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Cusco (Fragmento)

  • pedrocasusol
  • 10 feb 2022
  • 4 min de lectura

Escribe: Pedro Casusol


Llegó en marzo con historias de Machu Picchu en tinieblas, una ciudad fantasma perdida en la neblina de la ceja de selva. Antes de eso había conocido emocionado la Plaza de Armas de Cusco, rodeada de bares de turistas que hacían de la ciudad algo así como el Ombligo del Mundo. Luego se cansó de andar por las calles de piedra y trató de comprar marihuana en un bar, pero únicamente consiguió gastar cuarenta dólares en algo infumable que le provocó un ataque de pánico en la calle Producadores, donde creyó ver a un escuadrón de policías con atuendos incas que lo buscaban. Por primera vez odió a los turistas, que encarecían la vida con su predisposición a gastar dólares y dólares en cosas ridículas. Compró chompas de alpaca en una feria de artesanos y comprobó afligido más tarde que todas picaban sin excepción. La mañana en la que partieron a Machu Picchu él y su hermano se despertaron demasiado tarde, con resaca, por lo que casi pierden el tren que los llevó por un trayecto largo e incómodo hasta Aguas Calientes, donde tomaron un bus que serpenteó por las montañas hasta el ingreso a las ruinas. El lugar estaba cubierto de niebla, en contraste con la mayoría de las fotos que vemos de Machu Picchu, con el cielo azul y las montañas verdes, en los libros de primaria. Así que el recuerdo que le quedó fue el de una densa neblina, como la de la película de John Carpenter, mientras caminaba por los bien cuidados corredores de la antigua fortaleza o refugio inca, con un polo que rezaba STOP BUSH! sobre la imagen en blanco y negro del presidente de los Estados Unidos, motivo por el cual una pareja de turistas, ella de cabello rojo y pecas, abrigada como si estuviera cruzando los Andes a pie, lo miró largo rato y le dijo: Good shirt! A lo que Gonza respondió: Okey.


Tomaron el tren de regreso ese mismo día y pasaron el resto de la semana en la ciudad, donde Gonza tuvo una recaída. Estaba paseando por la Plaza de Armas cuando se precipitó la lluvia, un chaparrón intenso como nunca había visto, con truenos que iluminaban el cielo y rayos que partían el horizonte en dos. Tuvo que correr a esconderse en los portales, atestados de tiendas y de avisos en inglés, y fue ahí donde escuchó una melodía, un jazz juguetón que sonaba en algún lugar, tal vez de algún bar donde la gente comía y bebía ajena al diluvio que se había desatado al otro lado de la ventana, y fue este razonamiento el que lo llevó a pensar en mí, lo que tampoco resultó extrañó porque Gonza pensaba en mí unas quince o veinte veces al día, sumido en una depresión como la que no había conocido jamás. Pero esta vez era distinto, estaba cansado de la ley del hielo que habíamos interpuesto entre nosotros, necesitaba saber, con urgencia, si también pasaba lo mismo conmigo. Si era como esa gente que bebía y comía durante el fin del mundo o si estaba como él, mojado en la lluvia. Aún llovía cuando dejó su refugio bajo los portales y buscó un teléfono público caminando en zapatillas sobre una vereda que se había convertido en un río que limpiaba la ciudad. Finalmente encontró uno y me llamó tres veces, pero ninguna de las tres veces contesté. Tal vez porque era un número desconocido y no suelo contestar números desconocidos. Luego de eso caminó sin rumbo, convencido de que esa situación se repetiría una y otra vez hasta la eternidad, lo que le estaba pasando conmigo le pasaría con todos sus amores.


El siguiente sería su último día en Cusco, así que Gonza y su hermano pasearon por el barrio de San Blas buscando regalos. Aquella era la primera mañana soleada desde que llegaron, pero no había sido un mal viaje. Por algún motivo su hermano tenía amigos en Cusco y con ellos habían conocido los bares, tomado hasta el amanecer en la Plaza y una noche, antes de partir a Machu Picchu, Gonza se había embriagado con pisco haciendo el ridículo en una reunión con dos chicas simpáticas que se hospedaban en un solar. Esto ocurría porque en ningún momento había podido dejar de pensar en Lola, que se había vuelto una obsesión. Una noche soñó que entrada a su casa, subía por las escaleras y la llamaba por su nombre, Lola aparecía y ambos conversaban como en los viejos tiempos. Gonza le decía que estaba en Cusco y ella le decía: Okey. Estaba exactamente igual a la última vez. Cuando salían a caminar por el malecón de Barranco, casi en Chorrillos, ella le soltaba que estaba por salir con un chico y eso era todo. En el mundo real, Gonza caminaba por las calles de San Blas buscando un regalo para Lola, y en una feria de artesanos encontró un cuaderno con cubierta de cuero, una piel que acarició con cariño imaginando la alegría que a ella le causaría dibujar en ese cuaderno que le estaba comprando, en Cusco, con los últimos ochenta soles que le quedaban en el bolsillo, y guardó su regalo todo el tiempo que fue necesario hasta que la volvió a ver, entre los árboles, y Lola supo de inmediato la importancia que tenía ese regalo para Gonza, por eso mismo lo guardó en un cajón hasta olvidarlo.




 
 
 

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