se encontraban como él, nerviosos. Miraban al techo sin ocultar su asombro y nerviosismo. Trataban, infructuosamente, de parecer serenos. Y Armando lo sabía. No eran más que unos timoratos funcionarios de un país del tercer mundo en busca de ayuda.
Unos pasos se hicieron escuchar al fondo. Eran lentos, parsimoniosos, y seguros. Por la puerta ingresó una figura medianamente alta, algo mayor y bien interesada. Su mirada, aunque similar a los otros chinos, delataba un explícito empoderamiento. Era, sin lugara a dudas, Li Xianghu. Venía acompañado de dos personas, una de las cuales traía una laptop plateada que parecía refulgir ante la luz natural que se filtraba a través de las ventanas de la habitación.
Armando y sus cuatro asesores se pusieron de pie. Trataron de inclinarse al mismo tiempo pero su descoordinación fue más que evidente. Primero se inclinó Armando, seguido torpemente por los demás. Li Xianghu, en cambio, se detuvo en seco y, como si ya lo hubieran ensayado infinitas veces, se inclinaron al mismo tiempo. Era más que explícito quien dominaba en esa habitación.
—Buenas tardes, presidente Armando De la Puente—dijo Li Xianghu. Un dispositivo que parecía ser un broche en su elegante traje tradujo su perfecto chino a un español muy prolijo y con un tono similar a la voz de Li Xianghu.—Gracias por venir hasta aquí. Sé que está preocupado, tanto usted como sus compatriotas. Quiero que sepa, ante todo, que es mi prioridad dar solución al caso peruano. Sabemos, a grandes rasgos, el problema que acontece en su capital. Y queremos que sepa, presidente Armando, que XIA ya nos dió una solución—Li Xianghu esbozó una sonrisa.
—Muchas gracias, presidente Li Xianghu—respondió Armando, con una voz ligeramente trémula.— Ante todo, muchas gracias por el recibimiento. Su hospitalidad es bien recibida. Me alegra escuchar que ya hay una solución, por favor, estamos ávidos porque nos la comparta, señor presidente.
—Por su puesto, presidente Armando, es por eso que hemos traído a XIA a esta reunión.—dijo Li Xianghu mientras señalaba la laptop plateada. Uno de sus acompañantes la reposó en la mesa. Se podía distinguir una inscripción en idioma asiático en la tapa. La abrió y la pantalla se encendió al instante. —XIA, por favor, coméntale al presidente Armando, de Perú, la solución a su problema.
—Presidente Armando, un gusto conocerle—dijo XIA en un español perfecto y con una voz masculina y profunda. Era la réplica exacta de una voz humana.— Déjeme comentarle que pude recabar información concerniente al problema de la escasez de agua que podría afrontar la capital. En efecto, debido a que el sistema de enfriamiento de IntIA es antiguo, por llamarlo de alguna manera, la capital se quedará sin agua en un lapso de cinco años desde que IntIA entre en funcionamiento—El rostro de Armando pareció endurecerse. XIA continuó. —Este problema puede solucionarse fácilmente cambiando de ubicación a IntIA o restringiendo el acceso de inmigrantes a la capital. La primera opción se encuentra descartada, debido a que, de acuerdo a nuestro análisis, el norte de Lima es la ubicación idónea para los servidores de IntIA gracias a su cercanía a la capital y al puerto de Chancay. Recuerde que, ante cualquier fallo o imprevisto, la inmediatez de las reparaciones es de suma importancia. Adicional a ello, de acuerdo a nuestros datos, las provincias son zonas más conflictivas que la capital, por lo que sería más fácil premeditar un ataque a los servidores—XIA hizo un pausa. Los asesores de Armando parecían estar tomando notas. Armando solo miraba esa pantalla gris que parecía saberlo todo— Por lo que la única opción viable, a nuestro parecer, es la restricción del acceso a inmigrantes a la capital.
