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Cachaco (Fragmento)

  • pedrocasusol
  • 30 abr 2025
  • 14 min de lectura

Escribe: Rubén Córdova


-¡Se despertó por el fin el caballero! —escuchó entre sueños. Le estaban propinando patadas en el estómago.

 

—Ustedes los cachaquitos se creen la gran cosa, ¿no? ¡Ya levántate carajo, que llevas durmiendo ahí tirado desde ayer!

 

Se encogió lo más que pudo, llevando las rodillas hacia el pecho. Dieciséis, diecisiete... dejó de contar cuando las patadas llegaron a veinte.

 

—Vamos a esperar un día más a ver si alguien pone una denuncia. ¡Te han jodido bien cachaquito! ¡Esos moretones! ¿Con cuántos te has mechado? Esperemos que no vengan a joder hoy que estoy sin personal,  diciendo que has matado a alguien ¡metete a la ducha! estás apestando a puro trago.

 

El calabozo olía a moho y orines, a terokal quemado, a oxido como a tierra húmeda. Aún aturdido, enfocó la vista a través de los barrotes hacía el patio donde varios autos patrulleros, todos vetustos yacían destartalados sobre enormes charcos llenos de barro. Se levantó del mugroso suelo apoyando las dos manos, una punzada aguda le atravesó el lado izquierdo, temblando por el esfuerzo, reclino el cuerpo contra la pared agrietada, sintiendo ganas de vomitar, los oídos le zumbaban como si hubiera estado sumergido bajo el agua, las piernas le temblaban, ambas sienes le latían con fuerza y ese sonido de bombo resonando dentro de su cabeza, le impedía percatarse de los nudillos amoratados e hinchados, algunos dislocados, de ambas manos que se mantenían aún con rastros de sangre seca.

 

Lo habían cogido de los brazos y llevado hacia la ducha, que era un pequeño cubículo de ladrillos mal ubicados en uno de los patios, rodeado de maderas apolilladas que se mojaban por el agua helada que salía de un tubo amarrado a unos tablones que hacían de techo. No recordaba porque había acabado en ese lugar, solo flashes en yuxtaposición: el piso de una cantina llena de aserrín, un par de mujeres en su mesa, un grito, un puñetazo, un forcejeo, rostros difuminados, la bayoneta en un vaivén, gritos lejanos, una calle con escasa luz.

 

—Disculpe jefe, ¿me puede dar jabón?


—Lávate con piedra nomás oye, si allá en tu cuartel ni se bañan.


Estaba condenado a pasar setenta y dos horas antes que lo soltaran, llenas de burlas, declaraciones y alguna sobra de comida que le pasaban de vez en cuando, además tendría que bañarse con las nalgas al aire, ya que tampoco había puerta, y todos los que pasaban por ese patio lo verían desnudo y pronunciando “ayes”. El dolor en el cuerpo, nuevamente aparecía, como viejo compañero.

 

-¡Cachaco Durand! -Oyó que alguien vociferaba. Desde una combi detenida por el semáforo en rojo en una esquina sobre el crucero peatonal, un sujeto que sacaba medio cuerpo del vehículo le hacía señas con los brazos. A través de una ventana entreabierta se dieron un fuerte abrazo -¡Que gusto verte perro!- se dijeron al unísono y rieron sin dejar de soltarse las manos que se apretaban con fuerza –¿Nos vemos el Sábado en el Averno?- pregunto con un tono eufórico el tipo de rosácea en el rostro.  -¡De todas maneras!-, respondió Cachaco, -hay que celebrar nuestro día como se debe ¿sí o no promoción?-, -¡Así es promo! como todos los nueve de Diciembre- puntualizo el de los sarpullidos.  El cambio de la luz del semáforo a ámbar los hizo mirarse fijamente, recordando tal vez, aquel día que se conocieron años atrás.

 

Ambos estaban desnudos, al igual que más de un centenar de adolescentes que abarrotaban la enorme sala de triaje, un tipo casi enano, quien se presentó como médico en jefe, colorado, de gruesos lentes, con bata blanca sobre un uniforme de camuflaje y la cabeza rapada se había parado sobre el improvisado estrado de llantas de camión amontonadas unas sobre otras, y les había ordenado emparejarse con el de al lado para minuciosamente inspeccionarse alternadamente el miembro y el ano buscando cualquier señal de enfermedad; se miraron; y estar atentos si es que mientras se hurgaba en su compañero, este tenía una erección, en tal caso habría que gritar a viva voz: “¡cabrito presente!” o “¡rosquete presente!” y separarlo del grupo para expectorarlo definitivamente de prestar su servicio militar, no sin antes pasar por el despiadado “callejón oscuro” donde todo estaba permitido. La luz verde del semáforo y los cláxones rabiosos de los autos de atrás hicieron que se soltasen las manos, mirándose hasta que la combi se perdió en el tráfico de hora punta en plena avenida Tacna.

