Apoyando el mentón en una mano
- pedrocasusol
- 19 sept 2025
- 4 min de lectura
Escribe: Claudia Cortegana Pezo
Apoyando el mentón en una mano, Camila pensaba en Lola. No entendía tanto maltrato a su esposo cuando él hacía todo lo que ella quería, ¿a qué se debía? se preguntaba.
Ni su muerte había parecido calar mucho en ella. Claro, eso bien podía deberse a la pérdida de memoria de la que ella padecía pero igual seguía sin quedarle claro. ¿Lo culpaba acaso de la muerte de su hijo? No estaba explícito en ninguna parte. Lo que sí quedaba claro era el rencor acumulado en su nombre. Él se lo recordaba. Eso sí lo sabía.
Dejo el libro en la cama con muchas dudas. No entendía tampoco el accidente en el supermercado que era una de las cosas que Lola no olvidaba nunca. Mientras iba al baño y entraba a la ducha, seguía pensando. Escuchaba el agua caliente y veía el vapor que se reflejaba en el espejo. Por un momento, tuvo miedo. La lectura tenía a veces ese efecto, ese enganche emocional e intelectual que te rondaba cariñoso como un abrazo o que saltaba como un tigre entre las cortinas de tu ducha. En este caso, había sido más como el segundo. Y allí, desnuda, se sentía más vulnerable para hacerle frente al hecho de que estaba sola. Un poco como Lola, un poco ensimismada como ella, en su propio mundo.
Cogió el jabón y lo empezó a frotar por todo su cuerpo. Le asalto la idea de que sufría en silencio. Nunca se había caracterizado por ser muy expresivo pero ella que lo conocía un poquito aunque sea, sabía que él había estado preocupado. No era normal que estuviese hasta la una de la madrugada trabajando en la sala. Haciendo ruido, como diciendo “estoy despierto”, como diciendo “estoy aquí”. Se despertaba más temprano también. Ella no se podía ni imaginar lo cansado que debía estar. Y lo peor, no se podía ni imaginar si esa preocupación la había tenido antes y ellano había podido verla por ser más chica.
Se enjuagó. Cerro el grifo. Ella los había dejado con el problema. Eso sentía. Pero había tenido que hacerlo. Dicen, o por lo menos por allí lo había escuchado, que no puedes ayudar a otros sino te ayudas a ti primero. Y en ese sentido, había estado bien irse. Era una cosa de supervivencia. Lástima que ellos no podían hacer lo mismo, lástima que en esa casa hablar no era exactamente la especialidad de nadie, lástima que nadie dijera “estoy triste”, “estoy preocupado”, “me siento un fracaso”. Lástima, pensó.
Con la toalla encima, llego a su cuarto, abrió los cajones y saco su ropa. No iba a salir de su casa, así que cualquier cosa estaba bien. Se sentó en la cama, allí seguía el libro. Si se ponía a pensar más en Lola iba a terminar un poco loca. Un poco como ella. Y, sin embargo, no pudo evitar volver a pensar. Tanto fijarse en los objetos daba miedo. Pero sobre todo, tanto no salir de ella, daba miedo. Porque allí, justo en ese momento en el que te encierras en ti mismo, bajas la guardia y todo, absolutamente todo, queda abierto como una posibilidad. Todas las ideas, las dudas, las cosas en las que no quieres pensar.
Metida en la cama pensó en su hermano. No le hubiera molestado imaginárselo muerto. Tenía esa extraña habilidad de olvidar fácil. Por momentos, de hecho, lo había deseado. ¡Qué se muera!, realmente lo tenía merecido. Y sí, lo tenía merecido pero tampoco a él lograba entenderlo. Nada de lo que pensaba, tampoco de lo que sentía. Ya bien claro tenía que en esa casa nadie hablaba y ella tenía la misma tara. Trataba de imaginar que lo había llevado a drogarse por primera vez. ¿Los amigos?¿La curiosidad? ¿La diversión? Todas esas eran respuestas válidas. Pero, ¿y la segunda vez? ¿la tercera? Esas preguntas eran las que no podía responder. Respiró. Habían crecido en la misma casa, con los mismos problemas. Sí, quizá la inestabilidad lo había agarrado a él en una edad un poco más sensible. Quizá. Ella lo percibía con una cierta fragilidad, en su mente, y no sabía si era real o producto de su ensimismamiento. Allí, recostada, sentía que quizá él también tenía situaciones que no había podido resolver, cosas que no pudo decir en su momento, cosas que no supo a quién contar. Quizá. Ese era el problema. No lo sabía, tampoco podría saberlo. No era que estuviera muerto, que hubiese dejado la casa de sus padres, era su tara parte de la impronta familiar la que la mantenía en un quizá.
