top of page
Buscar

Ayak'uchu

  • pedrocasusol
  • 24 jun 2025
  • 11 min de lectura

Escribe: Rubén Córdova


YO

Me había sentido intranquilo, he de confesarlo. Mas ese desasosiego no era, ni por poco, la  manera en que ustedes, los efímeros, pueden experimentarlo. La turbación,  para mí, es el constante tic-tac del universo, del mundo que gira, de lo que percibo moverse, de la claridad convirtiéndose en oscuridad y viceversa, del inicio o el final de algo. Al abrir mis ojos –si es que esta percepción mía la puedo llamar así- me apresuré a reconocer los alrededores.


¡Oh! ¡Dichosa criatura! ¡La pampa! Siempre la pampa. Inmensa. Verde. Aunque su color solo es una ilusión temporal, puesto que deja de existir cuando mi sombra la cubre del todo.  Lloviznaba un tanto, como una suave caricia apenas perceptible. Creo que era época de siembra o de cosecha, no estoy seguro. Es una de las pocas ironías que me permito. A veces me confundo. El ciclo que llevan ustedes, para mí, no tiene importancia, puesto que siempre es lo mismo: solo existen y se fusionan, fluyendo eternamente. No termino de acostumbrarme a esta monotonía, a pesar de la perpetuidad.


Era de noche. Siempre es de noche para mí.


Fría, la que a ustedes les cala los huesos y a mí me congela en el tiempo. Siniestra, tal vez; terrible quizás. Como los adjetivos con los que ustedes suelen calificarme. La luna se sujetaba del firmamento con una tenacidad asombrosa, brillando como nunca antes la había percibido: gris, opaca, turbia. Esa luna iluminaba el llano de manera diagonal, colándose entre nubes despedazadas, alumbrando las copas de los árboles de cedro y eucalipto, proyectando sombras sobre el terreno. Esas sombras que se contorsionaban y movían de manera errática, pertenecían a los que ustedes llaman “los gentiles”, y yo los considero mis compañeros de faena.  Me resultaban familiares, claro. Nos conocíamos desde siempre, desde el primer aliento. Mas, aun así, solo toleraban mi presencia. Nunca me abrazaron, nunca me saludaron, nunca una palabra amable… ¡siquiera un gesto! Me ignoran.

 

CADAVER

Lo veía caminar en círculos alrededor del obelisco, con las manos entrelazadas detrás de la espalda, con andar lento, cansino y sosegado, como percatándose de su estado actual, sonriendo de vez en cuando y moviendo la cabeza en señal de aprobación de sus pensamientos. Creo que incluso podía verme, pero, al ser yo reservado y mantenerme a distancia prudente, no se acercaba; miraba de reojo para ver si yo seguía ahí.


Me caía bien; casi hasta me dio remordimiento el habérmelo llevado aquel día.


Debieron haberlo conocido. Yo lo hice cuando nació, el mismo día que me llevé a su madre. Lo vi crecer como se crece en el campo: corriendo tras los picaflores, dialogando con las tórtolas, ensimismado con las circenses ranas y el llanto de los guanacos. También, escuchando las historias de los ancestros a la luz de los lamparines de kerosene, abrigándose con los tocuyos de colores, aletargándose sobre las pieles que un día dieron leche, queso y manteca. Trepando sobre los inmensos chullapatis. Creyéndose trucha, bañándose en el río. Prometiendo la eternidad a esos amores adolescentes mientras divisaban a los cerros encenderse hasta alcanzar la aurora.


Mas la aurora lo olvidó a él un día que bien recuerdo. A pesar de que creció enarbolado hacia la justicia y la igualdad, con ansias de hacer lo correcto -por lo cual se dedicó a la docencia-, se juzgó demasiado duro por no tener más acción y armas que su palabra, su pizarra, su tiza y sus libros. Sintiendo que eso no bastaba, se embarcó en la ideología de ser prócer, en la creencia que la gente es buena hasta que se le corrompe. “¡Qué equivocado estaba, si lo sabré yo!”.


Decidió someterse al juicio popular, participando en el derecho principal del ser humano, luego del nacimiento y la patria: el derecho al voto. Su anhelo de ser alcalde del pueblo y acabar con el abuso, que se instalaba por los rincones bajo la sombra del miedo, lo motivó a desafiar abiertamente a aquellos que, justamente, vivían y se alimentaban de ese miedo.


Justicia. Orden. Igualdad. Voz para aquellos que habían sido callados desde mucho tiempo atrás. Cada discurso era como pequeños alfileres hincando los cuerpos de sus detractores. La chispa en sus ojos, algo que desde hace mucho tiempo no veía, me hizo creer por un momento que su idealismo podría triunfar.