 

Mientras transitaba por los oscuros pasadizos que daban a las viejas escaleras que subían hasta el piso donde vivía, del gris y parcialmente abandonado edificio Cavero Dubois, aún con la marca de “Radio Reloj” en su fachada, Cachaco encendió un mentolado Salem, recostándose sobre los peldaños del piso quince frente a un ventanal roto desde quien sabe cuándo, disfrutando del tabaco refrescante observaba a los ambulantes que vendían sus velas fálicas y aromáticas al lado de la casa de santa rosita, a los pordioseros que se arrastraban por la acera suplicando unas monedas al obrero que llegaba temprano a separar su menú en las covachas frente a las Nazarenas donde los platos de siete sabores tenían la preferencia, a los niños obnubilados soplando terokal en bolsa, caminando en grupos numerosos y asaltando transeúntes rasgándoles las vestimentas con salvajismo, “son almas perdidas” pensó, “pirañitas” les llamaban por la forma de atacar a sus presas al igual que esos peces de dientes afilados.

 

Cachado Durand concientizaba sobre su situación actual. Mártir de una epopeya que a nadie ya interesaba, visitante frecuente de bares y cantinas de una Lima bohemia y violenta que aún se resistía a morir a finales de los años noventas, amigo de amigos que se volvieron delincuentes, amante de prostitutas, convivía con una, y ávido lector de libros usados del jirón Quilca y Amazonas. A veces llevaba comida en bolsas a “antiguos” compañeros, todos “perros” ellos, que no tuvieron suerte y se escondían en el enorme lote abandonado al lado del hotel Riviera en la av. Wilson. Caudillo de marchas estudiantiles donde la quema de llantas era pretexto para incinerar los propios demonios. Concurría a los sitios “subs”, de esos que abundaban en las casonas antiguas y eran auge de la música de protesta que daba la oportunidad de insultar al gobierno por haber abandonado a su suerte a cientos de “perros” como él, nidos de fumadores, hervideros de borracheras y cuartos de triplay donde las enfermedades venéreas daban la bienvenida a los parroquianos, aquellos sitios donde se juntaban con sus “perros” los fines de semana.

 

Su trabajo nocturno en una discoteca exclusiva de San Isidro, sirviendo tragos y “poniendo en bandeja” a jovencitos universitarios para señorones adinerados que desfogaban sus pasiones escondidas, le obligaba a pasar las mañanas durmiendo. No había dinero, solo lo esencial para sobrevivir, pero las amistades que hacía en ese mundo de prostitución homosexual de alto vuelo le compensaban vivir en esas condiciones. Fue precisamente en uno de esos lugares —un hostal al final de la Vía Expresa que se usaba como centro de orgías— donde se reencontró con un “perro” de tantos, quien le ofreció empleo en una próspera fábrica, y allí conoció a Chana.

 

Se despertó de golpe. Apretó los ojos y la enorme laguna mental que tenía sobre la noche anterior lo cogió completamente desnudo. Recordaba la discoteca de la avenida Arequipa, las cantidades exorbitantes de licor que iban y venían entre sus manos, el tremendo “esnif” que se metió con unos gramos de cocaína, la sed que sintió minutos después, la pelea difusa que tuvo en el baño con unos de sus jefes por un préstamo de dinero. Sintió que unas manos le rodearon el cuello, lo empujaron sobre un sofá, alguien se sentó encima de él —¡Diablos!—, pensó que seguro lo estaban besando. Pero ya con los labios entumecidos, no sentía nada más que el sabor amargo a más alcohol, confundido con amoníaco, cianuro, alquitrán y nicotina. “Veneno” pensó en su ebriedad, “me están envenenando”.

 

La calle estaba fría. Lloviznaba. Las luces de los autos le dilataban aún más las pupilas. Le causó risa un letrero que se movía y no le dejaba leer: AV. ARAMBURU. Carcajeó estrepitosamente. Alguien le cogía la mano derecha y le apresuraba el paso por las dos cuadras llenas de prostitutas que le silbaban y enviaban besos volados, jurándole amor eterno y compañía inolvidable.

 

Años más adelante, con una botella de whisky y recordando esa escena, se reclamaría por esa mala decisión: si aquella noche se hubiera encamado con una prostituta, lo más que habría perdido sería algo de dinero o quizás habría contraído una enfermedad venérea curable.

