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¿Darías todo por escribir? (1)

  • pedrocasusol
  • 7 ago 2025
  • 6 min de lectura

Escribe: David Vidal


De esa pregunta tan cursi me recordé cuando vi los sesos de mi amigo desprenderse frente a mí. Cuando vi su rostro, desgajado, ondeando al viento. Cuando sus músculos, que antes lo hacían sonreír, ahora se me mostraban desnudos, rojizos y palpitantes. Cuando esa boca con la que antes me puteaba (por mi bien) solo parecía gesticular la más profunda desesperanza. Todo ello pasó tan rápido que demoré varios segundos en asimilar la cruenta escena. Cuando la procesé, me arrepentí de todo esto. ¿Realmente ese premio de mierda valía tanto la pena? Él creía que sí. ¿Yo sería el siguiente? Tal vez. Solo me quedaba una opción: continuar.

           

De todas formas, si ya te metieron la rata hasta el fondo, solo te queda una cosa por hacer: moverte.

 


Todo comenzó con esa pregunta (la del título).

           

Y me lo preguntó un amigo, Jonás, antes de invitarme a una aventura de la que no habría vuelta atrás. Aunque, pensándolo fríamente, ¿de qué aventura se puede volver atrás? De ninguna. Si no, no sería una aventura.

           

Esa pregunta, tan simple, tan metafórica, me hizo pensar en la literalidad de mis dudas. Le respondí a qué se refería con todo.

           

—TODO—respondió Jonás, mirándome a los ojos.

           

No valen las respuestas circulares, me dije para mí mismo. Pero me quedé en silencio.


—Y sí, me refiero a todo, literalmente—volvió a insistir.


Yo todavía no comprendía a lo que se estaba refiriendo.


Él sabía que usaba mis tiempos libres para leer y que, antes que disfrutar, leía para plagiar. Quería plagiar la escritura de autores de fama, quería imitarles de alguna manera, pedirles prestado sus talentos y, en caso no me lo quisieran dar, robarles sin que se enteren. Y aunque se enteraran, no creo que les importara. Soy un don nadie.


Él lo sabía. Sabía que daba todo mi tiempo libre a la literatura, que capturaba palabras raras para escindirlas como insignias de un escritor veterano, aunque al final terminara por ventilar mis inseguridades.


—Bueno, supongo que sí…—le respondí.


Me miró con ojos desorbitados.


—Te tengo una noticia que te volará los sesos.


Y sí, como suponen, sesos volaron. Muchos. Pero no los míos (todavía). Los de él, para ser más exactos.

 

*


Cuando entré a la página del concurso no entendía bien las reglas. A simple vista se veían fáciles, así que no les presté atención. Solo quería escribir, aprender a toda costa, mejorar, que alguien me lea, así que no me sentí intimidado con el desafío principal: escribir 3000 palabras por reto hasta que solo quedase una persona: el ganador. Difícil sí, pero no imposible.

           

Luego me apareció una ventana, en donde me pedían aceptar las condiciones y verificar mi ubicación. Coloqué el ubigeo de mi distrito, esperé unos segundos, y un check verde se activó. La zona estaba incluída en la cobertura. Solo faltaba dar click en un último bullet que, literalmente, repetía la pregunta de mi amigo. ¿Darías todo por escribir? Marqué en sí y por fin me inscribí como participante.

           

Al día siguiente me llegó un email en donde me detallaban un link de pago por el derecho de inscripción. No era mucho, solo 20 dólares, pero para mis adentros me pregunté: ¿cuántos serían los otros concursantes? ¿Qué idiomas hablarían? ¿Serían ya escritores? Ni idea. Solo sabía que era un concurso a nivel global. Y ofrecían el mejor premio de todos: ser un escritor de éxito.


El ganador sería galardonado con fama y espaldarazos de aquellos que ya habían ganado antes. ¿Y quiénes habían ganado antes? Bueno, la lista era larga. Pero comencemos con, el que creo es, uno de los más famosos: Bukowski. Sí, él ganó en una de las ediciones. Otro más, Houellebecq, mente maestra, y muy conocido en Europa. ¿Un nobel? Hemingway. ¿Algún latinoamericano? Pues hay pocos. Pero de seguro lo conoces: Roberto Bolaños (no, el chavo no). En Perú, pues dicen, es un rumor, que Vargas Llosa se lo llevó. Pero la verdad es que solo es eso: un rumor.


Luego de pagar el derecho me llegó otro email. Uno más largo y que tuve que leer con detenimiento. Anunciaban que el concurso global de escritura comenzaría en una semana. Y que habrían dos rondas.