Pero entre la gente, muchos de ellos herederos de los viles gentiles, había quienes  no creían en sueños, solo en poder y control. Vieron con malos ojos el actuar del maestro y acordaron su destino. Yo lo supe desde antes, pero ¿quién soy yo para interferir con el destino que pactan los hombres?


Muchos le dijeron que era una locura. ¡Desafiarlos abiertamente! Hasta yo mismo le susurré que tal idea era por demás descabellada. El hombre que se atreve a soñar con un futuro libre, sin cadenas, debe entender que la libertad tiene un precio. Y ese precio es la vida.


Observaron. Esperaron. Dispararon.


Mientras yacía sobre la tierra húmeda, que se hidrataba con su plasma, recordó el amor que sintió por aquella muchacha, a la que había prometido buscar apenas llegara la primavera, mas el invierno no acabó. Era 17 de mayo de 1982, día de elecciones y fecha marcada con plumón rojo sobre el calendario que descolgaba de la pared de adobe, hecha jirones y humeante.


La pampa volvió a quedarse silenciosa.


Sintió náuseas; un velo delicado caía sobre sus ojos. Inspiró profundamente, queriendo retener esa fragancia a eucalipto que tanto amaba, mas solo pudo percibir el olor a pólvora y dinamita.


-¡Carajo!- exclamé mientras lo abrazaba.

 

INTERFECTO

Era bastante joven. Lo denotaba la incipiente barba en el rostro, apretujada en su mayoría en el delicado mentón de adolescente, semejante a los chivos que aún siguen mamando de las ubres de sus madres hasta alcanzar la edad de procrear.


A un lado del obelisco, estudiaba minuciosamente los rostros de los soldados labrados en piedra, como tratando de encontrar algo familiar en alguno de ellos, como tratando de encontrar al “Tayta”, a quien había jurado lealtad después de haber sido enrolado a la fuerza en la leva. Quería encontrar algún indicio de aprobación por sus actos,  pero solo tropezaba con la mirada de desquite de Sucre y sus cinco paladines, que simultáneamente giraban la cabeza, evitando mirarlo por haber faltado a su marcialidad y haberse dejado llevar por la insania de una jauría.


Ese domingo 22 de junio de 1969, la plaza de Huanta no era un lugar común; era un hervidero de pólvora. La calma con que había iniciado el día fue solo el preludio de una jornada que sería grabada en fuego. La orden dada por sus superiores era clara: controlarlos. No reducirlos, no acuartelarlos, no someterlos, no humillarlos y, bajo ninguna circunstancia, no matarlos. Una orden ingenua para un ambiente demasiado cargado.


Mas la razón de los jóvenes que protestaban en la plaza…Ah, la razón que es una línea tan delgada que ni entrecerrando los ojos llegamos a verla, se vio nublada por la ceguera del momento.


El descontento, la rabia contenida, la desesperación iban haciendo eco por entre la multitud. Y nadie, absolutamente nadie midió las consecuencias.


Solo bastó un golpe.


Es increíble lo que un mísero y solitario golpe puede llegar a desbocar. La pared invisible de la tolerancia se rompió. El salvajismo se desató como en los tiempos de furia primitiva, escalando en intensidad y ensañamiento, en un espiral que no pararía hasta descender al mismísimo infierno. Los gritos desenfrenados se mezclaban con el retumbar sordo de los impactos. Los charcos de sangre, que en un primer momento se formaban aislados, fueron confluyendo hasta formar un barro espeso, rojizo, pegajoso.


Me relamí los labios con el inicio de esta repugnante orgía de violencia. La barbarie desencadenada en su totalidad.


Algunos escaparon hacia los cerros, única vía de huida ante la masacre desatada.


Él los siguió sin dudar. Escogí escoltarlo, movido por una morbosa curiosidad. La tensión en su mandíbula y lo fuerte que apretaba el fusil, que parecía a punto de romperlo, me llamaron la atención. Ira -pensé-, esto ya lo he visto antes. Los vio esconderse entre el enorme follaje amarillo de las retamas. Los persiguió con furia, con rabia visceral, como si los odiase. Sus botas pesadas, llenas de barro, golpeaban y aplastaban la maleza. A corta distancia vio que intentaban escabullirse, gateando entre la tierra y la vegetación, como animales heridos y asustados tratando de alcanzar un escondite. Escupió las ráfagas de metralla, resonando en el eco de los cerros. Los petardos, extrañamente, sonaron como los que se usaban en la feria de los domingos.


Regresó a su patrulla con el uniforme salpicado de rojo. Todo había acabado ya.


