Así es la vida…
- pedrocasusol
- 7 sept 2024
- 6 min de lectura
Escribe: Thalía Correa
Empezó a sonar Bam Bam de Camila, no la quité. Decidí escucharla y prestarle atención. Gran error. Después de escuchar así es la vida, por tercera vez se me hizo odiosa. Me quité los audífonos. Estaba oscuro, quedé en silencio, el mundo entero dormía y el único sonido que quedaba era el de la nevera.
Me invadió su recuerdo, es curioso recordar a alguien sin rostro. Volvieron las preguntas que me hago cuando pienso en ella, ¿será que no supo a quién pedirle? ¿fui egoísta? ¿cómo se llamaba? ¿tenía el cabello largo? después de 6 años muchos detalles estaban desapareciendo, pero no el sentimiento. Respiré y conté hasta dormirme.
Sonó el despertador, lo pospuse varias veces sin darme cuenta. Veo la hora. Es tarde, tengo que alistarme rápido si quiero llegar al bus que sale a las 3 de la tarde. Listo, un par de mudas, solo es un fin de semana, lo que sí es importante es mi cámara fotográfica, veré paisajes hermosos, encontraré buenas tomas. Todavía no puedo creer que viajaré sola por primera vez. Además de feliz estoy nerviosa, pero le mandaré mensaje a mi familia cuando llegué al pueblo. No es necesario que ellos sepan todas mis ubicaciones, ya soy adulta. Luego de 4 horas de camino, solo me falta un taxi más y listo. Mi primera impresión de Pisco no es buena. Me indican donde puedo tomar un colectivo. Salen en 10 minutos, suficiente tiempo para ir al baño y comprar una coca. Adelante va una muchacha y al lado mío dos muchachos. Los miro y pienso: vaya suerte…
Voy escuchando música y chateando con mis amigos, el que conoce más el camino me dice que en algún momento del viaje me quedaré sin señal. Las manos se me ponen frías y recuerdo Pisco, ¿por qué me dice esto ahorita? 8:30 de la noche, ya hemos pasado el módulo de policial. Media hora más, solo media hora más para llegar a mi destino. Me aferro a mi teléfono y solo puedo pensar ¿de qué sirve un teléfono sin señal? veo que los faros de luz van desapareciendo, reviso el teléfono, efectivamente, sin señal. Ya no me siento nada feliz. Respiro lentamente imaginando posibles situaciones, aprieto mi teléfono. Nada está bien. En el camino ya no hay nada de luz. Ningún carro pasa.
Uno de los muchachos saca un arma, denme todos sus teléfonos, por un microsegundo pienso que solo quiere los teléfonos, pero va gritando a la vez al taxista: ¡mete el carro a la izquierda, por esa bajada!, el taxista le dice que es peligroso, podemos caer todos. Le apunta más fuerte la cabeza y le grita que meta el carro, todo está marcado. Yo me quedo quieta, no hay nada que quiera hacer, no quiero gritar, tampoco hablar. solo observo y pienso: ¿en qué me metí?
Terminamos cerca, muy cerca de un río que pasaba, pero solo se escuchaba el sonido del agua correr y el sonido de la noche oscura dentro de la naturaleza… Empiezo a pensar que debí viajar más temprano, como si eso cambiará algo de mi realidad. No veo nada y solo quiero quedarme en el carro, alejada de todo, como si eso fuese posible. Me quitan el bolso, pienso en mi cámara y el poco uso que le di. Recuerdo que mis llaves están guardadas en mi bolsillo, son las únicas copias, pero mi alivio desaparece cuando repaso que mis documentos están en el bolso.
Separan al taxista de nosotras, la muchacha sigue en el carro conmigo, pero no dice nada, está igual de callada que yo. El taxista empieza a gritar: ¡lleven todo, no les hagan daño a las señoritas! viene el más alterado de los ladrones y me dice: ¿qué más tienes? Le digo que todo está en el bolso, esperando que no revise mis bolsillos. Me dice que lo siga atrás del carro y en ese momento si sale el loro que vive en mí: ¿para qué? aquí estoy bien, ya les di todo, mis tarjetas, efectivo y cámara están en el bolso.
Pienso que si salgo saldré de mi burbuja, entenderé lo que realmente está pasando. No quiero salir, no veo bien de noche, pero tampoco quiero comentarlo. Tengo miedo.
