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Deconstrucción

  • pedrocasusol
  • 24 ene 2025
  • 9 min de lectura

Escribe: Edith Coquil


—¿Aló? Señora Viviana, ¿qué pasó? – dijo Elena al contestar el teléfono a las 2 a.m.


—Hola, Elena. Te llamo porque Daniel está descontrolado y no deja de llorar. Ven, por favor.


Elena no lo pensó ni un segundo. No le importó la hora ni que aún viviera con sus padres. Salió en silencio, sin hacer ruido para no despertar a nadie, y tomó un taxi a pesar de lo tarde que era y lo peligroso que puede ser Lima para una chica que sale sola. Su única preocupación era Daniel. Solo pensaba en llegar para intentar calmarlo, acompañarlo o, al menos, asegurarse de que no se hiciera daño. Llegó y casi ni saludó a los padres ni a la abuela de Daniel. Subió rápidamente al tercer piso y lo encontró de pie, con un vaso de alcohol en la mano y la camisa abierta. Lo abrazó y se quedó junto a él. Él dejó de llorar y la abrazó.


—Gracias por venir, mi amor. Gracias por estar aquí, mi ángel.


—Yo siempre estaré. Llora todo lo que necesites, saca todo lo que tengas que sacar. No me importa, yo siempre estaré aquí.


Esa noche, ambos se prometieron cosas que nunca cumplieron. Ella lo consoló y lo acompañó hasta su cama, donde dormían juntos y él pudo descansar tranquilo esa noche. Ese episodio de ir a buscarlo en las madrugadas se repitió varias veces, y a ella no le importaba dejarlo todo para verlo si él la necesitaba. Él sabía que ella iría a donde estuviera si la llamaba, por eso comenzó a llamarla “mi ángel”. Si ella se hubiera enterado de que lo que le ocurría eran ataques de ansiedad, tal vez lo hubiera ayudado de otra manera, pero no sabía lo que le pasaba. Solo le quedaba acompañarlo cada vez que lo necesitaba. Sin embargo, ninguno de los dos se daba cuenta de que esa dinámica los llevaría justo al lugar que habían prometido nunca llegar. Él se ponía en una posición vulnerable, como si necesitara ser salvado, mientras ella asumía, cada vez más, una posición de poder, sin saber que ambos eran igual de frágiles, que ninguno tenía más poder que el otro, y que ninguno podía realmente ayudar al otro.


Elena era feliz con Daniel, pero no se daba cuenta de que su mundo comenzó a girar en torno a él. Ambos eran muy jóvenes, apenas comenzaban sus veinte años, y aunque Daniel amaba a Elena, lo hacía de una forma tan intensa que la veía como la única persona que podía salvarlo, pero ella era feliz con eso, y todos a su alrededor decían que tenía suerte de encontrar a alguien que la amara tanto, alguien dispuesto a darle todo: viajes, paseos y regalos costosos que ella nunca pidió, y que además la necesitara tanto. Cada vez que Daniel la presentaba con sus amigos o su familia, lo hacía con mucho orgullo, como esperando la aprobación de los demás por estar con ella. Ella sentía que eso era amor, o al menos eso pensaba en ese entonces.


El tiempo pasó, y después de cuatro años de relación, Elena comenzó a sentir que los papeles se habían invertido. La necesidad y dependencia que antes veía en él, ahora las sentía más en sí misma. Mientras Daniel se rodeaba de nuevas personas y ampliaba su círculo social, Elena aún no terminaba la universidad. Él se fue distanciando, ella lo comprendió rápidamente y comenzó a verse a sí misma, pero de manera muy lejana y borrosa todavía. No entendía que le pasaba, por qué dejaba poco a poco de preocuparle tanto Daniel y comenzaba a hacer planes para sí misma. Cuando Daniel sintió lejana a Elena, sin consultarle, le propuso matrimonio frente a toda su familia. Le dijo:


—Si llevamos tanto tiempo juntos es por algo. Me gustaría casarme y tener una familia contigo, Elena.


Sin embargo, no mencionó el amor que siempre decía tener y tampoco consideró que ella aún no había alcanzado sus propios sueños, que no se sentía lista para dar ese paso.


—Daniel, estamos juntos, y te quiero. No solo te quiero, te amo y haría mucho por ti, como lo he hecho hasta ahora. Pero aún tengo sueños por cumplir antes de tomar una decisión así, y siento que no puedo entregarte todo ahora —respondió ella.


