Des arraigos
- pedrocasusol
- 16 ago 2024
- 5 min de lectura
Actualizado: 17 ago 2024
Escribe: Pedro Goicochea
Veinticuatro de setiembre, 1984, faltan dos días para que Pedro cumpla veinticuatro. Se levanta temprano para llegar a su oficina en la Sección Cultural del Instituto Cultural Peruano Norteamericano, ICPNA, donde realiza sus prácticas pre-profesionales, requisito para graduarse como comunicador social en la Universidad de Lima. Mientras acomoda los diarios en su escritorio repasa mentalmente los casi cinco años desde su primera clase de Lengua I, con Juan Biondi en Estudios Generales. Luego se enteraría de que Biondi era pareja del profesor, Eduardo Zapata, quien le dictaría Lengua II en el segundo ciclo. Fue por esa época cuando Pedro decidió que lo suyo era escribir.
Revisa los diarios y recorta algunas notas para el archivo de la Sección Cultural cuando el teléfono suena. Al otro lado de la línea, su madre le anuncia que su padre ha fallecido. El velorio sería en el hospital Rebagliati y cuelga.
Pedro se acababa de enterar que su padre vivía.
Día complicado.
Al mediodía toma un taxi hasta Barranco. Su primera entrevista como profesional la realizaría con Víctor Carnuccio, fotógrafo canadiense de desnudos masculinos residente en Nueva York que esa noche inauguraría exposición en el ICPNA de Miraflores. Terminada la entrevista en el Canta Rana después de un ceviche y una cerveza Cristal y muchas notas en su block, Pedro toma un colectivo y se encamina al velatorio del Rebagliati a conocer a su padre. Su jefa le había dado el resto del día libre. La cínica preocupación de Pedro era saber si su padre era calvo.
Bajó las escaleras al velatorio y buscó entre los cuatro ataúdes que estaban separados entre sí por unas cortinas negras del techo al piso, a quien podría ser su padre. ¿Cómo sería? ¿Qué color de tez tendría? ¿Sería viejo? ¿Tendría cabello? ¿Estaría arrugado? ¿Tendría otros hijos? Preguntas sin responder bombardeaban su mente. También invadía su línea de pensamiento los datos recogidos durante la entrevista acerca del fotógrafo, sus desnudos, el New York de mitad de los ochenta, de los primeros casos de una infección que afectaba a hombres homosexuales y se le llamaba Gay Related Infectious Disease (infección relacionada a ser gay), cómo estructuraría la nota que sería publicada en El Comercio, La Prensa, Expreso y Ultima Hora, con suerte en Caretas y Gente.
Luego de pasear por los cuatro espacios que albergaban los diferentes ataúdes se acercó a Pedro el Sr. Peña, papá de su mejor amigo, quien le extendió un abrazo y le dio el pésame. Pedro quedó desconcertado, pero a la vez su ansiedad se calmaba al saber que podría preguntarle cuál era el ataúd de su padre. En una actitud defensiva, pero vulnerable, Pedro inició un interrogatorio.
–¿Por qué me da el pésame a mí? Preguntó Pedro al padre de su amigo.
–Porque tu papá ha fallecido y te has convertido en huérfano…– Respondió el Sr. Peña percatándose que no fue la respuesta más apropiada. Esa respuesta implicaba ofrecer más explicaciones. Pedro había sido el mejor amigo de su hijo Víctor durante más de 15 años en el barrio de Elías Aguirre. El papá de Pedro también se llamaba Pedro, Pedro Octavio en realidad. El Sr. Peña lo supo todo el tiempo, más nunca dijo nada. Más aún, Pedro había estado presente en casa del Sr. Peña jugando con Víctor mientras que Pedro Octavio departía con el Sr. Peña.
