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Anatomía de una caída

  • pedrocasusol
  • 19 feb 2024
  • 3 min de lectura

Escribe: Pedro Casusol


¿Samuel Maleski fue asesinado? ¿O su muerte, producto de una caída desde el ático de su chalet en los Alpes franceses, pudo ser un accidente o suicidio? Esta es la premisa con la que parte “Anatomie d'une chute” (“Anatomía de una caída” en español), película de la directora francesa Justine Triet que viene de arrasar con los premios de la temporada 2023 y podría aguar la fiesta de Christopher Nolan y su “Oppenheimer” en la entrega de los premios Óscar. Se trata de un drama judicial con personajes ambiguos, actuaciones memorables, y que aborda inmensas preguntas celestes: ¿Es la verdad algo alcanzable? ¿Somos los seres humanos capaces de administrar la justicia?


Al regresar de una caminata en compañía de su perro guía, Daniel encuentra a su padre muerto en la nieve. El joven, ciego desde la infancia a causa de un accidente, se convierte en el único testigo del caso cuando su madre, Sandra Voyter, una escritora de novelas de autoficción, es imputada por el asesinato de su marido. Arranca entonces la carrera de la defensa por intentar demostrar que Samuel cometió suicidio, ya que un accidente resultaría poco creíble. Desde un inicio, el espectador es relegado a la perspectiva del jurado, al carecer de la información que permita acercarnos a la verdad. En vez de eso, el juicio se presenta como un meticuloso y desgarrador recuento de daños de la relación. Un callejón sin salida de culpas y reproches. El dedo hurgando en la llaga. 


Porque “Anatomía de una caída” es también la pesquisa de un matrimonio fallido. Las fotos que la directora decide mostrarnos al inicio, a modo de álbum familiar, no son más que restos de un naufragio. Nuestra opinión sobre Sandra Voyter, mujer fría y distante, cambia conforme la fiscalía y la defensa arrojan hipótesis sobre la tumultuosa relación. Samuel, disminuido profesionalmente y relegado al papel de ama de casa, solía registrar en audio algunas conversaciones cotidianas como parte de un proyecto en el que estaba trabajando. Un día antes de morir, grabó una discusión que termina en violencia física, presentada por la fiscalía como la gran prueba incriminatoria. La directora nos traslada a la escena en un flashback, pero cuando la violencia estalla, regresamos al juzgado. No alcanzamos a ver las agresiones, solo las escuchamos. Todo es incierto.


Se ha dicho mucho, precisamente por cosas como estas, que la película trabaja la tensión sobre la ambigüedad de los personajes. Los espectadores tenemos que decidir, como el público que sigue el juicio por televisión y como Daniel en su calidad de único testigo, si es que Sandra golpeó a Samuel en la cabeza y lo arrojó al vacío. Yo más bien sostengo lo contrario, que el filme es explícito en su planteamiento en la medida en que uno esté atento del registro simbólico por el que ha optado Justine Triet. Daniel, como la justicia, es ciego. Y tiene que tomar una decisión: o cree en la inocencia de su madre o sigue sus instintos y deja que vaya a la cárcel. El desarrollo de este personaje pasa casi inadvertido hasta el tercer acto, cuando todo empieza a depender de él. La clave está en la música, que Daniel toca en el piano a lo largo del filme: una pieza que va ensayando hasta que logra dominar, como su testimonio ante el juzgado. Y luego cambia al final.


Se la ha comparado mucho con “Rashomon”, la obra maestra de Akira Kurosawa basada en dos cuentos de Akutagawa, principalmente “En el bosque”, que suelo usar en clases para explicar la relevancia del punto de vista y la imposibilidad de alcanzar una verdad objetiva. Si bien en “Anatomía de una caída” no hay un espíritu manifestándose a través de un médium que pueda aportar confusión a la confusión, tenemos el testimonio final de Daniel, poniendo en boca de Samuel las palabras necesarias para exculpar a Sandra. Sabemos que esto nunca ocurrió por una sutileza de la directora: la frase que salva a la madre no sale de boca del padre. Daniel no puede imaginar a Samuel decir esas palabras, porque nunca las dijo. Más que un drama judicial, estamos ante una película que aborda la problemática de pareja desde la dicotomía realidad versus ficción. De cualquier forma, sostiene la directora, la verdad es aquello en lo que uno decide creer.



 
 
 

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