Al hígado
- pedrocasusol
- 18 jun 2025
- 4 min de lectura
Escribe: Alicia Torres
A la altura de la cuadra 15 de la Av. Perú, siendo más precisos, detrás de la pollería Norkys, se encontraba un antiguo ex almacén de repuestos. Constaba de un área de aproximadamente 300 metros cuadrados, la fachada era un portón de metal de color plateado y medía aproximadamente 60 metros. En el interior se encontraban pintas hechas con aerosol sobre otras pintas y algunos grafitis con pocos detalles y sin mucho estilo. Las ventanas se ubicaban en la parte alta de las paredes, eran pequeñas y también estaban pintadas de color negro. La altura del local era de más de 4 metros.
La iluminación no era muy buena, por lo que ese día llegó un equipo especial para instalar la luminaria. También se encontraba un equipo instalando nuevos logos en el octógono. Ese día se tenían programadas 18 peleas, de 5 escuelas de artes marciales mixtas y cuyos premios variaban desde 60 soles a 600 soles. Como era de costumbre, también se esperaba que las apuestas aumenten conforme avanzaban las peleas. Los asistentes eran en su mayoría los alumnos de cada dojo, y las enamoradas, los hermanos, amigos del barrio de los peleadores, quienes iban con la única intención de verlos ganar. Se podría decir que era una especie de logro colectivo o tal vez la única alegría que tendrían en varios días, pues de repente y solo por un instante y de modo figurativo, tendrían la oportunidad de tirar ese puñete, ya sea a alguna situación o una persona, golpes que por los que además ya llevaban más de 5 horas esperando y ya habían transcurrido 15 peleas, el reloj marcaba cerca a la 1 am.
Tratando de hidratarse después de haber cumplido con el pesaje, estaban ahí, mirándose y esquivándose, tratando de escuchar a sus entrenadores, mientras que los representantes y caza talentos de otras ligas los observaban desde lejos.
Prometía ser una de mejores peleas de noche; él ya tenía 5 peleas de invicto, sus días transcurrían entre hacer deliverys para Rappi y entrenar por las tardes noches, pero no comer ni dormir bien, aunque eso parecía no importarle ni afectarle. Cuando él entró, llevaba puesta bata de satín de color azul sin capucha, en la espalda llevaba su nombre y en las mangas el nombre de su escuela. Aún se veía la cicatriz en la boca de la pelea anterior, apariencia que imponía cierto temor. La música de fondo que sonaba era una versión de electrónica de “Carmina burana”, él caminaba con el mentón hacia arriba, mirando hacia el frente hacia el octógono, fingiendo no ver a la gente alrededor suyo. En su mente y desde hace ya varias peleas, sabía que ese día en el tatami la pelea era contra él mismo… de pronto el volumen de la música bajó y se escuchó la voz del locutor diciendo: Por la derecha, con 8 peleas, 5 invictas hace su ingreso “el psicopata martinezzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz…”. Subió al octógono e hizo el gesto característico de cortar el cuello, con la mirada hacia a la zona de la barra del contrincante…
Por el otro lado, desde la izquierda, estaba Sócrates Mendoza. Le pusieron ese nombre no por el filósofo sino por el jugador de futbol, y es que su padre fue un gran admirador de éste. A Sócrates no le molestaba su nombre, le gustaba el fútbol, pero hubiera preferido otro nombre y, aunque tampoco sabía mucho del filósofo, solo recordaba haber visto alguna vez por curiosidad un video en YouTube sobre cómo fue su muerte y se quedó con ese recuerdo. Cuando empezó a participar en el circuito, su entrenador le dijo no, Sócrates no pega, mejor te llamaremos el Filósofo Mendoza. Él llegó a esa escuela por sus primos, pues tuvo que mudarse a casa de su abuela materna, después de que falleciera su papá. Entró con una bata dorada con blanco, llevaba bordado su apellido y colgado detentes del Señor de los Milagros y de Sarita Colonia. Sonaba la canción de “Eye of the Tiger”, a él le parecía bastante ñoña pero sentía que nadie tenía una mejor idea. Mientras caminaba, miraba a su alrededor, sus primos estaban detrás de él, incluso en la tribuna estaba su mamá, su novia, sus amigos del barrio… Y así hace su ingreso Mendoza, “el filósofooooo…” decía la voz del locutor, mientras se escuchaban abucheos…
Según la discusión en los estrados, parecía ser la pelea protagónica. En todos los bandos se lanzaban latas de cerveza, vasos de shop, hielo, insultos… hasta que sonó el silbato del árbitro, en ese instante los asistentes se silenciaron, dejó de sonar la música de fondo y todos, absolutamente todos, miraron hacia el octógono para ver el inicio de la pelea. El psicópata da tres pasos, alza la pierna derecha y le hace una llave a Mendoza “el filósofo”. Empezaron nuevamente los gritos: ¡Mátalo! ¡Escúpele! El filósofo estaba en la lona y solo atinó a abrazar la cabeza del psicópata mientras trataba de sostenerse de un pie. El psicópata empezaba a apretar el abdomen de su contrincante a fin de quitarle el aire... Cuando de pronto se escucha desde alguna esquina… ¡¡Al hígado!! ¡¡¡Al hígado!!! Es así como el filósofo empieza a lanzar golpes hacia el hígado del contrincante, tratando de salir de llave… no habrán pasado ni 5 segundos de ese movimiento cuando en una de las tribunas uno de los asistentes recibe un golpe en la cabeza, con una botella, de forma instantánea empieza a sangrar a borbotones, inmediatamente las personas alrededor iniciaron otra pelea. Al ver esta escena, el árbitro lanzó un silbido y paró la pelea. Sin embargo, el psicópata no hizo caso o no escucho y empezó a darle de cabezazos en el abdomen, a lo que el filósofo empezó a escupirle. Al recibir el escupitajo, el psicópata perdió el control y se acercó con la intención de morderlo. En ese instante, el árbitro intentó separarlos, pero también lo golpearon. A los segundos los entrenadores entraron al octógono, pudieron separarlos, pero El Filósofo estaba casi inconsciente, se lo llevaron hacia la ambulancia… Mientras su madre miraba desde la tribuna con un dolor en el vientre junto con el nudo en la boca, preguntándose a ella misma si era normal ver a su hijo golpeado por unos soles.





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