Dos semanas después, lo recogería, como siempre lo hago, al lado de una enorme puya. Esa magnífica planta que tarda décadas en florecer, para morir en una explosión de color y vida. Era irónico el lugar y la situación. Aflojé la correa de su casco. Me lo llevé. Sin prisa. Sin juzgarlo.

 

DIFUNTA

Aparecía de improviso, trotando en sentido contrario por entre la bruma que descendía hasta los tejados más cercanos, a un par de kilómetros loma abajo. Aligeraba el paso llegando a un claro desprovisto de hierbas, cerca del obelisco. Detenía su carrera en seco, se rodeaba el cuerpo con los brazos, hundiendo el rostro.  Nuevamente, en la incertidumbre y la confusión.  La rala lluvia que caía se abría paso para no mojar su cuerpo transparente. Las lágrimas que creía derramar ya no mojaban y habían perdido, hace mucho tiempo, su sabor salado.


Cuando ya las faldas de los cerros se hacían mujeres, solía llevar a su único hijo  -quien tuvo que hacerse hombre antes de ser niño- a revolcarse sobre el césped  húmedo al pie del obelisco.  -¡Corre, corre!- le gritaba mientras él reía, tropezando en su carrera, esquivando los brazos de su madre que intentaba atraparlo. 


Los domingos, después de la misa, ella se arrodillaba sobre el duro reclinatorio, emocionada, piadosa,  agradecida de tanta dicha, mirándolo, idolatrándolo. Él, devolvía la sonrisa con orgullo, con las mejillas coloradas encendidas, que contrastaban con su resplandeciente e inmaculada alba de monaguillo.  


¡Era un querubín!


Lo vi por última vez corriendo despavorido loma arriba, por entre las retamas, esas mismas que, tiempo atrás, presenciaron la furia de otro. Aún conservaba su infancia en la mirada, a pesar que de sus acciones beligerantes ya no eran las de un aprendiz de catequesis. A través de los años vi cómo la vida se aferraba a él, incluso cuando él mismo se la arrebataba a otros.


Alguien había dado golpes a su puerta desesperadamente, mientras ella, adentro, se probaba el hábito nuevo que estrenaría para la Virgen del Rosario.


“¡Tu hijo, tu hijo!”, le gritaron. “¡Corre! ¡Tu hijo está en la plaza!”


-¡Corre!- dije yo también.


Ella se detuvo, buscando alrededor.


-¡Apúrate!- Volví a increparle.


Esto la paralizó, mostrando incertidumbre y confusión. Quizá no debió escucharme. Quizá no debí siquiera murmurar. Quizá no debió detenerse a buscarme. Quizá debió llegar más rápido, antes de que, desde las cinco esquinas de la plaza de Huanta, se empezara a derramar la sangre del pueblo.


No pudo llegar a tiempo. El querubín desapareció.


Cuando sus canas empezaron a florecer, y su único consuelo eran las alfombras hechas de jazmines, violetas, geranios y margaritas -que cada año, con resiliencia, elaboraba para caer en gracia a los santos y que estos apuraran su partida del mundo terrenal-, alguien volvió a tocar su puerta. Un desconocido mencionó al hijo extraviado, quien, por vergüenza -se dijo-, prefirió el destierro y la camaradería,  antes de causar dolor a la madre por haber olvidado el evangelio de San Lucas y el camino del Señor, habiendo optado ahora por predicar con las armas e iluminarse por otro sendero -se dijo-.


Mas nada de esto que se dijo he podido comprobarlo; yo solo me remito a los hechos. Y es que también se dijo que al hijo -al querubín de quien les conté- lo encerraron en el cuartel. En una jaula de concreto y fachada rosada que socavaba su joven espíritu. Su madre, que lo buscaba diariamente, convencida que se encontraba allí, nunca obtuvo respuesta. El silencio de las autoridades era más ensordecedor que su propio llanto. Mas lo visitaba todos los días después de la misa de la seis de la tarde, y siempre con el hábito puesto, que, con el correr de los años, dio muestra de deterioro implacable, así como su mente y cuerpo.


Las arrugas hicieron surcos en su frente, sus ojos se hundieron, y la llama de esperanza cada día parpadeaba con menos fuerza.


Se acurrucaba sobre la pampa frente al cuartel, con la esperanza de verlo salir. La veían enfardada en ponchos grises sobre las aceras desnudas, soportando el clima bipolar por varios años, rezando, esperando, envejeciendo, durmiendo… hasta un día no despertar más, ladeada sobre un periódico viejo.


Y todo ese tiempo,  estuve ahí, a su lado, esperando.


