top of page
Buscar

Contrastante seducción

  • pedrocasusol
  • 24 jun 2025
  • 4 min de lectura

Escribe: Francisco Dahoud


“Estaba totalmente prendido a ella. La caída del sol me anunciaba que la volvería a ver…”.


Ya hacía un mes, como era costumbre, me encontraba bebiendo unos tarros de cerveza en esa taberna de mala muerte. Se trataba de un club donde hierven una diversidad de parias. Pendencieros, ladrones, asesinos, pedófilos… eran una mínima muestra de los engendros malignos que frecuentaban ese espacio; pero incluso el más aberrante de esos seres sabía que no era prudente una afrenta conmigo.


El recinto se erigía con muros de gélidas piedras, cubierto por un techo de paja que se incendiaría ante la mínima chispa que lo rozara. La decoración se limitaba a un tosco mobiliario de astillosa madera enmohecida y apolillada, donde una tonta vela en cada mesa tenía la misión de iluminar ese penumbroso ambiente. El humo del tabaco colmaba el recinto, limitando la visibilidad, pero a través de esa espesa bruma una intensa aura se hacía presente, y así, cautivado por esa energía, por primera vez logré divisarla.


Era una espigada morena de ensortijado cabello azabache, mirada intensa y a la vez triste, que develaba un duro andar. Vestía un humilde traje de yute amarillento, con un mandil maltrecho que intentaba opacarla, pero a través de esos harapos se revelaba una mujer de tal porte que sería la reina en un enjambre de doncellas acicaladas.


Un repugnante obeso de dos metros clavaba una lasciva mirada en el culo de la mulata. Ella, inadvertida, se aproximó al lujurioso, que aprovechó el descuido para intempestivamente halarla a su regazo. Desesperada, forcejeaba inútilmente contra esa bestia, la cual, a punta de carcajadas, frotaba su rolliza humanidad, abusando de la impotente mesera.


Con un movimiento cuasi felino, me agolpé hacia el percance, apareciendo sorpresivamente a espaldas del agresor. Postré mi mano sobre su hombro y él giró con violencia, mostrándome un iracundo rostro que, al advertir mi presencia, se vio reemplazado por la perplejidad. Sin siquiera suspirar, el cerdo soltó a la mujer.


Me presenté a ella, cerciorándome de que se encontrara bien. Apenada, la morena me miraba con soslayo, intrigada. —¿Quién sería este señor y cómo era posible que con tan solo un ademán consiga doblegar a esa tremenda bestia, cuya masa fácilmente lo duplica?


Sintiendo un poco más de confianza, me agradeció, tomando mi helada mano, provocándole un sutil sobresalto. Su calor temperó el saludo y ambos intercambiamos miradas sonrientes.


Tras ese evento, mis paseos por la taberna se volvieron más frecuentes; sentía una obsesiva necesidad de verla. Por eso, mis visitas esporádicas se convirtieron en diarias. Dotado con el don de la seducción, me aboqué a la misión de conquistarla. Ella empezó a ceder; era inevitable, sus ojos expresaban la misma necesidad, y entre tantas visitas adquirí un grado de confianza que me permitió acompañarla hasta su casa. Parecíamos jóvenes enamorados que flotaban a través de esas oscuras callejuelas empedradas, como si de un campo florido se tratara.


Así la atracción fue progresando hasta que una noche cambiamos de rumbo, como si el destino nos llevara a mi morada. Por horas, solo me dediqué a besarla y a tocar todo su cuerpo con pasión salvaje. Pero cuando el péndulo del viejo reloj de la sala oscilaba su tercera campanada, frenaba todo impulso y la dejaba en su casa.


Un rostro marcado por la frustración y la duda reflejaba la insatisfacción oculta de la mujer, que deseaba consumar el acto sexual, pero su educación religiosa no le permitía expresar ese apetito reprimido, quedándole solo resignarse ante mi insólito comportamiento.


Sin saber qué decirle, seguía con mi ritual durante días, ignorando la conciencia que reprochaba mi actuar e instigaba a protegerla, alejándome. Pero el egoísmo, fruto de la atracción que sentía hacia ella, me mantenía tentando esa delicada situación.


Estaba embelesado por el contraste entre su intensa piel morena y mi palidez cadavérica. Cuanto más pasaba el tiempo, mayor era mi deseo de poseerla. Su figura se había vuelto la droga que avivaba mi instinto, hasta el punto de que la situación se tornó incontrolable. Mi respiración se agitaba violentamente, y mi mirada se vestía con prendas de brillo lujurioso. Después de dos meses de esa angustiante espera, ignoré al viejo reloj y la cogí repetidas veces durante toda la madrugada.


Al cabo de unos días, la mujer fue buscada por los lugareños. En los alrededores, se interrogaba a los gitanos que abundaban en los distintos rincones de Rumania, ya que siempre eran los primeros en enterarse de los actos truculentos. El más anciano de los gitanos, aunque privado de visión, intuía el paradero de la joven a través de su olfato y, apuntando su bastón hacia la colina, les dijo:


—Está arriba, con Vlad.


Irrumpieron en mi recinto, invadiendo abruptamente todos los espacios y quedaron horrorizados ante la imagen que se vislumbraba en la alcoba. Encontraron un cuerpo de fémina desnudo y maloliente, en donde ese intenso color de piel había pasado a ser solo un recuerdo, sustituido por un inerte tono blanco mortífero, con dos marcas de colmillos sanguinolentos en el cuello y la presencia de un despojo humano calcinado cual carbón, iluminado por los destellos del sol que entraban por esa amplia ventana, anunciando una calurosa mañana.



 
 
 

Comentarios


Subscribe here to get my latest posts

Thanks for submitting!

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

  • Facebook
  • Twitter
bottom of page