 

Enfocó la vista en el techo y alrededores. Reconoció el cuarto del hostal. El cubículo olía a levadura y malta, varias botellas de cerveza estaban tumbadas sobre la alfombra habiéndose derramado su contenido, impregnaba el ambiente el sudor de otra persona y “joints” apagados. La luz que se colaba por la ventana no dejaba ver de manera clara quién o qué era aquella masa greñuda de cabellos despintados que dormía a su diestra en posición fetal, con el rostro mirando hacia el lado opuesto. No conseguía recordar. Miró la mano izquierda de su acompañante, que cruzaba por encima de su cabeza como si manejara una marioneta y se hundía entre sus propias marañas, la primera y segunda articulación de sus dedos índice y medio estaban extremadamente amarillentas, también las yemas del resto de dedos poseían un color marrón rematado por varias uñas acrílicas partidas por la mitad, se hacían visibles las cicatrices en el antebrazo que formaban patrones continuos, así como elipses de quemaduras cercanas a la axila sin rasurar que se escapaba entre las tiras de un manchado sostén.  ¿Quién diablos eres? Al acercarse a su cuello sintió la fragancia de su perfume. Le pareció repugnante.

 

Cerró los ojos, fingiendo dormir, aguzó los oídos y esperó. La persona que estaba acostaba a su lado acababa de levantarse de un sobresalto de la cama. “Está jalando las sábanas” pensó Cachaco pues sintió el frío del ambiente en su cuerpo. Jamás había sentido vergüenza sobre su desnudez, es más podría decirse que era un exhibicionista orgulloso de su musculatura. Más una ligera inquietud empezaba a manifestarse, sintió tensar los músculos, los latidos los sentía con más fuerza y algunas gotas de sudor resbalaban ya por sus patillas. -Puta madre ¿porque diablos no te mueves?-  pensó.  Sabía que lo estaban observando muy junto a él, pudo adivinarlo por el olor, nuevamente, repelente del perfume.

 

Siempre sabía con quién pasaba la noche. Esto era un error. Ruido de algo plástico cuando se arruga, un vaso de vidrio golpeando la alfombra, unos pies andando de puntillas bordeando la cama. Hacían su correa a un lado: lo supo por el sonido de la hebilla, la manija de la puerta girando lentamente —le colocaban el seguro a la puerta—, unas manos rozándole y arañándole los muslos —las mismas manos de anoche— y el silencio quebrado por la puerta del baño abriéndose, rechinando y cerrándose.

 

No abrió los ojos hasta que escucho el sonido de la palanca del wáter. Se quedó un rato en silencio, tanteo buscando el control de la tv que encendió e ilumino un poco más la habitación. La cajita de condones que siempre llevaba, como si fuera un amuleto, no estaba a la vista, tampoco en los bolsillos del pantalón. Seguro que la había usado, debía haberla usado, en su desesperación se levantó torpemente tambaleando entre botellas vacías y ropa dispersa, moviendo prendas y almohadas. Sentía la boca pastosa. Quería largarse. No tener el control de la situación lo incomodaba, no saber qué pasó, no corroborar que se “había cuidado”. El silencio del cuarto se volvió opresivo. Era Lunes, aún temprano, la fecha del noticiero en la tv se lo recordó. La semana recién empezaba con una resaca que recién despertaba, mucho más allá del alcohol.

 

La puerta del baño se abrió esta vez con un chirrido suave sin darle tiempo a vestirse, atinando solo a taparse el colgajo entre las piernas, quedando parado en medio de la habitación con la respiración aún agitada,

 

Era una mujer la que salió del baño, agradeció mirando al techo que así fuera, era una mujer muy pequeña, envuelta en una toalla blanca que apenas le cubría el cuerpo, el maquillaje corrido en ojos y labios le imprimían un aspecto payasesco. Ella no mostró sorpresa alguna al verlo nervioso, más lo miro con una mueca en los labios que no parecía una sonrisa, como si fuera algo familiar y común lo que había pasado durante la noche, si es que en verdad paso algo.

 

Vio que ella le decía algo, pero no entendió, el dolor de cabeza se hizo agudo, el tinitus –producto de la explosión de una granada- despertó. Sentía ganas de vomitar. Necesitaba un poco de agua. La vio meterse en la cama para envolverse bajo las sábanas que aún seguían sudorosas, asomando la cabeza y pasándose las manos por el cabello húmedo. -¿Por qué me miras así?- preguntó ella- Ya nos conocíamos. Trabajamos en el mismo sitio. Te veo llegar todos los días. ¿Por qué siempre llegas apurado? Ah! y siempre bajás a las 10:00 am por un café, sin azúcar, doble. Una pregunta…la radio que usas para comunicarte con tus compañeros ¿son VHF o UHF?, tienes una cara de amargado y tenso, sobre todo cuando das tus rondas o intervienes a alguna persona…la foto en tu billetera ¿es de tu pareja?, ¿me enseñarías a disparar el arma que tienes detrás en tu cinturón?... descanso los Lunes igual que tú… ¡¿No crees que es una coincidencia que ambos descansemos el mismo día?!