Hubo un silencio en la habitación. Armando estaba pasmado. No podía tomar tales medidas, ocasionaría un gran conflicto de intereses. Sería un suicidio político.
—XIA, gracias por tomarte el tiempo de pensar en una solución para el problema peruano. Pero, creo que esta solución exacerbaría las desigualdades que vive mi país y, por ende, alimentaría los conflictos—Armando hizo una pausa.—¿No podríamos renegociar los términos y cambiar el sistema de enfriamiento de IntIA?
—Eso es imposible, presidente Armando—respondió XIA.—Ustedes no disponían del crédito necesario para tal compra y, asimismo, el requerimiento de su país llegó con cierto atraso con respecto a otros pedidos como el de Chile, Argentina o Brasil. Aparte, IntIA ya está casi terminada. Es por ello que cambiar el sistema de enfriamiento ahora es imposible. Sin embargo, usted solo escuchó la primera parte de nuestra solución. Déjeme explicarla en su totalidad. Si se restringe el acceso a la capital la sequía llegará en unos 10 años. Sin embargo, nosotros, sus socios comerciales, le ofrecemos, en un plazo de cinco años, renovar el sistema de enfriamiento de IntIA. Y, como sabemos que no cuentan con el crédito necesario para costear esta actualización, le proponemos un pago refinanciado a veinte años.
Armando estaba impresionado. Esta laptop contenía no solo a una entidad de suma inteligencia, sino también a una personalidad extrovertida y con mucha verbosidad. Era prácticamente la fusión entre un erudito y un ducho vendedor.
—Gracias XIA. Déjeme consultarlo con mis asesores, por favor.
—Con gusto, presidente Armando.
Los cinco peruanos se miraron. Todas las miradas parecían aprobar las medidas. Solo Armando se mostraba dubitativo. Intercambiaron palabras rápidas, todos respaldaron a XIA. No había mucho qué hacer: se iba a restringir el acceso a la capital.
—XIA, aprobamos su plan. Por favor, cuando pueda, alcáncenos los pormenores del plan de restricción de acceso. Por favor, tome en cuenta que Perú es un país muy conflictivo…
—Lo entendemos, presidente Armando. Ya tiene el informe en su correo. Ha sido un gusto conversar con usted.
—El gusto fue nuestro—finalizó Armando. Por alguna razón sintió que, detrás de esa pantalla, XIA le sonreía.
***
—Presidente, ya puede salir. La prensa lo espera—dijo Balmaceda.
Armando tomó aire. Por más que ya lo había hecho antes, todavía sentía los mismos nervios que lo invadieron aquella primera vez, aquel infausto día cuando se enteró que sería el presidente provisorio.
—Buenos días compatriotas. Ante todo, les agradezco su paciencia. Sé que no fueron días fáciles—. Armando leyó las primeras palabras de su discurso. Se rehusó a pronunciarlas en voz alta. Este mensaje debería de salir del corazón, se dijo. —Tenía un discurso preparado, pero es mejor que lo escuchen tal cual sale de mi boca. Son días difíciles y los venideros los serán aún más. La solución no fue de mi agrado, pero luego de meditarla atentamente, hemos llegado a la conclusión que es la mejor. No se olviden, compatriotas, que fuimos asesorados por la primera inteligencia artificial, XIA. Y la solución planteada requiere de esfuerzos que luego serán recompensados—Armando hizo una pausa y tragó saliva.—La solución es restringir el acceso a la capital por los siguientes cinco años…
Se escuchó una ola de murmullos. Algunas voces parecían perderse entre los ecos, pero el mensaje era más que obvio: era una medida más que controversial.
