Discusión en el quirófano
- pedrocasusol
- 7 sept 2024
- 2 min de lectura
Escribe: Gerardo Cárdenas
La brillante línea roja se deslizó como una serpiente por la piel recién rasurada y se camufló bajo el pelaje gris del animal. Paulo colocó el bisturí en una mesa auxiliar. Sintió unas pequeñas gotas en su frente, mientras respiraba tras la mascarilla apretada. Con el ceño fruncido y los brazos cruzados, la veterinaria que lo apoyaría en esta operación miró la escena con gesto de desaprobación. Era su esposa, Marta.
El primer año del matrimonio había transcurrido con buen ánimo, optimismo y apenas una que otra discusión sin importancia. Conforme pasó el tiempo, las diferencias se hicieron más frecuentes. Los reclamos cotidianos se debían al desorden y las continuas distracciones de Paulo: olvidaba alimentar a los peces, mezclaba la ropa sucia con la limpia y se iba a dormir sin sacar la basura. Al inicio causaba risa. Poco después, enojo. Últimamente, rencor.
El perro, anestesiado sobre la mesa, soñaba despreocupado. Paulo había dado la apertura a la operación y le tocaba a Marta continuar. No era una situación particularmente difícil, Paulo había corregido decenas de hernias en perros medianos, pero ninguna con resaca y solo un par de horas de sueño. Sentía el sudor sobre sus cejas. Y Marta no se movía. Con los brazos cruzados, resoplaba bajo la mascarilla. De vez en cuando lo miraba de reojo y movía la cabeza.
El problema recrudeció cuando empezó a beber más de tres veces por semana. Paulo regresaba tarde a casa, con olor a perfume y respondía con gritos a los reclamos. Se le hizo costumbre conducir ebrio y quedarse dormido en su auto al llegar a casa. Un día volvió con las primeras luces del sol. Marta le increpó que no iba a soportar aquello y que quería terminar. Paulo respondió que le daba igual y que lo dejara en paz. Entre los gritos y el mareo, Paulo tuvo un momento de claridad y se quedó en silencio. Recordó que ese día, antes del almuerzo, debía operar la hernia de un perro.
Intentó limpiarse la frente con la manga de su bata. Sintió que su cara hervía y que las copiosas gotas de sudor empezaban a interrumpir su visión. Tembloroso, miró a Marta, quien lo evadió. Paulo tomó el bisturí y con la palma abierta, se lo ofreció. Esos segundos en silencio le parecieron eternos. Sabiéndose incapaz de continuar con la operación, Paulo se animó a hablar.
–Por favor…
Marta lo miró a los ojos.
–¡No, opera tú!
Giró y salió del quirófano.
Solo, frente a un perro dormido, con el bisturí en una mano y los ojos entrecerrados, Paulo decidió terminar lo que había empezado.





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