La primera sería en grupos de tres, conformados por escritores de distintas nacionalidades. Si alguno de estos tres incumplía el reto principal, que era escribir 3000 palabras por reto, el grupo entero sería “pre-eliminado”. Pero allí no acababa todo. El grupo podría retornar más adelante, aunque no explicaban cómo. La cuestión es que esta ronda terminaba cuando solo quedase un integrante en pie en cada grupo. Este punto no lo terminé de entender, porque si te exigían que al final quede un miembro por grupo ello significaba que tu grupo tendría que haber sido “pre-eliminado” al menos dos veces. En ese entonces asumí que cada grupo, internamente, eliminaba al miembro que tenía menor puntaje cuando decidían regresar (que bien podría no ser el que no envió su texto). Como les decía, asumí que ese era el mecanismo de eliminación. Luego aprendí que asumir no siempre es bueno.


La segunda ronda, más sencilla de comprender, era una especie de muerte súbita. Terminaba cuando solo quedaba uno. Y el proceso de eliminación era el mismo: si no cumplías con tus 3000 palabras por reto, te eliminaban. En esta etapa no había posibilidad de retornar. Ya no había pre-eliminaciones.


En todo el concurso, y para evitar que escribas tonterías, se exigía un puntaje mínimo de 55 puntos sobre 100 en cada texto enviado. Si obtenías menos que eso, contaba como si no hubieras enviado tu texto.


Si se detectaba IA en el texto, te eliminaban. Solo a ti. Y no había vuelta atrás.


Y, la regla final: no comentarle nada a nadie que no estuviera participando en el concurso. Aunque daba igual esta regla, ¿a quién le importaría un concurso de escritores? Suena aburridísimo.


*

 

Le escribí a mi amigo la noche previa. Me llamó, lo cual era raro en él. En nosotros, a decir verdad. Ambos preferíamos siempre escribirnos. Bueno, yo lo prefería así y él se adaptó.


—Putita, ya estoy.


—Escucha pendejo, esto es un concurso serio.


—¿Pero de veras ganó Bukowski?


—De veras.


—¿Y cómo es que recién me entero de este concurso?


—Bueno, me pasó el dato un amigo que también participó. Y este amigo es serio huevón.


—¿Y es famoso?


—No, no todavía. Aparte que no ganó. Pero obtuvo algo casi tan bueno.


—¿Qué es casi mejor que ser un escritor famoso?


—Escribir, pendejo. Él aprendió a hacer literatura de verdad en ese concurso.


—¿Como en un taller?


—No, no, no seas pendejo. Esto… esto es otra cosa. Ese amigo del que te cuento ya tiene un manuscrito aceptado por Penguin, huevón. Está a la espera de que le publiquen su novela, que sale en un par de meses. Y no escribía bien ese patita. Yo leí sus manuscritos iniciales, ni se entendían, no, no tenían ese fuego que una obra requiere. Sus textos no se sentían reales.


—¿Y ahora sí?


—Sí, pendejo, sí. Es la gloria ese concurso. Te foguea, como a Hemingway.


Sabía que Hemingway había ganado ese concurso. Pero no era de mis autores favoritos. Prefería la crudeza de Bukowski. 


—¿El viejito que escribió el viejo y el mar? —dije, tratando de provocarlo.


—Tamare pendejo, voy a hacer como si no hubieras rebajado a “viejito” al buen Hemingway.


—Ok, ok, pero es un viejito pues, conocido por un libro acerca de otro viejito…


—¡Para, pendejo! Antes de que me arrepienta de haberte recomendado este concurso.


Hubo risas por parte de ambos.


—Dejándonos de huevadas, ¿sabes por qué dicen que Hemingway fue uno de los escritores más completos?


Me quedé callado. Quise decir que porque él mismo fue el que decidió cómo terminaría su historia (nada más novelesco que suicidarse), pero opté por esperar su respuesta. Asumí que era una pregunta retórica.


—Ese “viejito” estuvo en la primera guerra mundial. Por si fuera poco, fue periodista en la guerra civil española. Y, por si esos galones te parecieran insuficientes, también estuvo en la segunda guerra mundial. Tenía algo que nosotros no tenemos huevón: experiencias. ¿Te imaginas todo lo que vivió ese “viejito”? Aparte de que también ganó una edición de este concurso.


Me quedé callado un momento. Le quería responder que Borges ni veía y escribía bien. Que tal vez no hacía falta tener experiencias de vida para escribir fuego, como él decía.


—Entiendo, putita. ¿Y este concurso…


—Empyros se llama.


Asimilé por unos segundos el nombre.


—¿Empyros nos dará experiencia?

 

—Como mierda, huevón, como mierda. No te acuerdas lo que te pregunté, ¿darías todo por escribir?


 

 
 
 

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