Miro el techo blanco. Estaba limpio. Era tarde y no había hecho muchas cosas en su casa aún. De hecho, la tenía bastante desordenada. Los cuadros que había comprado seguían en bolsas, los libros estaban tirados por media sala y los platos estaban sucios. En verdad, los fines de semana le quedaban muy cortos. Cerro los ojos y decidió que tenía que ordenar y que empezar por los platos iba a ser lo más fácil.
Fue la cocina y dio un vistazo. Casi todas las ollas y las sartenes las tenía sucias, sin contar los platos de la cena del día anterior y los del desayuno. Cogió la esponja y el lavavajillas y empezó con las ollas. En el libro, Lola odiaba lo imprevisto. Cualquier cosa nueva era un peligro por más pequeña que fuese. Nuevos vecinos, peligro. Más cantidad de yogurt, peligro. Algún ruido en su casa que ella no conociese, aún más peligro. Sin embargo, lo que a ella realmente la sacaba de cuadro sobre Lola, era su fijación por ciertos objetos comunes de la vida diaria. Lola tenía una obsesión por las cosas más comunes. Por ejemplo, la chocolatada. Esa chocolatada tan común que compraba su marido, encerraba algo más allá, algo importante para ella. Era, en primer lugar, algo sobre lo que no tenía el control. Ella no podía decidir la compra de esa chocolatada, era una concesión hecha a su marido. También, significaba una especie de secreto. Escondida como estaba siempre, detrás de las especias, no podía saber que pasaba con ella. No podía saber, mejor dicho, controlar, la frecuencia de su uso ni estar segura de cuando se acababa. Pero no era solo esa fijación por los objetos sino también ese significado, esa vida que ella les daba sin darse cuenta, lo que le tenía encantada. La chocolatada no era solo una chocolatada y una parte de su mente torturada y perdida lo sabía. La chocolatada cobraba una vida, se adueñaba de una historia creada en función a ella misma y se englobaba en la vida misma de Lola. No siempre era consciente de ello pero esa importancia saltaba a través de las hojas de su libro y aún así no era suficiente para que ella le pusiera un nombre que le quitara la latencia y le diera eso que ella necesitaba.
Tuvo que hacer una pausa para ordenar el lavaplatos. Seco algunas cosas para hacer espacio y luego siguió lavando. También ella había escuchado un ruido horrible, no como una respiración cavernaria sino como un grito seco que cortaba la calma de la casa. Había tratado de no meterse en esa pelea, pero le tocaba. Era la mayor. Tenía que separarlos y el ruido en seco hizo que saliera de su cuarto y fuera para allá, seguida de su hermano menor.
-¿Crees que tengo la culpa?
Incluso en ese momento, cuando debía de haberle dicho, de haberle gritado, que claro que era su culpa, que debía de irse al diablo, tuvo la cabeza para pensar en si no podía herirlo de una manera que lo terminara alejando aún más de todos.
-No he dicho eso, pero ahora no estás bien, así que vete.
Eso era todo lo que le dijo antes de empujarlo y cerrar la puerta con llave. No podía llorar. Ella que ahora podía verlo un poco más, entenderlo un poco más, le preguntó si estaba bien, si le dolía algo. Su papá se cogía la cabeza y ella pensaba que podía darle un derrame. Lo había ayudado a recostarse, le había refrescado las sienes y luego se había quedado abrazando a su hermanito, no sólo porque quería que esté tranquilo, sino porque ella misma necesitaba un abrazo.
Termino con los platos aunque no se movió del regadero instantáneamente. Cogió el paño amarillo y seco la mayólica salpicada de agua. Pero un ruido la hizo mirar el lavaplatos. Sonaba como una gota de metal cayendo rítmicamente. Mirando con cuidado, descartó la idea de que algo de vidrio pudiera estarse rompiendo. Movió algunos platos y espero. El ruido se detuvo pero ella estaba asustada. Leer ese libro le estaba haciendo mal, se dijo. Se había quedado muy enganchada y ahora todos los objetos de su casa empezaban a despertarse.
