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Con destino a Montevideo

  • pedrocasusol
  • 22 sept 2025
  • 5 min de lectura

Escribe: Francisco Dahoud


Se cumplía un año de aquel fatal accidente que la había dejado sola. El cóctel de pastillas recetadas por su psiquiatra parecía no causar efecto. Vivía enclaustrada en esas cuatro paredes, donde estaba negada la entrada del sol. La tecnología era cómplice de su encierro: entre el trabajo remoto y las compras online, le era innecesario salir de casa.


Fio era la única que se negaba a abandonar a su amiga de infancia. Se había hecho de un juego de llaves y, un par de veces al mes, irrumpía como ciclón, alborotando el depresivo recinto con su personalidad extrovertida.


—A mover ese culo, carajo —exclamaba Fio mientras ponía un merengue de Juan Luis Guerra, de esos que levantan al más aburrido de la fiesta.


Una alterada Lorena bloqueaba el audio de su laptop.—Oye, cojuda, ¿no ves que estoy en reunión?


Fio se acercó a la cámara, hizo un close up a todos los ejecutivos y, con unos gestos, dio a entender que se había perdido el sonido de la máquina. Luego agitó la mano despidiéndose, dibujó una sonrisa burlesca y apagó el dispositivo.


—¿Qué te pasa? No ves que me pueden sancionar —reclamaba Lorena, mientras remarcaba las arrugas de su ceño.


—¿Qué te van a sancionar? Les dices nomás que tu amiga tiene TDAH y vas a ver cómo todos empatizan contigo. Más bien, agradece que te libré de esa reunión más monse, que nunca llega a nada —le respondía Fio, sin dejar de moverse al ritmo de La bilirrubina.


Lorena resoplaba, girando la cabeza como diciéndole: qué mierda te pasa.


—Ya cálmate, no hay nada que puedas hacer ahora. Más bien, te traje un regalito —le decía Fio, sentándose junto a ella.


Abrió su morral incaico y el ambiente se impregnó de un intenso olor a marihuana. Hurgó en ese bolso que parecía el Aleph y, como por arte de magia, extrajo una hoja bond mal doblada en cuatro.


—Prepara tus maletas —le entregó esa hoja, mientras su expresión mutaba de la euforia a la seriedad.


Lorena desdobló el papel, confirmando su sospecha: era una reserva de viaje a Montevideo, Uruguay.


—Ya pasó un año, es hora de que te despidas de Mario —le dijo Fio con la voz quebrada, mientras le sostenía la mano.


Lorena rompió en llanto. Su mente viajó al instante en que recibió aquella llamada del hospital.


—Su esposo tuvo un accidente automovilístico… lamentablemente no sobrevivió —una enfermera le dio la noticia como si se tratara de un evento cotidiano.


—Estaba tan lleno de vida, mi charrúa… aún no era su momento —exclamaba Lorena, mientras exprimía la hoja que se empapaba con sus lágrimas.


Repentinamente dejó de llorar, se levantó y se dirigió a su cuarto cual poseída. Antes de cerrar la puerta, aún de espaldas a Fio, dijo:


—Gracias, nos vemos otro día, voy a descansar.


Sin más, cerró la puerta.


Fio frenó su impulso de hablarle y se retiró. Entendió que requeriría de un tiempo para asimilar la información.


***


El frustrado hombre aventaba otra bola de papel, haciendo rebalsar el cesto. Jorge aún acostumbraba a escribir con la obsoleta Remington que había heredado de su padre. Decía que lo conectaba con sus héroes: esos escritores de antaño que transmitían sus pensamientos a través de un lienzo que se podía sentir, oler: el papel. Sensaciones que nunca se conseguirían frente a una pantalla.


Más de un colega se burlaba de sus métodos arcaicos, pero, de momento, su inusual proceder lo había llevado a conseguir un respetable éxito en el mundo literario.