Todos quedaron sorprendidos, ella misma quedó sorprendida por su respuesta, no sabía por qué no le dijo que sí y se olvidó de todo. No se olvidó de ella misma como hasta ahora lo había hecho. Hasta ese momento no sabía que al responder eso estaba cuidando de sí misma. No entendía de dónde venía esa respuesta, pero al mismo tiempo sentía que algo dentro de ella comenzaba a cambiar.


Él recogió sus cosas y se retiró a su habitación, mientras ella lo seguía, pero él ya no habló más del tema. Pasaron unos días en los que él fingía que nada había sucedido, y ella también fingía que todo estaba bien. Pronto, Daniel comenzó a hablar con otra chica, una chica menor que siempre estuvo detrás de él durante su relación, alguien que él nunca consideró una opción. Elena se enteró, le pidió explicaciones y, sin decir la verdad, él terminó con ella. Le dijo que sentía que necesitaba vivir otras experiencias, que no podía quedarse con su primera enamorada.


Elena, que siempre fue orgullosa, no rogó. Tomó sus cosas y se fue. Pero al llegar a su casa y, al meterse en su cama, comprendió que gran parte de su vida se había ido. Era como si se hubiera quedado vacía, se sentía seca, se sentía acabada a sus 25 años, como si él se hubiera quedado con lo mejor de ella y ella solo se quedaba lo peor de sí misma, con lo que no quería enfrentar. No salió de su cama ni de su cuarto por meses. Solo salía para ir a la universidad cuando ya no podía faltar más. La vida parecía haberse acabado para ella y Daniel, por su parte, parecía comenzar una nueva vida, llena de fiestas, nuevas personas, y mientras él brillaba más, ella se apagaba cada vez más.


Ella pensó varias veces en buscarlo y pedirle una oportunidad, pero una fuerza inexplicable la detenía. A pesar de estar tirada en la cama, sin poder dormir y casi sin poder comer, ella no lo buscó. No lo llamó, no dejó de llorar por él ni de decir su nombre en las noches, pero nunca lo llamó. Él la llamó una vez y ella le dijo que estaba bien, cuando dentro de ella quería decirle que no podía vivir sin él, que sentía que se moría y que no podía respirar. Pero no lo dijo, se calló y siguió llorando en silencio.


Elena no sabía por qué no lo buscaba, no sabía de dónde venía esa determinación de seguir sola, a pesar de sentir cada vez más dolor y que no podría recuperarse. A pesar de todo eso, había una fuerza dentro de ella que la detenía, que le susurraba, muy leve y casi imperceptible, que lo mejor era dejarlo ir también. Pero aún no era capaz de escuchar esa voz. Solo la sentía en su interior, pero no comprendía lo que estaba diciendo. Solo se sentía muy contrariada, no encontraba concordancia entre lo que pensaba, sentía y hacía, sentía que se volvía loca, cuando de pronto le llegó una llamada.


—¿Hola? Elena, ¿estás ahí? No te escucho, respóndeme.


Era su prima que la llamaba desde Chile, donde estaba haciendo un doctorado en psicología.


Elena pensó en fingir que no la escuchaba y colgar, como lo había hecho con sus amigas o como lo hacía con su mamá, pero cuando estuvo a punto de colgar, recordó que la única que la había hecho sentir segura además de Daniel era su prima. Recordó cómo la cuidaba al cruzar la pista cuando eran niñas, cómo le decía que podía comer lo que quisiera sin importar lo que decía su madre, o cómo jugaban y hacían que sus días fueran mejores.


—Sí, Liliana, te escucho.


—Sé que estás mal, pero quedarte en tu casa solo magnificará esto. Será más difícil salir si sigues así.


—Liliana, creo que me estoy volviendo loca. Creo que no podré con esto.


—Vas a estar bien. Te conozco, y sé que vas a salir de esto —le dijo Liliana.


—No quiero seguir hablando, perdón —contestó incrédula Elena.


—Elena, te saqué una cita con una psicóloga. Se llama Carola y te atenderá mañana.


Elena no tenía planeado asistir a la cita con la psicóloga. Ya había ido a otra en su niñez y no se había solucionado nada. Pero, otra vez, una fuerza que todavía no sabía de dónde venía hizo que pueda estar en la primera cita con Carola.


—Hola, yo soy Carola —dijo con una sonrisa.


Era una mujer de mediana edad con facciones delicadas, con el cabello largo y rubio. Su mirada irradiaba calidez y alegría, y Elena sintió que estaba en un lugar seguro, que ese era su lugar.


—¿Cómo te sentís? —preguntó Carola.


