Doctor Sacks
- pedrocasusol
- 12 feb 2023
- 3 min de lectura
Escribe: Pedro Casusol
Entrevistaba a Rafael Dumett hace unos días, cuando apareció en nuestra conversación Oliver Sacks, el neurólogo y autor de best sellers de divulgación científica, un referente en el mundo de la literatura en inglés. Su mención me dejó bastante sorprendido y solo atiné a decir, atropelladamente, que estaba leyendo su libro más famoso: “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, como lo tradujeron al español. Pero no fui exacto. En realidad, no estaba “leyendo” el libro de Sacks —subrayo el verbo y sospecho que esta paradoja le habría encantado al patólogo—, lo estaba escuchando. Ocurre que he descubierto los audiolibros, y con ello la posibilidad de leer mientras lavo los platos, preparo café, barro el piso o envío correos electrónicos.
No fue fácil, al inicio, adecuarme a esta nueva forma de leer por las orejas. Primero tuve que atravesar una suerte de aprendizaje con podcast —los de Historia son mis favoritos, ya que siempre tuve debilidad por los griegos, los romanos y la Edad Media—. Agotados todos los programas de ese tipo, consideré escuchar un libro. Así devoré, en un par de semanas, una novela de acción ambientada en la España de las guerras carlistas, más de 500 páginas escuchadas en 14 horas. Luego pude sumergirme, como si de una laguna se tratara, en los relatos clínicos del doctor Sacks. Admito, por si tuviera que admitirlo, que soy plenamente consciente de que se trata de una forma de evasión y que, ante la más absoluta devastación política en nuestro país, he optado por abstraerme.
El libro de Sacks aborda una serie de enfermedades nerviosas, comenzando por aquella que le da título al volumen: un hombre, al que se refiere como el doctor P., sufre un caso severo de agnosia visual, por lo que le resulta imposible reconocer caras y objetos. Como profesor había tenido problemas para distinguir a sus alumnos y era capaz de confundir a una bomba de agua con un niño; es decir, una persona capaz de percibir formas y contornos, pero no de visualizarlos. Otro paciente del doctor Sacks, presentado como Jimmie G., sufre de amnesia retrógrada (como el protagonista de “Memento”, la película del año 2000) por lo que le es imposible recordar lo que acaba de ocurrir hace solo unos minutos, aunque sí sabe quién es, incluso es capaz de recordar toda su vida hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, como si se hubiera quedado detenido en 1945.
Otra paciente, autista, es capaz de entender y componer poesía; otro se cae de la cama, asegurando que su pierna no es suya, porque la percibe como un objeto hiperrealista y extraño, una pierna muerta adherida a su cuerpo. Toda una sala, repleta de enfermos afásicos y agnósicos, se ríe a carcajadas de un discurso del presidente Ronald Reagan, pese a su incapacidad para entender lo que este dice, debido a las expresiones faciales y al tono del mandatario, a quien perciben falso (¡qué dirían de Alan García!). Casos de arrebatos místicos, señoras que escuchan música dentro de la cabeza, genios autistas a lo “Rain Man”, la película con Dustin Hoffman y Tom Cruise. Todo narrado con la empatía y fascinación de un neurólogo que, además, es un virtuoso del lenguaje.
Posdata. Escribo esto y no dejo de preguntarme, intrigado por el libro del doctor Sacks, qué enfermedades neurológicas padecería el Perú si fuera uno de los casos que describe en sus historias clínicas. Sería un afásico, sin lugar a dudas, por su notoria incapacidad para reconocerse, y tendría amnesia retrógrada, lo que le habría ocasionado una severa crisis de identidad, apenas con recuerdos de 1821 hacia atrás. Pero, sobre todo, sería un desmembrado, alguien sin capacidad de propiocepción, como ocurre en el capítulo “La dama descarnada”, en donde una mujer pierde el control de su cuerpo. Si el Perú fuera un paciente clínico, ya le habrían diagnosticado muerte cerebral. Me gustaría imaginar una medicina que nos cure, que nos salve de esta guerra civil a la que nos encaminamos impávidos. De momento, solo nos queda ser testigos, como tantas veces lo fue el doctor Sacks, y escuchar nuestra historia con la atención que le damos a un audiolibro.





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