Su primera novela fue rechazada por innumerables editoriales, todas aduciendo el mismo argumento: “Se siente antigua, dale un nuevo enfoque, juega con los tiempos; debemos enganchar al lector desde la primera frase”.


Pero Jorge creía en el ser humano; su sensibilidad superaría el deseo de placer inmediato. Y tuvo razón: una editorial emergente apostó por el novel escritor, haciendo un tiraje mínimo. Una de las copias llegó a manos de un influencer literario, quien habló tan bien del texto que convirtió aquella historia en un best seller.


Las ventas llamaron la atención de una renombrada editorial, que le ofreció un contrato en el cual Jorge se comprometía a entregar tres novelas en un lapso de cinco años. El escritor apenas leyó el contrato; su única petición fue que sus textos los entregaría en físico y que alguien más se encargara de digitalizarlos.


Ya había entregado dos de las tres novelas, pero el tiempo se acababa y la presión había menoscabado su creatividad. Sabía que podía entregar un texto mediocre, pero Jorge era un ser de principios.Desesperado, recurrió a sus héroes, y Benedetti le mostró el camino a través de un pequeño verso escrito en el exilio:


“Montevideo, te nombro

entre mis manos y mis nostalgias,

porque eres mi casa, mi gente,

el sitio al que siempre vuelvo.”


La carrera de escritor es solitaria, y así era como vivía el introvertido Jorge: solo. Sus héroes ya le habían dado mucho; era hora de que él experimentara sus propias aventuras inspiradoras. Así, tras un insólito acto, terminó en el asiento 17A, rumbo a Montevideo.


***


El silencio de la noche atormentaba a Lorena. Se levantó y, a rastras, caminó hacia su cómoda, que hoy hacía de botiquín. Removió su mano en aquel desorden, tratando de encontrar la mayor cantidad de pastillas posibles, y en esa búsqueda apareció: una antigua fotografía en polaroid, cuyo color se había esfumado, mostraba a un pequeño Mario sentado en la arena de una playa vacía, en Punta del Este.


Emocionada por el hallazgo, lo apretó entre sus manos, lo llevó a su boca y gritó con fuerza, soltando toda esa mierda contenida. Inhaló una bocanada de aire; al fin respiró sin la presión que la había acompañado durante todo su duelo. De inmediato, tomó su celular.


—Me voy a Montevideo —le dijo, decidida, Lorena a Fio.—Que el boleto valga la pena, chápate a alguien al menos.


Lorena sonrió: parecía más abierta a esa posibilidad.


***


Jorge aguardaba ya acomodado en el 17A, atrapado por Isabel Allende, pero cuando ella entró, la sintió. Era una menuda mujer, que no se había permitido exponerse al sol; su mirada era un reflejo de la suya, cargada de nostalgia y soledad. Aunque moría de ganas de conocer a esa enigmática mujer, aún le resultaba imposible dar ese primer paso. Pero las sensaciones afloraron y, durante todo el vuelo, se dedicó a escribir.


Lorena esperaba su maleta en la faja transportadora. Miró hacia el frente y, del otro lado, estaba Jorge. Se quedó mirándolo, atraída por esa sensación de vacío que él irradiaba. Él simplemente tomó su Samsonite negra y se dio media vuelta. Jorge avanzó varios metros y entonces se percató de que el precinto de su maleta decía “Lorena”. Regresó hacia la faja, y sólo estaba ella, con una Samsonite negra que decía “Jorge”.


—Creo que tengo tu maleta —le dijo una intrigada Lorena al hombre que minutos antes había estado observando.


Jorge sonrió e intercambiaron las maletas. Benedetti le había enseñado que las aventuras empiezan con una buena situación, así que, armándose de valor, dijo:


—¿Hacia dónde vas?


—Al centro —respondió Lorena.


—Yo también, ¿compartimos un taxi?


Ambos salieron juntos del aeropuerto: un Jorge inspirado y una Lorena abierta a vivir.


 

 

 
 
 

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