Después de unos meses con Carola, Elena entendió que esa fuerza inexplicable o esa voz que sentía en su interior, que le pedía que se alejara de Daniel, era ella misma. Era su manera de intentar salvarse. Y, aunque sonara extraño, no se estaba salvando de Daniel, sino de sí misma. Se estaba salvando de dejarse de lado, como lo venía haciendo. Se estaba salvando de alejarse más de sí misma.


Entendió que no era débil como siempre había pensado, porque, a pesar del intenso dolor y de sentir que se moría, había logrado sacarse a sí misma de esa situación.


Aunque al principio sintió que Carola era quien la había salvado, y que había llegado a su vida como un "ángel", Carola no permitió que lo viera de esa manera. Elena logró comprender que quien realmente se estaba salvando era ella misma, y que esa palabra "ángel", que tanto le gustaba antes, no existía. Nadie era su ángel, ni ella podía ser el ángel de nadie más. Si acaso debía serlo de alguien, sería su propio ángel, su propia salvadora. Carola y Elena siguieron trabajando virtualmente, y el cariño entre ambas creció. Continuaron como psicóloga y paciente por unos meses más.


Después de seis meses, Daniel llegó a casa de Elena sin avisar, como lo hacía siempre. Ella lo vio desde la ventana y sintió miedo y alegría a la vez, pero no quiso bajar. Envió a la señora que la ayudaba en casa para que hablara con él. La señora subió diciendo que Daniel no se iría sin hablar con ella.


—¿Qué pasó? —preguntó Elena.


—Lo siento. He sido un tonto, pero este tiempo me sirvió para saber que no encontraré a nadie mejor que tú, que eres lo mejor que me ha pasado y que nunca debimos alejarnos. Hay que darnos una oportunidad más.


Elena sintió tristeza y muchas ganas de decirle que sí y volver a estar juntos, pero contuvo esas ganas y le dijo:


—A mí este tiempo me sirvió para entender que fue un amor bonito, muy entregado y muy intenso, pero no era sano. Tal vez no lo entiendas ahora, pero lo mejor es que cada uno haga su camino. Te amo, y tal vez nunca deje de hacerlo, pero necesito amarme a mí misma primero. Y aunque todavía no lo logro, quiero aprender a hacerlo, y necesito hacerlo sin ti.


—¿Qué pasó con la promesa que nos hicimos? —dijo Daniel—. Esa donde prometimos amarnos siempre, y, si llegábamos a terminar, seguiríamos viéndonos y siendo amigos. Prometiste eso.


—No sé si dejaré de amarte, ni siquiera sé si lograré amarme a mí misma completamente, pero estoy segura de que lo intentaré. Lamentablemente, a veces no se pueden cumplir todas las promesas. Creo que cuando uno es joven promete cosas por pura emoción.


—Pensé que era real. Pensé que nunca nos separaríamos —dijo Daniel.


—Lo siento. Te quiero —le dijo Elena, y lo abrazó.


Él la abrazó y le dio un beso.


—Había olvidado lo pequeña que eras —dijo Daniel mientras la abrazaba.


Ella pensó que a ella no se le había olvidado los brazos de Daniel. Ni sus abrazos ni su altura. No había abrazado a nadie más en ese tiempo.


Las lágrimas comenzaron a salir de ambos, y, como si fuera una novela, él se fue alejando, volteando de rato en rato para verla. Ella se quedó en la puerta, mirándolo hasta que desapareció.


Esa noche, Elena lloró como el día en que terminaron. Sentía que otra vez estaría en ese hoyo donde no podía hacer nada por ella misma y sentía que se volvería loca. Pero no fue así. Al día siguiente pudo levantarse, y, aunque todavía sentía dolor, hizo cosas para ella misma ese día.


—Hola, te traje estas flores —dijo Elena.


—¡Hola! Qué emoción verte en persona al fin —dijo Carola.


—A mí también me da mucha alegría verte —dijo Elena mientras abrazaba a Carola.


—¿Qué tal el viaje? —preguntó Carola.


—Muy bien. Me encanta Argentina, me siento tan conectada con este país —respondió Elena.


Elena sintió las lágrimas correr por sus mejillas otra vez. Ver a Carola la conmovía profundamente, pero también le daba mucha alegría sentir su cariño y saber que ya no era la misma chica de 25 años que realmente creía que iba a morir. Ahora tenía 27, había terminado la universidad y, por primera vez, viajaba sola a visitar a una amiga que antes había sido su psicóloga. Se sentía conmovida al ver cómo a Carola le brillaban los ojos mientras la escuchaba hablar de las cosas que iba viviendo o consiguiendo.



 

 
 
 

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