 

-¿Cómo sabes todo eso? -preguntó Cachaco ya con su típico rostro de tensión y amargura dando unos pasos hacia la cama.  Ella lo miró sin siquiera perturbarse. –Porque te miro- Cogió el porro a medio consumir que se encontraba en la mesita de noche del lado de la cama, acercó el encendedor, aspiró con alivio, soltó el humo hacia el ventilador que giraba en el techo marcando el compás del paso de los minutos con sus aspas. Rebusco entre las sábanas y tiro la toalla al suelo, enfocando su vista en la tv.

 

Cachaco se metió al cuarto de baño. Un sorbo grande de agua del caño corroído por la humedad fue un alivio ligero. ¡Carajo! Culpó a su afición por emborracharse los fines de semana. ¡Carajo! repitió. Algo subía desde su estómago hacia la garganta, una sensación primitiva, ¿miedo?, ¿deseo?, por lo que fuera, sabía que esa delgada línea que siempre se cuidó de cruzar, ahora ya era difusa y que probablemente no habría marcha atrás sobre cualquier cosa que sea que haya pasado. Se miró al espejo, castigando con algunos puñetazos la mayólica azul, diciéndose a sí mismo, como si de una epifanía se tratase: ¡Chana!

 

Cachaco no se sorprendió cuando tiempo después Chana le dijo que estaba embarazada, y que la única manera de afrontar esa deshonra era ante la presencia del “altísimo”, idea que él desechó al instante puesto que no comulgaba con ese fanatismo, más le podría ofrecer una unión civil para estúpidamente salvaguardar el honor ante una familia de fariseos, más aún que el feto incubando no llegaba al mundo por “amor”, más bien por estadística, y de todas maneras “casarse porque embarazo a alguien “, tal como lo hizo su padre, su abuelo, su bisabuelo. Toda una tradición familiar.

 

Debido a esta negación, extrañamente Chana sufrió una “pérdida espontánea”, por la cual se recluyó dos semanas seguidas en su casa. Luego, milagrosamente reapareció el feto en su vientre. Ella lo atribuyó a un milagro. Cachaco, que ya empezaba a sospechar de su conducta errática, enajenada y mitómana, decidió en un arranque de “¡Ya qué chucha!” estampar su firma junto a la de Chana, y convertirse en su esposo.

 

Jamás durmieron juntos. La cama siempre estuvo vacía del otro lado. Cachaco se ausentó casi todas las noches de esos doce meses que permanecieron bajo el mismo techo, y cuando no le quedaba más remedio que volver al hogar, era Chana quien se las arreglaba para pasar las noches fuera y volver por las mañanas, fresca y alegre, oliendo siempre a jabón de hostal. Pero a él no le importaba, porque se pasaba esas noches alimentando una figura regordeta que “devoraba” los biberones uno tras otro. La arrullaba con cánticos de guerra convertidos en tonadas infantiles.

 

Instalado cómodamente frente a su vieja máquina de escribir Remington 12, Cachaco se sirvió un vaso colmado de whisky. Lo prefería sin hielo. Dio un gran sorbo, disfrutando de su amargura. La sensación lo adormecía, y calmaba el temblor espontáneo de su mano izquierda.  Le gustaba escribir, era una de esas cosas que, años después de la guerra popular, lo mantenían alejado de los “perros” malos y los recurrentes vicios que había adquirido. Llevaba algunas hojas escritas a golpe estricto de teclado cuando la hoja llegó a su fin y la retiró de un tirón. La contempló un rato, leyéndola en voz alta, como era su costumbre.

 

Es catorce de agosto de mil novecientos noventa i cuatro. Domingo, estamos mui cansados. Hemos llegado al poblado de Paqchanta. Entramos por la quebrada formando dos hileras de seis cada una, estamos forrados con plásticos viejos para que no pase el viento, los pasamontañas nos protegen en algo del congelamiento de nuestras narices i labios. Ia esta caiendo la noche i necesitamos encontrar donde resguardarnos. Ia se nos pasó la borrachera que nos metimos en la mañana con las machamachas, pensamos que eran uvas, pero estas frutillas marean igual que una chata de ron.