—Yo sé que es difícil aceptarla, pero las demás alternativas quedaron descartadas—Armando dio un suspiro. Miró a cada uno de los periodistas, tratando de empatizar con ellos y que, a la vez, ellos empatizaran con él.—Esta medida será aplicada paulatinamente desde la próxima semana y, semana a semana se restringirá el acceso a Lima hasta que, dentro de dos meses, el acceso a la ciudad será controlado y solo podrán quedarse los residentes de la capital. Los no residentes tendrán un período de no más de un mes para quedarse y retirarse de Lima. Compatriotas, esta es una medida provisional, así como mi cargo. En cinco años prometemos dejar atrás las restricciones de acceso y abrir las entradas a la capital. Pero, hasta ese entonces, solo nos queda esta medida…No se olviden que a fines de este año se activará IntIA. Esta entidad podrá gestionar esta situación mucho mejor de lo que haré yo o cualquier humano. Les pido que no pierdan la esperanza. El cambio está cerca…
Una avalancha de comentarios se escuchó al fondo de la sala. Hubo varias preguntas, algunas redundantes, otras obvias, pero hubo una que fue lo suficientemente incómoda como para hacer temblar la falsa entereza de Armando.
—Señor presidente, esta situación me hace recordar la disyuntiva tan recurrente que existía entre agua o minería. ¿Y si mejor, en vez de activar IntIA, escoge el agua? Agua sí, IA no, ¿no cree?
Era la pregunta que Armando esperaba inútilmente que no se formulara. Ya era tarde.
—Gracias por su pregunta. Esa misma disyuntiva tuvimos nosotros. Sin embargo, el pueblo ha escogido la IA. El pueblo ha escogido el camino de la modernidad. No se olviden, compatriotas, que el futuro descansa sobre los hombros de estas entidades artificiales que, quieran o no, gestionan mejor los estados que nosotros. Por favor, les pido paciencia, que pronto IntIA tomará esta posición y sabrá gestionar mejor las cosas. Paciencia, es todo lo que les pido…
***
Camino a Palacio de Gobierno, ya de noche, a Armando le fue imposible no escuchar los reclamos de la gente. Pudo ver las pancartas, los carteles, escuchar sus gritos. “Abajo la IA”, “Agua sí, IA no”, “Presidente racista”, y más mensajes se podían leer a la distancia. Todos mensajes en contra de sus medidas, todos excepto…por un tumulto de personas. Eran de tez clara, vestidos con chullos, buzos y zapatillas. Traían consigo grandes pancartas impresas. Se podía leer “Gracias presidente”, “Arriba las restricciones”, “El futuro primero”. Era un grupo pequeño, pero ubicado muy cerca de Palacio de Gobierno, prácticamente a la entrada de la cochera. Hasta parecía que les habían dado un acceso preferencial. Al bajar del Lexus, Armando pudo escuchar “¡Gracias presidente!”, “¡Por una Lima mejor!”, “La IA salvará al Perú”. Armando levantó la mano en agradecimiento por sus vítores cuando escuchó, a lo lejos, un mensaje que parecía un murmullo. Eso era, un murmullo, pero que, como una avalancha, pronto podría cobrar fuerza. “¡Por una Lima sin cholos!” resonó en su cabeza. Armando bajó la mano y avergonzado ingresó a Palacio.
Ya dentro de sus aposentos, todavía agitado, le quedaba una duda. ¿Acaso era una medida racista?¿Estaba discriminando a las provincias por el bienestar de Lima? Quizás, detrás de esta medida se escondía un sesgo discriminador que siempre suele aparecer en momentos de crisis, se preguntaba Armando. Acaso, ¿él era un racista? Había aceptado la medida impuesta por China. No mostró intenciones de pelear ni de proponer otras alternativas. La aceptó sumisamente. ¿Es que acaso, detrás de la aceptación de tal solución, se encontraba un impulso natural hacia la discriminación latente en él y sus allegados?
***
—Aló, ¿Balmaceda?
—Presidente, prenda el televisor, por favor. Canal 4. Es urgente.
La gran pantalla se iluminó. Ya había pasado una semana desde las restricciones y el país todavía parecía funcionar. Habían huelgas, pero todas pacíficas, de momento. ¿Qué podría ser tan urgente?, se preguntó Armando. Apareció una figura señorial en la pantalla.
