¿Cómo te va, amor?
- pedrocasusol
- 2 sept 2025
- 5 min de lectura
Escribe: Cecilia Fiestas
Había pasado muchos años, desde que dejó ir al amor de su vida. Se propuso coger un lápiz y un papel. ¿Por dónde comenzar? Una sensación de soledad le invadió, De pronto, un halo de luz emerge por los cristales de la habitación. Una melodía en su mente, los recuerdos agolpan. Fe.
Celeste escribe afanosa en su diario digital. Antes lo hacía a mano, pero sintió la necesidad de cambiar, pues su muñeca derecha empezó a temblar, al igual de su corazón dolorido. Ella empieza a presionar las techas de su laptop, y simplemente se deja seducir por su increíble imaginación. Ahora, concentra su mirada en la semblanza de su vida. No tiene nada de particular solo que ella, por voluntad, y por deseo de superarse, escribe su verdad: Estaba triste por el abandono del que fuera su único amor.
Le costaba coger el lápiz. La procrastinación de todos los días se veía en sus ojos, marchitos por el tiempo, la soledad y el desaliento. Si bien leía para no aburrirse, lo cierto es que añoraba ese fuego inquietante que alguna vez sintió. Ya pronto cumpliría un año más de vida, o mejor dicho, un año más de perseguir quimeras.
Celeste lo conoció en un ambiente de amigos, por lo menos así le hizo creer. Su amabilidad tan caballerosa, sus ganas de triunfar, esa voz que tenía algo de enigmática y mucho de sensualidad le fue conquistando el corazón. Cada noche, ella anotaba en su diario, lo que le ocurría. Bajo llaves depositó cada uno de los libros que llegó a escribir, año a año. Los guardó como su mayor tesoro.
Mientras, del otro lado de la ciudad, Angelo, solo se dedicaba a enamorar a toda incauta que caía en sus brazos. Estaba convencido de que ninguna mujer le diría que no, eso le facilitaba las cosas: besos, caricias, coquetería. Las cartas no fallan, el escribir a mano tampoco. Ir en buena compañía era encantador. Definitivamente, nació para ser un Don Juan.
La conoció en una reunión de amigos, la observó y decidió ir tras ella. Primero, preguntó por su nombre; luego, le escribió en una servilleta de papel, algún poema, eso no falla. De hecho, que hablar sobre sus proyectos le gustaría a la dama. Eso fue todo. ¿Están seguros de eso, lectores? Claro que no. La relación fue en aumento. Celeste lo veía alto, atractivo, un hombre interesante, y es que su ingenuidad no le permitía ver que ella era solo una conquista más.
Angelo, cansado de lo mismo, decidió darse una pausa. Ahora sí, en serio, enamorarse de verdad. Pero como algo en él no estaba bien, el destino quiso jugarle una pasada. ¿Estaba casado? ¿Tenía familia? Pues sí y no.
El divorcio le resultó peligroso, pues su ex esposa le amenazaba con quitarle a su hija si no pagaba la manutención. Él no quería que su única hija lo viese como el malo de la película. Y es que la infidelidad le costaría su calma. Se fue volviendo alcohólico, no coordinaba con sus hermanos, se peleaba. Era un desastre. Años de sacrificio, tirados por la borda. Los líos de falda le pasaron factura.
En esa circunstancia es que comenzó a ver a Celeste como alguien especial. No era solo la amiga del grupo. Era la que lo animaba en las reuniones, la que decía frases extrañas y muy filosóficas para los oídos de los colegas. ¿Será que eso fue lo que lo sedujo? Ni Celeste lo comprendió años después de toda la historia por rebelarse.
Algunos meses después, ella estaba nerviosa. Creía que su mundo se caía luego que sentía unos malestares extraños. Sueño, vómitos, mareos en la mañana, no comer o simplemente llorar de la nada. Sus amigas la notaron inquieta y se hicieron la pregunta: ¿Estás bien? ¿Estás embarazada? El miedo la paralizó. Le gustaba los niños, pero no los propios. Y dentro de sus planes, de viajar, de crecer profesionalmente, de ver la vida en muchas formas. La posibilidad de un bebé no cabía. Mientras, el caballero de la triste figura, la deseaba fervientemente, esperando siempre en el mismo lugar.
