Detención
- pedrocasusol
- 3 jun 2025
- 3 min de lectura
Escribe: Thalía Correa
-¡Estoy cansada, Roberto!
-¿Cansada? ¿De qué?
-¿De qué? Todavía preguntas, eres increíble. De toda esta situación, de tu conformismo, tenemos 4 años viviendo en este cuarto. No tenemos una sala, ni una cocina. Tenemos suerte de que el baño sea privado. El cuarto es grande sí, pero tú pareces muy cómodo aquí, tenemos una niña y cada año crece más. ¿Va a crecer viendo cómo se droga la gente en las escaleras? este barrio no me gusta para nada y sin embargo no creo que salgamos pronto de aquí. ¡Yo sola no puedo!
-Pero es que no estás sola, Romina.
Romina esperó un rato, pero Roberto solo dijo eso.
-Esto no va para ningún sitio, tengo a dos niños bajo mi responsabilidad. Iré a trabajar, cuida a Cami.
-No te vayas molesta, Romina.
Pero solo se escuchó el portazo.
Romina necesitaba respirar, se sentía asfixiada, solo pensaba en qué momento su plan dejó de tener sentido para darle paso a su realidad, nada era como lo había imaginado y ya tenía 26 años, le gustaba Roberto, pero en cada reclamo el amor que sentía por él se iba agotando.
Romina trabajaba de 10 de la mañana a 10 de la noche en una casa donde tenía que cuidar a un niño de 7 años, y hacer los quehaceres de la casa. Su jefa era un par de años mayor que ella, se dedicaba a la arquitectura y era divorciada. Casi no la veía. Regresaba muy tarde a casa.
Roberto no tenía un trabajo fijo, solo hacía cachuelos, ayudaba con mudanzas, o llevaba recados. Por eso Cami quedaba bajo su cuidado. Roberto se ocupaba de ella todo el día. Le preparaba el desayuno, la dejaba en el jardín y después la buscaba, caminaban de regreso a casa, le daba un vaso de leche con keke, veían una película y luego hacían las actividades del colegio, esperaban a Romina y así Cami se quedaba dormida mientras esperaba a su mamá.
Ese día después de caminar y tranquilizarse, Romina fue a trabajar. Cumplió su horario y al terminar su turno se fue a casa, algo parecía angustiarle, pero no lograba entender qué.
Cuando llegó al cuarto Cami estaba abrazando su osito y miraba a la nada, había llorado bastante y recién lograba calmarse, cuando vio a su mamá la niña empezó a llorar otra vez. Romina corrió a abrazarla y gritaba: ¿Qué pasó Cami? ¿qué pasó? Pero ella no dejaba de llorar.
-No ha pasado nada, solo la castigué por no hacer bien su tarea.
-¿Qué? ¿qué le hiciste Roberto?
-Rompió una hoja de tanto borrar la letra E al revés, le dije: tienes que concentrarte y guiarte del dibujo, pero ella solo quería voltear el cuaderno para hacerlo más fácil. Le dije que nada de eso, y cuando volví a verla ya tenía un hueco en la hoja. Mi paciencia se agotó y le di con la correa.
Cami seguía llorando y quejándose de dolor y Romina ya no escuchaba a Roberto.
-Cami, por favor dime dónde te duele.
No necesito decir más nada. Le bajo los pantalones, y vio como las nalgas de su hija estaban moradas. Romina estaba temblando mientras veía a su hija, no sabía qué hacer. Empezó a gritar:
-Esto no está bien, nada está bien. ¿Estás loco? ¿cuánto la golpeaste? Estás mal de la cabeza. Hasta aquí llegó todo.
Unas vecinas se asomaron por el ruido y Romina les dijo que llamaran a la policía. Roberto quiso salir, pero las vecinas lo evitaron. Romina hizo la denuncia contra Roberto y paso la noche en la comisaría.
Romina quedó hecha un manojo de nervios, Camila se había quedado dormida de tanto llorar y Romina les enseñaba a sus vecinas lo que Roberto había hecho. Todas quedaron sorprendidas, siempre lo habían visto como un hombre tranquilo, pero la apoyaron y se quedaron con ella en silencio.





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