—Así es. En señal de apoyo al presidente por esta medida, y para preservar los parques de nuestro distrito, Miraflores se une a las medidas adoptadas. A partir de la próxima semana se restringirá el acceso a nuestro distrito…
—Pero señor alcalde, la medida era para preservar el agua dulce de la capital, esto incluye también a Miraflores…
—Lo sabemos. Y así como el presidente puede restringir el acceso a Lima por situación de emergencia, Miraflores también…
Armando apagó el televisor. Era inaudito. Era innecesario que un distrito cierre sus fronteras. Ese alcalde solo atiza el conflicto, se dijo Armando. Maldita la hora en la que me escogieron de presidente provisorio, se lamentó.
—Balmaceda, emite una declaración en contra de lo que dijo este alcalde.
—El alcalde Cidandi, señor presidente.
—¿Cidandi? —Armando recordó, hace muchos años, haber escuchado ese apellido.—Sí, haz una declaración y di que esa medida es innecesaria, por favor.
—Entendido, señor presidente…
Horas más tarde, a punto de dormir, Armando mira por las cortinas de su habitación. El cielo está oscuro, sin estrellas, sin luna. Estos meses fueron muy difíciles, pero los días venideros serán peores…y un zumbido lo saca de sus meditaciones.
—¿Aló?
—¿Presidente Armando De la Puente?
—¿De parte?
—Soy el alcalde Cidandi. Ya me enteré del mensaje en contra de mis medidas…
Armando blanqueó los ojos. No podía creer la terquedad de tal personaje.
—Señor alcalde, por favor…
—Escúcheme usted, Armando. Conocí a su padre, fui su amigo. Gran arquitecto, hombre a carta cabal. Compartía mi visión del mundo. Y estoy seguro que usted también la comparte. Le digo que, con su apoyo o no, igual restringiré el acceso a mi distrito.
—Pero señor alcalde, eso solo exacerbará los….
—Mi principal preocupación es mi distrito. Y lo hago por la seguridad de mis vecinos. No por otro motivo. Sus restricciones a la capital generaron muchas protestas y no queremos que estas contaminen nuestro distrito. Y por eso no acataré ni respaldaré las declaraciones que dio el primer ministro.
—Su medida es anticonstitucional y no puede…
—¡Sí puedo!¡Si usted puede restringir el acceso a Lima yo puedo hacer lo mismo con mi distrito! Así que, le guste o no, no levantaré las restricciones…
Y colgó. Armando se quedó estupefacto. Ahora recordaba, Cidandi había sido el amigo de su padre. Y sus medidas, quiera o no, eran las mismas que él estaba tomando. Cidandi tenía razón, tal vez Armando compartía su visión del mundo y no lo sabía.
***
Pasaron tres meses del inicio de las medidas. Ahora el acceso a Lima era más restringido que antes. Había militares en las carreteras Panamericana Norte, Sur y la carretera Central, con taquillas que controlaban los accesos de personas. El DNI electrónico facilitó mucho la implementación y la identificación de capitalinos residentes e inmigrantes.
Armando se encontraba a punto de almorzar, pese a ser ya las cuatro de la tarde. Las reuniones se habían alargado en demasía. Gestionar este país parecía ser más difícil con el paso de los días.
Antes de dar el primer bocado, la puerta del comedor se abrió de par en par. Era el general Rossi, el Ministro del Interior.
—Señor presidente, lamento molestarlo.
—No se preocupe, general Rossi.
—Señor presidente, en la carretera central, hacia el Este, hay un gran grupo de personas listas para ingresar a la fuerza a la capital. Al parecer vinieron en buses y vehículos particulares. Según nuestros reportes traen palos y piedras.
Armando soltó su cuchara. Era hoy. Hoy debía de enfrentarse al destino y demostrar, de una vez por todas, que su objetivo no era discriminar a las provincias. Su misión era preservar el agua capitalina.
