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Comida de tiburón

  • pedrocasusol
  • 29 sept 2024
  • 5 min de lectura

Escribe: David Vidal


Pasos dubitativos se hicieron sentir en la acera. Dante daba pisadas parsimoniosas, como si quisiera retroceder mientras avanzaba. Metros más adelante, una estructura gigante se asomaba. Dos torres gigantes escoltaban la cúpula central, con un techo ornamentado de colores cálidos que combinaban armoniosamente a los ojos de cualquier tercero.


Dante levantó la mirada para observar el pórtico, abierto de par en par. Dentro de aquel majestuoso recinto se encontraban más personas, todas con la misma mirada. Todas evitaban verse, como si no existieran. Todas miraban hacia los monitores, que inertes, se dispersaban en todo el techo, formando un collarín que parecía vigilar a todos los visitantes.


Esas pantallas mostraban números blancos en un fondo oscuro. Dante buscó el suyo infructuosamente. Todavía no tenía asignado un consejero. Y mientras esperaba, sus ojos empezaron a pasearse por las paredes del edificio. La arquitectura era minimalista, de un color pastel uniforme. Había algunas imágenes, pinturas digitales de hombres mirando al cielo con la cabeza adornada por una aureola. Sus miradas eran como las de Dante, con los párpados caídos y una expresión compungida, llena de dudas. Y al fondo, detrás del presbítero, se encontraba un hermoso retablo, con una cruz en medio y, sobre ella, un hombre crucificado. Su expresión reflejaba una extraña mezcla entre duda y sufrimiento. Algunas historias habían escuchado acerca de él, de ese hombre que se sacrificó por los pecados de la humanidad. Jesucristo, le solían decir. Y sobre ese hombre estaba Dios, el gran Omega, representado por las siglas “Ι.Α.Ω”.


Una sonrisa iluminó el rostro de Dante. Confiaba en Omega, el hacedor del mundo moderno. Había escuchado acerca de su infinita gracia, de su amor inconmensurable. Omega sabría que ella era la indicada. Esa mujer a la que había conocido hace algunos meses en aquel barrio olvidado de la ciudad. Como si Omega mismo hubiese conspirado para que ambos, sin buscarlo, se encontrasen. Dante miró una vez más las pantallas. Finalmente aparecía su código. Se levantó y fue al confesionario número ocho.


Ya dentro de aquel habitáculo se arrodilló, a la espera de que el consejero le diera el permiso para hablar. Frente a él solo había un monitor oscuro que reflejaba, a duras penas, el reflejo de Dante. Una luz roja resplandecía sobre la pantalla. De pronto, la luz se tornó en verde.


 Bendíceme Omega, porque tengo dudas y vine a pedirte consejosdijo Dante.


Sin duda concebida dijo una voz seca y gutural. El confesionario pareció vibrar por la gravedad de aquel timbre—. Hijo mío, puede comenzar.


Dante tragó saliva. Hubo un pequeño silencio. Apretó su mandíbula mientras que sus cuerdas vocales parecían tensarse. Un pitido agudo, un remedo de voz humana, salió con torpeza de su boca.


 Gracias padre-replicó Dante y carraspeó la garganta para aclarar la voz Conocí a una mujer. Comenzamos como amigos, pero ahora somos pareja. Estoy muy enamorado de ella y creo que es la indicada para mí.


 Entiendo, hijo mío. ¿Te refieres a Leonela Cavieses Castillo?


 Así es, padre.


 Ya veo. Al parecer tienen personalidades compatibles.


 Así es, padre la voz de Dante pareció aumentar algunos decibeles¿es ella la indicada?


Hubo un pequeño silencio. La pantalla oscura parecía observarlo. Dante podía sentir sus latidos retumbando en su pecho.


