Azul Celeste
- pedrocasusol
- 13 jun 2025
- 4 min de lectura
Actualizado: 15 jul 2025
Escribe: Margot Orozco Delgado
—¿A cuánto mamacita?
— Cien servicio completo, cuarenta solo chupada. Pero el 'telo' lo pagas tú.
— No seas mala ricura, una rebajita pues.
—La rebaja ya está, si no pones el ‘telo’, te lo doy en el parque de la vuelta.
Para Azul esa resultaba una charla habitual de la cual había sido testigo desde que empezó a vender en aquella calle. Al principio le sorprendió la cruda naturalidad de las transacciones, no mediaban pudores, ni medias tintas. Pero pronto se acostumbró. Cada día Azul al atardecer, llevaba su banquito y caja de chicles, cigarrillos y condones, y tomaba posición al lado del hotel de estrella caída. Vivía a dos calles, y esa donde ella trabajaba era muy concurrida hasta muy entrada la madrugada. Eso le permitía cuidar durante el día a sus dos hermanos, muy pequeños aún, pero sobre todo a su madre quien se encontraba postrada desde que una voraz gangrena le devoró la pierna.
—¡Muy caro ricura! —, le contestó aquel flacucho que olía a meado, y se giró hacia donde se encontraba Azul.
—¿Y tú mamacita, no me harías una rebajita?
—No molestes a la chibola, ella no hace eso.
—Vamos mamacita, te doy cincuenta y uno completito pues— le rogó el esperpento, intentando tocar a Azul. Mientras ella solo atinó a agachar la cabeza, probando su táctica de hacerse invisible ocultándose entre sus hombros.
—Arranca no más misio de mierda, o llamó a mi marido para que te reviente por faltoso, le espetó aquella mujer de la microfalda roja.
Celeste la había acogido desde que llegó a esa calle y el propietario del hotel la había intentado echar. Ella la defendió, le dijo aquella vez: deja a la chibola trabajar, la calle no es tuya, ella no te quita nada, además hace más bonita la fachada de tu mugriento y apestoso hotel. Desde ese día Azul, empezaba sus tardes con Celeste. Cuando ella le contó cómo se llamaba, Celeste se partió de risa, dejando ver por primera vez sus enormes dientes amarillos de caballo.
—Yo también era azul cuando llegué, pero con el tiempo me desteñí en este maldito lugar y ahora soy Celeste, mucho gusto.
Celeste no hablaba mucho de su actual vida, pero si le había contado a Azul que ella le recordaba cuando llegó a la ciudad. Era igual de flaquita, pequeña y tímida, muy lejos de la mujer pulposa, desbordada y desenvuelta que ahora era. Al principio trabajó en una cosmética como jaladora, ganaba muy poco, allí conoció a quien finalmente la trajo a trabajar donde ahora estaba. La iban a echar del mugroso cuarto que alquilaba y esa fue la salida que encontró para no verse en la calle, precisamente: la calle.
Azul la estimaba y al menos una vez por semana le obsequiaba un paquetito de condones, aquellos que por la fecha estaban a punto de vencerse.
***
—¡Gracias lunareja! — lo recibía con desenfado Celeste.
—Te dedico un rico polvo, ¡en tu honor Lunareja! — reventaba en una risotada.
Azul tenía la cara inundada de pecas y lunares, tantos que en realidad podría ser su rostro una gran peca desteñida. Siempre le había molestado esa característica suya, esa fue una de las causas por la que abandonó la escuela, pues no soportaba que el resto de los niños se burlaran de su rostro, la atormentaban con su apodo: salpicón de caca. Ahora, aunque quisiera, era tarde para regresar, no tenía tiempo, ni recursos para continuar. Azul se encontraba en la etapa de su vida en la que había dejado de ser una niña, pero todavía no se veía como una mujer.
Una de tantas noches, Celeste llegó más callada de lo habitual y con el ojo morado. Esto se fue repitiendo por varios días, que pasaron a ser semanas, hasta que prácticamente Celeste empezó a desaparecer en una gran mancha morada que se trasladaba a diversas partes de su cuerpo: algunas veces en el rostro, otras en las piernas, su cuello, sus brazos. A medida que esto pasaba, Celeste se fue tornando más distante y malhumorada. Hasta que un día ella llegó ataviada de un buzo escolar y no con su habitual indumentaria de trabajo.
—Lunareja, vengo a despedirme, ensayó una sonrisa que le salió triste.
— ¿Qué pasó? ¿A dónde vas? ¿pero regresas? —, le preguntó Azul de manera atropellada y confundida.
—No me preguntes eso, ni yo misma lo sé. Pero seguro un día de estos me aparezco, así que cuídame mi esquina— intentó probar una risotada, que se retuvo en su garganta.
Azul quería decirle que la extrañaría, que no se marchará, que se fuera con ella, que lo que le estuviera pasando podrían solucionarlo juntas. Pero no se atrevió, todos esos deseos se atoraron en sus ojos y fluyeron en forma de lágrimas.
—Vamos lunareja, no llores, que vas a hacer que se me corra el maquillaje — se detuvo, tomó aire para no contagiarse del llanto y continuó.
—Ahora sí en serio Azul —rara vez la había llamado por su nombre—, ya no vengas más aquí a vender, este maldito lugar te atrapa y un día no te dejará salir. Le dio un beso en la frente y se fue.
***
Tres años pasaron. Lo que tenía que ser, fue. Celeste nunca regresó, pero no importó. La calle siguió cobrando su ofrenda: almas rotas, cuerpos sin esperanzas, deseos ahogados. Desplegó su red, y mariposas rompieron sus alas, para alimentar al insaciable monstruo.
—Mamacita, ¿a cuánto?
Y la mujer de la falda bermellón, labios fosforescentes y rostro bañado de pecas, le devolvió una mirada displicente: cien el servicio completo y cincuenta la chupada.





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