—Lléveme, ministro. Quiero ir al lugar de los hechos.
—Pero señor presidente, puede ser muy peligroso…
—Lléveme. Quiero hablar con esos grupos en persona. Quiero que sepan que lo hago por el agua y no por ellos.
—Le insisto, señor presidente, es peligroso.
—Lo sé ministro Rossi…
***
El cielo parecía púrpura con ribetes grisáceos. Tenía una textura esponjosa y todavía parecía refulgir por los últimos rayos solares. El lexus presidencial iba a toda marcha acompañado por una comitiva de carros y motocicletas con sirena silenciosas que, con una mezcolanza de colores brillantes, anunciaban la prosapia de la escolta y sus protegidos. Atravesaron el arco que anteriormente daba la bienvenida al distrito de Ate. Ahora solo era una estructura metálica que servía de frontera y de control para todo aquél que quisiera acceder a la capital.
Armando y su comitiva bajaron de sus vehículos. Las luces de los postes titilaban ante la inminente llegada de la noche. Solo una reja y una taquilla los separaba de ese cúmulo de personas que parecían gritar reclamos ininteligibles. La escasa luz no permitía distinguirlos con toda claridad, pero a juzgar por los gritos y las voces, se calculaba que eran más de un centenar de personas. Desde esta distancia iba a ser imposible conversar con ellos, pensó Armando. Tenía que avanzar.
—Ministro, voy a avanzar. ¿Me pasan un altavoz?
—Presidente, no le recomiendo avanzar más. Aquí es seguro.
—Ministro, avanzaré de todas maneras. Alcánceme un altavoz por favor.
El presidente estaba decidido. Quería que lo vieran allí, en la frontera de la capital, con el miedo en la cara y el sudor en la frente. Quería humanizar esa imagen que tenían de él. Quería que vieran que, al igual que ellos, él también era un peruano.
Con los pies temblorosos avanzó. Una comitiva de agentes lo protegía, estaba seguro, se decía Armando. Encendió el altavoz. Solo es dar un paso tras otro, nada más, se repetía mentalmente.
—Queridos compatriotas, les saluda Armando, su presidente provisorio—Los gritos y abucheos se incrementaron.—Como ustedes soy un peruano más. Las medidas son para proteger a la tercera parte del país. No queremos quedarnos sin agua, por favor, pido paciencia y comprensión…
Y una botella de vidrio pareció romperse metros más adelante. Los abucheos se hicieron más notorios. Tenía que avanzar más. Tal vez la cercanía podría incrementar el significado del mensaje. Con la mirada en el pavimento avanzó lentamente. Por el reojo pudo sentir la presencia de las cámaras de la prensa. Lo estaban grabando, estaban en vivo. Los ojos del país estaban sobre él. Levantó la mirada, apretó la mandíbula y continuó su recorrido hacia las rejas. La luz titilante de los postes iluminó una figura, con una estatura que resaltaba frente a las demás. Lo vio con detenimiento, tenía los ojos rasgados y complexiones atléticas. Le resultó conocido, como si lo hubiese visto en su viaje a China meses atrás.
Ahora se encontraba solo a pocos metros de la reja metálica. Armando tragó saliva. Podía ver los rostros de los protestantes. Se sentía su indignación, su miedo, su desaprobación. Entre la mezcla desincronizada de voces se podía entender “presidente usurpador”, “racista”, “maldito pituco”, “abajo la IA”, entre otros improperios.
—Queridos compatriotas—Armando hizo el esfuerzo para sonar seguro, pero su voz parecía traicionarlo.—Entiendo su protesta, sus motivos. Pero solo les pido paciencia, solo les….
