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Ciudadano Welles

  • pedrocasusol
  • 27 sept 2022
  • 3 min de lectura

Escribe: Pedro Casusol


A los 23 años su programa radial, transmitido por CBS, había hecho creer a su audiencia que una invasión alienígena tenía lugar en Nueva Jersey, al adaptar a modo de noticiario la novela “La guerra de los mundos”. En medio de la confusión y el pánico, Orson Welles había tenido tiempo para hacerse mundialmente famoso, al punto de recibir el llamado de Hollywood. Los grandes estudios se rendían ante el joven actor y director que había logrado conquistar Broadway con su compañía de teatro. La realizadora RKO le ofreció un contrato millonario, el sueño de cualquier director novato que llega a probar suerte en la industria. Tenía carta blanca para hacer lo que quisiera.


Primero pensó en adaptar “El corazón en las tinieblas”, la novela de Joseph Conrad que supone un viaje a la oscuridad del alma humana, pero Welles quedaría tirando cintura. El presidente de RKO le bajó el dedo por tratarse de un proyecto oscuro, costoso y muy complicado. Welles entonces echó mano de su plan B, un guion que estaba trabajando Herman J. Mankiewicz, más conocido como Mank, un guionista alcohólico pero genial a quien había enviado a un rancho para que pudiera trabajar sin distracciones. El guion se basaba en la vida de uno de los más poderosos personajes de su época, el magnate de las comunicaciones William Randolph Hearst, a quien Mank había frecuentado en cenas y fiestas de la industria cinematográfica.


Por aquel entonces, Hearst vivía en su amplio castillo en San Simeón, California, rodeado de una colección de esculturas y obras de arte que acumulaba compulsivamente. Era una suerte de monarca despótico junto a su amante, la actriz Marion Davies, a quien trataba de promocionar en la industria. A menudo se señala a Hearst como el padre de la prensa amarilla, junto con Joseph Pulitzer: ambos comprendieron la influencia de los medios como “cuarto poder”. Fue el caso de la guerra hispano-estadounidense de 1898, en que la posición de Hearst fue decisiva: sus diarios culparon a España del hundimiento del acorazado Maine. Dicen que cuando se granjeaba un enemigo, este desaparecía de sus periódicos sin dejar rastro, como una suerte de muerte civil.


A pesar de todo esto, Orson Welles no tuvo reparos en iniciar el rodaje de una película que constituía un ataque frontal contra el magnate. El resultado sería “Ciudadano Kane”, considerada por un amplio sector de la crítica como la mejor película de todos los tiempos, una clase maestra de estructura y técnica construida como un rompecabezas. Con la excusa de narrar la biografía de Charles Foster Kane, el largometraje inicia con la imagen de un castillo sobre una colina, mientras la música de Bernard Herrmann nos advierte que estamos en el terreno del terror gótico. Una casa nevada dentro de una bola de cristal y las últimas palabras del protagonista, “rosebud”, serían una clave para comprender la real naturaleza de Kane. La película se convierte en un informe noticioso, para dar paso luego a una búsqueda detectivesca, indagando en torno al protagonista desde distintas perspectivas, con constantes flashbacks y saltos en el tiempo.


El guion escrito por Mank fue revolucionario y logró desatar la ira de Hearst incluso antes del estreno. El magnate hizo todo lo posible por destruir el metraje y prohibió la mención de la película en sus diarios. Dicen que solo escuchar el título lo enfurecía. Porque Welles no solo tomó a Hearst como modelo para crear a su personaje, también hizo un ejercicio filosófico al imaginar la muerte del empresario y el fracaso colosal de quien lo tuvo todo excepto amor. Tal vez por los esfuerzos de Hearst, “Ciudadano Kane” apenas alcanzó a recuperar su inversión. Hoy es considerada un manual para hacer cine, un seminario de casi dos horas que compendia técnicas dramáticas. El mismo Welles estaba aprendiendo a hacer cine mientras la rodaba. Al final, es la historia de un hombre que se vanagloria de su poder y arrogancia, filmada por otro hombre que también se vanagloriaba de su poder y arrogancia. Pocos años más tarde, Welles tendrá que exiliarse voluntariamente en Europa víctima del “macartismo”. Nunca volverá a tener la misma libertad creativa o la energía para replicar lo que hizo con su gran ópera prima.




 
 
 

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