El muchacho me jala del brazo y no sé cómo llegué a la parte trasera del carro. Estamos los dos en la oscuridad, ahora sí quiero gritar, pero eso no ayudaría en nada, no hay ni un bombillito de luz cerca, nada, solo árboles inmensos y una oscuridad absoluta. Siempre me he sentido protegida, pero en este momento me siento como mi teléfono, sin señal. Nadie me puede ayudar. ¿Qué hora es? ¿ya mis amigos están preocupados? mi familia ni siquiera sabe dónde estoy, fácilmente puedo morir aquí. He sido muy desconsiderada con mi familia al no informar de mi posible lugar de muerte.
El muchacho me habla, pero yo solo escucho mis pensamientos, ¿en qué momento decidí venir aquí? me jala del brazo y me dice: oe, ¿no me escuchas? ¡bájate los pantalones! y le respondo: no, ¿por qué lo haría? no estoy escondiendo nada. Me dice que tengo que elegir entre eso o un tiro en la pierna. Me imagino arrastrándome y dejando rastros de sangre, buscando ayuda. No me preocupa morir, lo que si me da vergüenza en este punto es no avisar a mi familia de mis planes. Me da pena el dolor que les voy a causar por mi muerte, lo culpable que pueden llegar a sentirse de haberme dejado ser tan libre. Tengo miedo.
El muchacho me lleva a la parte del copiloto y por primera vez veo a la muchacha, sin mucho detalle, le agarro la mano. Le digo que no me suelte, el muchacho me quiere hacer daño. La muchacha habla por primera vez: Ya les dimos todo, ¿por qué no se van? La vida me pasa delante de mí en un instante, y solo puedo recordar lo feliz que he sido. No tengo ninguna religión, pero mi tío me dijo que si quería pedir algo de verdad tenía que nombrar a qué dios le pedía. Siento que el final está cerca y el primer nombre que me viene a mente es Hashem, y le digo: por favor, cuídame.
Nos lleva para atrás, me quita los pasadores y empiezo a temblar como gelatina. Aparece el otro muchacho. Le pido que nos ayude, le digo que su compañero nos quiere hacer daño. Es loco ver sensibilidad en estos momentos. Él le grita a su compañero, le dice que ya tienen todo que es riesgoso quedarse más tiempo. El muchacho alterado le dice que no se meta y que vuelva con el taxista. Me dice que me calle y empieza a tocar a la muchacha, ella le pregunta que si después de eso se irán y nos dejarán en paz. Él le responde que no pretende quedarse singando toda la noche.
El tiempo se detiene y se hace más rápido a la vez. ¿Por qué no pone resistencia? ¿después de ella vengo yo? sigo temblando y no puedo calcular cuánto tiempo llevamos así. Llorar no es una opción, ¿o sí? nada. Escucho que nos dice: ¡boca abajo las dos, no se muevan, no miren, no denuncien! Si lo hacen nos vamos a enterar y las vamos a buscar, quedamos en silencio otra vez.
Escuchamos que lanzan la llave del carro hacia el río. Esperamos en silencio, la muchacha me mira y me hace una seña, es hora de pararnos. Empezamos a desamarrar los pasadores y nos pusimos de pie, vamos en busca del taxista. Le pregunto si tiene frío y me dice que sí, me quito una franela y se la doy. Desatamos al taxista. Me aferro al taxista, lo ayudo a caminar, la muchacha ya está en la carretera. No puedo creer que todo ha pasado.
Mientras esperamos a que pase un carro que nos ayude, le pregunto a la muchacha cómo está y qué va a hacer, me dice que haga silencio y que le prometa que no contaré lo que paso abajo. Lo prometo. Pasan dos carros, pero no paran, yo tampoco lo haría, tenemos una pinta de locos. Una familia por fin se detiene y desde lejos nos preguntan qué necesitamos. Solo tienen que avisar a los policías. Pasa el tiempo, ya la oscuridad es nuestra compañera.
Una luz fuerte nos ciega, apagan las luces, detienen el carro y digo hemos ido a parar de Guatemala a Guatepeor. Se bajan unos hombres y vuelvo a temblar como gelatina. Nos alumbran con linternas y nos dicen que son la policía, salgo corriendo y me agarro del brazo de uno de los tantos polis. No me importa nada, no tengo pena, no me quiero separar. Les contamos lo ocurrido y los dirigimos al carro. Cuando veo la oportunidad, me olvido de la promesa y le digo al policía que estaba a mi lado, abusaron de la muchacha, hay que ayudarla. Me dice que no me preocupe, ellos nos van a ayudar.
Después de llegar a la comisaria la muchacha llama a sus amigos y se va sin poner denuncia. Un policía me dice que esas cosas son normales en el pueblo. Le digo que no puede ser, hay que buscar a la muchacha y ver qué necesita. Me dice, tranquila, así es la vida aquí.





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