 

Cajachagua i Lindo nos retrasan la marcha, los dos caminan cojeando, habrá que revisar que tienen en los pies, ojalá no se les haian congelado los dedos, por qué ahí sí que están jodidos.


He visto a lo lejos, algunos pobladores de este caserío meterse corriendo a sus covachas. Seguro que son terrucos. Todas las paredes están pintarrajeadas de rojo con la hoz i el martillo. El ambiente huele a estiércol quemado i pólvora.


Mallqui, nuestro Sargento ha divisado una cabaña. La neblina está descendiendo por la montaña, el mismo frio glacial desde hace quince días que ia llevamos afuera. Dejamos caer los tres bultos que venimos arrastrando desde hace días. Los primeros dos, ia casi momificados, son del gringo Meza i de Janampa. ¡Pobres! Los cosieron a balazos, cuando uno estaba cagando i el otro cuidándolo. Salimos de Marcapata en patrulla de reconocimiento. Éramos quince. Zamudio se perdió en el camino por un par de días. Encontramos luego lo que quedaba de él. Había sido descuartizado, era buena gente el flaco. Lo hicieron sufrir, esos cortes que le hicieron son de machete, el mismo que usamos nosotros, lo rebanaron con su propia arma, eso sí que nos jodió la cabeza. No merecía eso, estaba con nosotros desde el primer día. ¡Apenas tenía diecisiete! ¡Es que esos son unos cobardes! Ahí lo dejamos, medio cuerpo con las manos atadas por detrás, tuve que recoger sus partes, ahora su viejita se va a morir cuando se entere. Ni su cabeza dejaron ¡Carajo! Se la llevaron como trofeo.


Los ojos están hartos de nieve amarillenta i las botas llenas de barro i excremento hasta los cordones. La mochila asquerosa i ligera me sirve de almohada. Ia voi fumando cinco cigarrillos seguidos. Hace demasiado frío i esta chompa está empapada. Tengo que juntar las palmas de mis manos i soplarlas para coger algo de calor. Nadie quiere salir de la casucha, todos están meando en un rincón junto al tercer bulto.


Ia caio la noche i escuchamos los silbidos de afuera. ¡Son estos terrucos que nos quieren asustar! El olor a miedo invade el lugar. Los de afuera aúllan como una horda salvaje. ¡Quieren entrar! Miro alrededor i todos rastrillan sus Kalashnikovs ¡Se ponen alertas! Los más afanosos son Tolentino i Alipazaga, ansiosos por estrenar sus balas. Ambos son reemplazos que no llevan ni un mes aquí. I es que así son siempre, ávidos de todo, ansiosos de guerra, deseosos de ver sangre, i la primera sangre que ven son la de ellos mismos, son los primeros en iacer con las tripas fuera del cuerpo, despanzurrados llamando a gritos a sus mamas, meándose los pantalones con sus últimas fuerzas.


Hai que trancar la puerta i no se nos ocurre mejor idea que usar los cuerpos que están apestando, sobre todo el del Teniente. ¡Para algo tiene que servir ese loco i enfermo de mierda! Hace una semana me agarré a golpes con él, i me tuve que cuidar la espalda por varios días, seguro que me quería meter un balazo por como lo dejé. El mui salvaje abuso de una cholita que encontramos escondida i luego para que no lo denunciara, le metió varios tabazos a su bebé, dejándolo desparramado. No sabemos quién fue, pero nos hizo un favor. Lo degollaron mientras dormía, luego de una borrachera i haber masacrado a golpes a un comunero, que era nuestro soplón i no consiguió información. Era cuestión de tiempo para que uno de nosotros lo hiciera. Más en el colmo de las injusticias, hai que cargar el cuerpo de un oficial para devolvérselo a sus familiares, para que lo entierren con honores. ¡Qué honores ni que mierdas! ¡La hipocresía tiene rango! mientras que a los demás, simplemente los dejamos ahí olvidados en alguna pampa.

 

Puso boca abajo la hoja que acaba de leer, y anotó con un lápiz que la tecla “y” había dejado de funcionar. Se quitó el polo, empapado del sudor que provocaba la madrugada. Se hizo visible la pequeña cicatriz en su hombro izquierdo, de una bala que pasó cerca.


—¡Que noche para calurosa!


Pensó que de seguro muchas personas estarían despiertas como él a esa hora. ¡Era imposible que alguien durmiera con este calor!


El timbre del intercomunicador sonó tímidamente.


—¿Quién podrá ser a esta hora?


Miró el reloj: 02:05 am.



 
 
 

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