Camino hasta la sala y se sentó en el mueble. Vio los libros tirados a su alrededor. Ya no sabía dónde ponerlos. No sólo era la chocolatada, se dijo, pasaba lo mismo con la llave fija y el chico. No entendía muy bien porque le molestaba el chico. Sí, parecía uno de esos chicos problemáticos pero no estaba segura de sí esa era la única razón por la que lo odiaba o la antipatía se debía a que a su esposo le caía bien. ¿Qué de malo podía tener que su esposo se llevara bien con el chico? No conocía nada de Argentina, ni de la forma que tenían de pensar, así que no sabía si se le escapaba algo entre las líneas de su lectura. Cerro los ojos un momento y la cogió por sorpresa una imagen construida por ella misma de su hermano drogado. Horrible, con los ojos sin órbita, violento. Abrió los ojos.
Lo mejor sería preparar el almuerzo, ya casi era hora de comer. Prendió su laptop y buscó algún programa de cocina que le acompañara mientras cortaba la cebolla en cuadraditos para el aderezo. Le gustaba cocinar cuando tenía tiempo. Era divertido y la relajaba. Además, casi siempre tenía un buen apetito, así que cocinaba del puro gusto de saber lo bien que comería.
En un plato azul sirvió primero el arroz, luego el guiso. En un bol pequeño, puso la ensalada de tomate y se sirvió el jugo de naranja al final. Honestamente, olía muy bien. Tenía madera para la cocina, aunque si pensaba en ello, había tenido como maestra a su madre que era muy buena cocinando. La comida de los domingos era la mejor. La más contundente, la que reunía a todos en la mesa. No, no era tan fea su familia, como alguna vez había pensado, pero llegar a ese punto le había tomado tiempo, madurez.
Tomó un bocado. Su mamá era una niña. ¿Cuánto podría haber vivido antes de casarse y cuan dura no era ya su vida antes de eso? Su mamá soñaba con una familia al estilo Ingalls. Unida, querendona. Y su papá, que ella ya lo conocía un poco, que por algo era su hija, era bueno. Bueno, más no perfecto. Era recto como un palo que solo sabía dar un golpe o quedarse quieto. Lo perdonaba por eso, ahora. Ahora que entendía que podía morir sin ser capaz de decir que se sentía mal consigo mismo.
Siguió comiendo con buen ritmo. Sin embargo, después del quinto bocado hizo una pausa. Tuvo la sensación de estar alterada y todo sentirlo en superlativo. Tuvo miedo de estar sola, de haber elegido estar en su propia casa sola, le salto la Lola del cuento como una loca con su afán de controlar y su no saber ponerle nombre a las cosas importantes, su no identificar lo que sentía y tener en su lista sus deseos
escritos pero no sus respuestas y recordó la última frase del libro que decía que aunque quisiera no podría morir porque para hacerlo tendría que recordar a su esposo que se llamaba como su hijo muerto y que estaría condenada a eso que no quería: a recordar. A recordar.
Se levantó de la mesa y corrió al cuarto, buscando algo, algo que pensaba que era su celular pero que en verdad no sabía que era y se sintió el personaje loco del libro que leía, lo que la hizo llorar de rabia. Sentada en el piso, lloro como lloraba antes de irse de la casa de sus padres y le costó ponerse nuevamente en calma. Para hacerlo, se repitió así misma que no estaba sola. Que ella estaba primero. Que en esa casa eran cuatro, que podían hacerle frente. Recordó que había aprendido a hablar, a enfrentar las cosas, que ellos tenían que aprenderlo también. Recordó que había crecido. Recordó que algunas cosas no merecían ser recordadas. Recordó que algunas cosas merecían el duelo del olvido.
Con aplomo, salió a la sala. Los libros, los platos encima de la mesa, todo seguía allí, inmóvil y muerto. Sonrió ante esta idea. Estaban muertos, por supuesto. No estaba mal, sin embargo, que estuvieran vivos, que fueran parte de su historia, que le dijeran cosas, que la hicieran recordar. Sólo tenía que darles una orientación, indicaciones de cómo debía ser vivida esa vida. Miró por la sala buscando ese algo y, de pronto, lo encontró dentro de las bolsas del supermercado. Saco de una de ellas uno de los cuadros. Lo había comprado por que el mensaje le gustaba y los colores eran alegres. Entendió que allí estaba reflejado ese orden, esa vida que debía ser vivida por ella y por todos en su casa. Ojeó las paredes blancas con detalle y encontró, entonces, un pequeño clavo puesto por los anteriores inquilinos. Colgó el cuadro con cuidado y luego se quedó mirando ese nuevo objeto de su casa con esperanza. Dio un suspiro. Esa pared ya no era completamente blanca.





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