–¿Cuál es el ataúd de mi padre? –Preguntó Pedro. El Sr. Peña lo condujo al primer ataúd. El Sr. Peña se hizo la señal de la cruz y cerró los ojos y agachó la cabeza en actitud meditativa, o tal vez alzaba una oración por el alma de su colega y padre del mejor amigo de su hijo. Pedro respiraba aliviado al percatarse que el cuerpo que reposaba en aquel ataúd tenía una frondosa cabellera plateada. A pesar de que el rostro reflejaba los efectos de la enfermedad, se percató que se trataba de un hombre de mediana edad, tal vez cercano a los 50 años, pero no muchos más. Inmediatamente preguntó al Sr. Peña la edad a la que su padre había muerto. El Sr. Peña dijo que era joven, tenía 45 cumplidos ese año. Pedro inmediatamente empezó a hacer cálculos mentales y estimó que su padre tuvo 21 años cuando él nació y su madre, estimó, tendría 38.
Pedro se acercó al Sr. Peña y le preguntó si es que el difunto tenía hijos.
–Pedro tuvo dos hijos un hombre y una mujer y cinco entenados a quienes crio y son aquellos que están llorando en aquella banca. –Le respondió el Sr. Peña.
–¿Quiénes son sus hijos? –Preguntó Pedro.
–El joven que está por los maceteros es tu hermano y a tu hermana no la veo. Respondió el Sr. Peña.
Pedro agradeció y se enrumbó hacia el joven que el Sr. Peña le había indicado y no volvió a ver al Sr. Peña nunca más en su vida. Ni cuando falleció fue a su velorio a pesar de la amistad que lo unía a Víctor, su hijo.
–Hola, gusto en conocerte, yo soy Pedro –dijo Pedro a su hermano.
–Sí lo sé, me di cuenta cuando bajaste las escaleras. No podías pasar desapercibido, eras tú. Pedro se quedó pensando en el rostro del hombre de aquel ataúd tratando de refrescar su recuerdo y percibir si físicamente tenían algún parecido, pero desde su propia percepción no encontró ninguno. Sería producto de la enfermedad, del efecto distorsionado del rostro a través del vidrio, quien sabe. –Nos enteramos esta mañana de tu existencia. Mi mamá nos sentó a mi hermana y a mí -tienes una hermana también- para explicarnos que tú existías. Pero mi papá no dejó nada, ni dinero, ni propiedades, nada. –Enfatizó el hermano de Pedro.
–Qué triste debe ser morirse en la miseria. –Respondió Pedro. Su hermano tomó el comentario como un gancho al hígado, pero se mantuvo erguido, adusto, soberbio se podría decir. Después de todo, él era el hijo legítimo.
–Mi papá sufrió mucho por el cáncer. Anoche me llamaba desde su lecho, me comentó la enfermera. Dijo el hijo de Pedro Octavio.
–Qué curioso. –Respondió Pedro. –¿No será que me llamaba a mí, a su hijo mayor en un intento de reconciliarse con la vida antes de partir? –El hermano de Pedro sintió el comentario como un sopapo sobre su orgullo. Afortunadamente para el hermano de Pedro, Maricarmen, la hermana menor bajaba las mismas escaleras que unos minutos antes Pedro había bajado para conocer a su padre.
El ambiente se disipó, Maricarmen corrió hacia Pedro con los brazos abiertos y se colgó del cuello de Pedro diciendo:
–Hermanito, que bueno saber que tengo un hermano mayor, yo tengo 14 y tú tienes 23, Pedro Octavio tiene 18, nos llevamos por cinco años cada uno.
A las seis de la tarde Pedro decidió dejar el velatorio para enrumbarse a la Galería del ICPNA de Miraflores para estar unos minutos antes de la inauguración de la exhibición fotográfica de Carnuccio. Al llegar se encuentra con el director de la Comisión Fullbright de la oficina de asuntos culturales de la Embajada de los Estados Unidos. Pedro y el Dr. Pease conversaban sobre el programa de intercambio estudiantil entre Perú y los Estados Unidos de 1984 y apunta con la mano a un joven alto, rubio, de profundos ojos azules que parece un quarter back del equipo de fútbol americano de la Universidad de Iowa, cuya sudadera lleva puesta. Calza pantalones de mezclilla desteñidos y unas zapatillas blancas trajinadas. Le extiende la mano a Pedro y se presenta en un castellano masticado.
–Michael Mitchel de Arizona, estudiante de intercambio en la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Lima.
Seattle, 14 de marzo, 2024





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