¡PUM!¡PUM!¡PUM! Se escucharon disparos. El presidente arrojó su altavoz y trató de escamotearse detrás de los agentes. Sintió el miedo y trató de taparse la cara. Se arrepentía de ser valiente. El mundo era para los cobardes. Empezó a temblar compulsivamente mientras la turbe se despejaba. Gritos y abucheos se escucharon por todas partes. Con los brazos trató de sujetarse a unas piernas cuyo dueño desconocía. Las apretó con fuerza hasta que, por fin, sintió que las voces se apagaban. Pero algo pasaba. Le era difícil respirar. Armando empezó a sentir un dolor en la costilla, debajo del brazo derecho. Era intenso. Con la mano izquierda se auscultó la zona. Sus yemas ahora estaban rojas, bañadas de un rojo intenso incluso ante la ausencia de luz. Su respiración se tornó más agitada. Los agentes empezaron a dar órdenes por radio. “El presidente ha caído, repito, el presidente ha caído”, se escuchaba cada vez con menor intensidad. La vista de Armando pareció volverse borrosa. Trató de ver hacia el gentío detrás de las rejas. Ahora las miradas eran de sorpresa. Sorpresa y satisfacción.
***
—Menos mal que IntIA será implementada la siguiente semana —dijo Cidandi. —Es claro que al presidente Armando le falta carácter para gobernar. ¿Vieron el video no? Se le ve abrazando las piernas de un agente —sentenció, mientras esbozaba una sonrisa.
—Pero señor Cidandi, era un momento de desesperación, disparos venían de no se sabe dónde —replicó el entrevistador.
—Si, pero es en esos momentos donde uno demuestra de qué está hecho. Armando no está hecho para ser presidente. Es muy blando. Además que los disparos, obviamente, vinieron de la turba…
—No se sabe todavía…
—¿De dónde más sino?¿De sus agentes? No pues, hombre. Es obvio, esa turba de gente de mal vivir, financiados por la izquierda recalcitrante y anticapitalista fueron los que hirieron al presidente.
—¿Está usted seguro?
—Pero por supuesto, mire….
Y Armando apagó la televisión. Estaba en la sala de un hospital, con dos agentes del servicio especial resguardándolo permanentemente. En cierta manera se encontraba satisfecho. Su labor había terminado. Y hace mucho tiempo que no descansaba tan bien. Esa mañana le habían informado que la siguiente semana IntIA entraría en acción. Solo le quedaba una última cosa más por hacer: convocar elecciones. Una sonrisa se dibujó en el maltrecho rostro de Armando mientras que, a través de las ventanas de la habitación, veía a las enfermeras y doctores caminar. Percibió una silueta diferente. Era el mismo personaje que había visto aquella infausta noche, el agente de ojos rasgados. Pasó a través de los pasillos para perderse en los rincones del hospital.
Armando tuvo una epifanía. Lo recordó, era el agente que lo escoltó al hotel en China. Era uno de los que estuvo presente cuando se entrevistó con XIA y Li Xianghu. Era alguien de confianza. Alguien a quien podrían confiar una misión tan delicada como herir a un presidente. Una misión que generaría el ambiente idóneo y enrarecido para la activación de IntIA. Todo había sido plan de los chinos. Inclusive la ocultación de que Lima se quedaría sin agua por el sistema de enfriamiento de IntIA. Pero, ¿por qué? Armando sonrió. Era obvio, allá en China la gente no es tan conflictiva. No tienen datos de cómo manejar una población tan diversa, tan desigual, y tan beligerante como la peruana. Es por ello que ocultaron ese dato. Querían ver como IntIA lidiaba con tal desafío. Por eso propusieron el refinanciamiento, porque quieren entrenar a IntIA, quieren recopilar datos y usarnos como conejillos de indias para tan ambicioso experimento. Ahora todo calzaba. Y, aunque ahora lo supiese, nadie le iba a creer lo que acababa de descubrir. O lo que acababa de inventarse. De todas formas, daba igual. Solo era el presidente provisorio. Y, desde la semana siguiente, el secretario consorte de una inteligencia superior a la de cualquier humano.





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