Comulgar en los Andes
- pedrocasusol
- 20 ene 2024
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Escribe: Pedro Casusol
La película que todos comentan, “La sociedad de la nieve”, vuelve a poner en vitrina el llamado “milagro de los Andes”, el famoso accidente aéreo ocurrido el 13 de octubre de 1972, cuando el Fairchild 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya que llevaba a un equipo de rugby para jugar un partido en Santiago de Chile, se estrelló y quedó varado en el centro de la cordillera de los Andes. Un error de navegación provocó que impactara contra uno de los picos de la cordillera. Unos 29 supervivientes quedaron a merced de la naturaleza, protegidos por el fuselaje del avión siniestrado, en uno de los parajes más agrestes del mundo. Un lugar que ahora se conoce como "el glaciar de las lágrimas”.
Si la generación de mis padres conoció la historia por los medios de comunicación, casi en tiempo real, los de mi edad supimos de ella por la película “¡Viven!” de 1993, dirigida por Frank Marshall, versión hollywoodense de la proeza de estos jóvenes que pudieron sobrevivir 72 días en la montaña, sin comida y ningún tipo de equipo o preparación, sea física o mental, en un desierto de nieve, rodeados por montañas inexpugnables, donde resulta imposible la vida. Cuando parecía que el caso de los supervivientes de los Andes había quedado en el pasado, memorabilia enterrada en profundas capas de nieve, llega el director J. A. Ballona y nos clava en las retinas esta película brutal, producida además por un gigante del streaming, el de la letra N.
Decir que “La sociedad de la nieve” es mejor solo porque tiene la ventaja de la tecnología y la pantalla verde, peca de mezquino. Lo que cambia es el enfoque con el que se narra la historia, que se aleja del cine de aventuras para aproximarse a una reflexión sobre la vida: la voluntad de subsistencia. Como ha dicho en entrevistas Roberto Canessa, uno de los supervivientes, es como si en lugar de cobayas hubieran puesto en la congeladora a un grupo de jóvenes, la mayoría de entre 19 y 25 años, que nunca habían tenido mayor problema en la vida, soportando temperaturas por debajo de los 30 grados centígrados, en un cruel experimento para responder a las preguntas: ¿Hasta dónde somos capaces de resistir? ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer? ¿En qué nos podemos convertir? La película de Bayona gira en torno a estas cuestiones, poniendo el foco con crudeza, pero también con amor, en el tema de la antropofagia.
Si en el filme de 1993 el tema pasaba por un acto más bien de carácter racional: estamos en un desierto congelado, es simple, hay que comer para subsistir; en el de Bayona, más cercano a la realidad, casi un documental, el tema genera entre los personajes una serie de debates y discusiones que amenazan incluso con resquebrajar el frágil equilibrio de lo que ellos llamaron la “sociedad de la nieve”: un nuevo orden diseñado para subsistir. Una forma de hacer frente a la montaña. Antes del accidente, estos chicos pertenecían a un orden de vida particular: la familia, los amigos, la novia con la que soñaban casarse. Pero en la nieve formaron otro pacto, fundado en el trabajo en equipo y en el sacrificio, con la autorización implícita de que el cuerpo del amigo fallecido podía convertirse en el combustible necesario para escapar de la montaña.
Otro aspecto para analizar: la fe católica. Una vez que Nando Parrado y Roberto Canessa lograron la proeza de escalar la enorme montaña y cruzar a pie la cordillera de los Andes, 64 kilómetros en 10 días, después de que fueran rescatados por el arriero chileno Sergio Catalán y de que el mundo entero supiera que 16 jóvenes habían vuelto de la muerte, comenzaron las preguntas: ¿Cómo sobrevivieron? ¿De qué se alimentaron? Dos medios sacaron la primicia, publicando evidencias de “canibalismo”, fotos de los restos hallados junto al fuselaje. Los supervivientes tuvieron entonces que organizar una conferencia de prensa. Uno de ellos, Pancho Delgado, fue quien habló en nombre de todos: “Si Jesús en la Última Cena repartió su cuerpo y sangre a todos sus Apóstoles, ahí nos estaba dando a entender que debíamos hacer lo mismo”. La religión habría sido una forma de hackear la mente. Les permitió realizar lo impensable, sin perder la cordura.





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