No pudo resistir y le dijo qué cómo era su lugar en esa relación. Angelo se asustó, jamás la veía tan dominante, y enérgica. “No, amor, sabes que te quiero, que te necesito, que me atraes,…” Vanas palabras. La respuesta que nunca dijo fue compromiso, la de formar un hogar o por lo menos, presentarle a su familia. Evasivas que más tarde comprendió. Felizmente no hubo víctimas. Pero sí mucho llanto.
Porque la historia no solo ocurrió una vez. Ella se sintió burlada en varias ocasiones. Sabía que él era muy juguetón, pero jamás pensó que él le dejaría en ascuas, que al pedirle que salieran, era solo por vacilón. El amor se confundió. Ella lo amaba. Era su mundo, sin embargo, él no sentía nada por ella, salvo deseo. Nunca amor.
Volviendo a la historia, Celeste, ahora con unos casi cincuenta años, volvió a recordar a ese hombre. Una foto que se quedó en su escritorio, y unas cartas que ella no pudo entregar, estaban hechos polvo. Los sacó de su armario, las limpió y las puso en orden. Ella guardaría todo, como siempre.
Tras el ordenador, ella escribe su historia. Cada mañana reza para que él sea feliz, para que él aprenda el verdadero significado de la palabra amor. Curioso que, siendo un filósofo, no pregona la verdad, pero sí la falsía. Ni Aristóteles, Ni Platón, querrían verla derrotada. Estoicamente, feliz, descubriendo un nuevo camino que es la escritura. Celeste se vuelve más humana. ¿Será que eso la alejó también de él? ¿O es que su ingenuidad y ternura no era suficiente para llenarle los ojos? Solo preguntas.
Angelo regresó a su pueblo, acaso descansa bajo un árbol, para recordar que hubo un tiempo en que lo verde era mejor, que el aire era respirable, y que su mejor almohada era su conciencia. La vida daría un giro inesperado cuando empezó a decaer, pues ya no comía, se enflaqueció y se sentía mareado.
El médico le advirtió que el humo de los cigarrillos no era bueno para sus pulmones. No se sentía bien, pero unas cervecitas y él estaba en la gloria. No podía estar tranquilo. Algo en su pasado le cambió su felicidad. Él pretendía jugar a Dios, pero en su caída, lastimó a muchas personas; el orgullo y la vanidad, la seducción y la hipocresía, conocieron a un nuevo hombre, más rudo, más frío, más calculador.
Celeste lo vio hacía unos días en el pueblo. Sus mundos se juntaron, otra vez por capricho del destino. Él la miró y ella a él. Ninguno osó cruzar la vereda. Apenas si pudieron contener la mirada. Angelo levantó la mano en señal de saludo. Ella lo notó como un hola y un adiós. Cinco segundos y removieron los recuerdos en ambos. Temblor, susto, admiración, templanza, cariño, orgullo, mezcla de todo y el final, … solo un triste adiós.
Ella lo miró de lejos. Estaba feliz, A pesar de todo, Dios le contestó. Porque muy en el fondo, sus rezos llegaron al cielo. “No importa si no es para mí, pero si él es feliz, si está bien, entonces podré seguir mi camino”.
Esa tarde cogió nuevamente el papel y el lápiz, una foto y unas cartas amarillentas, mismas que ella no entregó. Olió, olor a él, a amor dolido, a amor sufrido. Y en cada una de ellas, la misma pregunta: ¿Cómo te va, mi amor? ¿Cómo te va? Cuarto solitario, mesa esperando a dama enamorada. Y al otro lado, de la ciudad, un señor esperando la consulta con el médico, porque hoy gana o pierde la oportunidad de vivir en paz.





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