Si me juzgan por haber dejado pasar tantos años, les recuerdo que mi tarea no es tomar a los que sufren, solo a los que dejan de vivir.

 

OCCISO

Lo veía buscar algo entre la maleza. Sonreía cada vez que me veía, daba brinquitos sobre las escaleras del obelisco, inventándose algún juego en su cabeza, como solo los niños pueden hacerlo. Se pasaba toda la noche en ese vaivén, hasta que el alba anunciaba su llegada. Hasta los gentiles se detenían a observarlo. Creo que los vi sonrojarse alguna vez.


Años atrás, él sintió que unas abejas de enormes aguijones le picaban la espalda; no eran abejas, claro, pero así lo sintió. Fue justo antes que unos petardos, como los que se reventaban en la feria, estallaran cerca de él mientras escarbaba la tierra, gateando, en busca de gusanos para alimentar a sus pollitos amarillos.


Quiso levantarse, pero no había fuerza en sus piernecitas de ocho años. Su pequeño cuerpo, aún tan frágil, no respondía.


No entendía por qué le costaba trabajo respirar, como la vez que se llenó de mocos la nariz por andar comiendo mucho muyuchi hasta tarde.


Las retamas -¡malditas retamas!- habían crecido inusualmente altas ese mes de junio. Un muro espeso que no dejaba ver lo que había a pocos pasos más allá. Su mamá, pobre desgraciada, le había rogado que no fuera por ese lado del cerro, por el camino que sube detrás de la capilla, porque era peligroso, que muchas veces los Sinchis, esos fantasmas de carne y hueso, caminaban por ahí y ella les tenía miedo, más que al pistacho y la qarqacha.


Mejor era que llevara a las ovejas más allá, cerca al arroyo, donde la vista era amplia y el peligro no parecía tan cercano. Pero él, en su inocencia de niño, en su ideología de saberse inmortal, pensó que sería más divertido jugar a esconderse.


Un juego.


Solo un juego, en el mismo lugar donde los Sinchis también estaban jugando.


Sintió un líquido caliente en la boca, más bien pegajoso y picaba un poco, como aquella vez que se cayó del árbol y se rompió los dos dientes delanteros, por lo que, cuando sonreía, se veían como dos ventanas abiertas en su boca.


Escupió la sangre que se iba acumulando en su lengua y se limpió los labios con la manga de su chompa.


¡Rojo vivo!


No tuvo tiempo para asustarse porque volvió a toser con más fuerza, y lentamente acomodó la cabeza sobre la tierra, al lado de los gusanos.


Me toqué el rostro con las dos manos y me embargó la tristeza.


Sintió frío, más que cuando caía la helada, empezó a adormilarse y en sus labios se dibujó la palabra “mamá”.


Se quedó con los ojos abiertos, me acerqué y se los cerré.


Un par de botas pesadas pasaron corriendo a nuestro lado.

 

OTRA VEZ YO

No sé si se miran, o si se reconocen; tal vez sí, tal vez se ignoran, situación que creo es la más aceptable en este caso, como si tácitamente no aceptaran la existencia del otro, renegando de su realidad, que ha sido dispuesta por el guionista -así lo llamo yo-. Me gusta ponerle nombres; me divierte mientras me desentiendo de mis obligaciones.


¡Da igual! los llantos no empiezan hasta que yo me aparezco.


A este pequeño grupo le he cogido cariño, he de confesarlo. Los miro juntarse todos los viernes, un poco más allá, a las  dos de la mañana, alrededor del obelisco. Son puntuales, y eso es algo que me agrada de ellos, porque si hay algo que detesto es que alguien llegue tarde a su cita conmigo.


Estoy prohibido, según las leyes de la lógica, de acercarme a ellos por segunda vez, por lo que mantengo mi distancia y los observo. Ellos ya me han visto antes y no guardan temor alguno; creería que tampoco rencor. Saben que soy imparcial, porque las cosas no pueden ser de otro modo.


Y aquí están aquellos que alguna vez fueron personas, pero que nunca existieron, tratando de recordar una vida fugaz que nunca vivieron y que no resonará en la perpetuidad de mi memoria. En esta pampa, donde hubo una gran batalla que nunca se peleó, en un pueblo que jamás existió. Uno tan especial, donde hay tanto que contar. De hombres cuyo nombre jamás conocí, y que, francamente, nunca me importaron. En este pedacito de tierra, de retamas amarillas y cerros silenciosos.


En este rinconcito de los muertos llamado Ayak’uchu.



 
 
 

Comentarios


Subscribe here to get my latest posts

Thanks for submitting!

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

  • Facebook
  • Twitter
bottom of page