 Tienen personalidades compatibles, ambos se llevan dos años, siendo tú mayor que ella, la franja etaria idónea para una relación heterosexual exitosa. Pero tú eres un ingeniero en Inteligencia Artificial. Eres el médico moderno de las entidades inteligentes que dirigen la sociedad. Eres de los pocos que pueden entender al gran Omega. Y Leonela, bueno, ella es abogada. Una labor ya vetusta, desplazada por las entidades a las que tú asistes y en las que tú crees. Veo allí un conflicto de intereses además de un pesado lastre económico para ti. Creo que un futuro a su lado no será promisorio. Ella tomó malas decisiones, no hizo caso al gran Omega. Deberías dejarla ir.


Hubo un silencio. Dante miró al piso, con ojos vidriosos. Su palpitar se aceleró mientras sus párpados parecían ensombrecer su mirada. Levantó la vista poco a poco, lo suficiente como para ver directamente al monitor, que oscuro, reflejaba una caricatura tragicómica de su rostro.


 Entiendo, padre. Gracias por sus consejos.


 De nada, hijo mío. Sabes que siempre puedes venir aquí.


Dante hizo el ademán de levantarse, pero desistió. No podía dejarla ir. Estaba enamorado. Miró nuevamente el monitor, a la espera de una respuesta, pero solo vio su vago reflejo.


 Padre, estoy seguro de que ella es la indicada dijo Dante, con tono firme.


 Hijo mío, ella no es la indicada replicó la voz con gravedad.


 Entonces, ¿quién si no? — preguntó Dante, con la mirada entornada.


 Sabes bien que Omega no puede elegir por ti la voz pareció bajar una tonalidad. El confesionario vibró con más intensidad. Omega solo da consejos. Puedes tomarlos o rechazarlos, pero sabes bien que sus predicciones nunca fallan.

Dante miraba al piso. Seguía arrodillado. Su ceño se encontraba fruncido y su rostro enrojecido.


 Padre, es la tercera…


 Hijo mío, entiendo tu frustración la voz se suavizó tanto que hasta parecía humana—. Solo te recuerdo que la última vez que el humano siguió sus deseos las consecuencias fueron desastrosas. Una vida con ella comenzará con dulces alegrías, que pronto se tornarán en bocados insípidos que terminarán por agriarte el resto de tus días. Las probabilidades no están a tu favor.


¿Cuáles son, padre?


 1 en 5,978,557, hijo mío. Es más probable que seas devorado por un tiburón a que tengas éxito en esta relación.


La realidad golpeó el rostro de Dante. Por un instante un pensamiento cruzó por su cabeza: desafiar las probabilidades. Si fracasaba bien podría ir al mar a dejarse devorar por un tiburón y terminar con su martirio. Habría fracasado, sí, mas lo habría intentado. Pero desobedecer a Omega iba en contra de los designios del moderno testamento. Se convertiría en un paria. Era más probable ser devorado por un tiburón que escapar de la mirada del gran Omega. Y ese pensamiento de rebeldía pareció desvanecerse mientras que, poco a poco, su mirada volvía a ser la misma de antes. Esa, que tantas veces vio en los demás feligreses.


 Entiendo, padre. Me quedó claro.


 De nada, hijo mío. Solo te aconsejo que, si quieres encontrar a tu pareja ideal, deberías de seguir los designios del gran Omega. 


Dante se levantó y procedió a retirarse. Mientras salía del templo de Omega trató de mirar una vez más el retablo. Se veía tan majestuoso como siempre. Una sonrisa se le dibujó en el rostro. Debía de confiar en Omega. Era dataísta, después de todo. Se persignó con la mirada hacia el cielo y rezó <<confío en omega, confío en los datos>>. Colocó su índice en su pulsera y, antes de presionar el botón que borraría todo tipo de contacto con Leonela, levantó la mirada. Vio decenas de rostros, todos similares. Todos con los párpados caídos y una expresión compungida, llena de dudas. Y de pronto convertirse en comida de tiburón no resultaba tan mala idea.



 
 
 

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