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Drácula apócrifo

  • pedrocasusol
  • 12 sept 2025
  • 4 min de lectura

Escribe: Pedro Casusol


En “El Quijote” apócrifo, aquel publicado en 1614 y firmado por un tal Alonso Fernández de Avellaneda, el ingenioso hidalgo se comporta de manera ridícula y grotesca, mucho más caricaturizado y patético, lejos de los ideales cervantinos de dignidad moral que el manco de Lepanto introduce desde la novela original, editada en 1605. Cervantes habría incluso apurado la conclusión de la segunda parte de su obra como respuesta a aquella provocación. El resultado fue una de las cumbres de la literatura universal.


Diferente destino corrió un falso “Drácula”, editado en Islandia por entregas entre enero de 1900 y marzo de 1901, con el título “Makt Myrkranna” (“Los poderes de la oscuridad” en español), firmado por Bram Stoker y traducido por el escritor Valdimar Ásmundsson. Por un siglo, los islandeses accedieron a una versión radicalmente distinta de la historia del Príncipe Oscuro, oculta entre cientos de traducciones que circulan desde la aparición del clásico de la literatura gótica en 1897. No fue hasta 2014 cuando, accidentalmente, se descubrió que la traducción islandesa era una novela diferente.


Los estudiosos de la obra de Stoker la conocían como una edición abreviada desde 1986. Ese año, el investigador Richard Dalby informaba sobre la existencia de esa adaptación, aparecida en formato libro por iniciativa de Ásmundsson, quien además era propietario del periódico donde se publicó por entregas. El libro les llamaba la atención por incluir un prefacio atribuido a Stoker, fechado en Londres en 1898, donde advertía que su novela se basaba en un “misterioso manuscrito” y que los hechos habían ocurrido en la vida real, siguiendo la estrategia de contar el relato a partir de documentos encontrados.


Desde entonces, la introducción de “Makt Myrkranna” fue ampliamente difundida como una auténtica rareza, introducida en ediciones en inglés de “Drácula” como si se tratara de parte de la obra original. Lo curioso fue que nadie se molestara en comparar el texto inglés con la traducción islandesa. En 2013, el holandés Hans Corneel de Roos, uno de los estudiosos de la Sociedad Transilvana de Drácula (así se hacen llamar los expertos en la novela), estaba preparando un ensayo sobre el famoso prefacio, cuando se le ocurrió introducir en Google Translate algunos pasajes de la edición islandesa. Su impresión fue enorme al descubrir que la historia no coincidía con la original.


Los nombres de los personajes aparecían modificados: Jonathan Harker se convertía en Thomas, Mina en Wilma, y así sucesivamente. Pasajes enteros se habían transformado con escenas que nunca ocurren en la versión original. Motivado por el hallazgo, Corneel de Roos aprendió islandés para sumergirse en lo que parecía ser una versión alternativa de “Drácula”, que alguien había hecho pasar por el original en la isla del Atlántico norte. El mismo especialista admitiría haber descubierto una historia incluso más estimulante y elegante que el propio “Drácula”, sin los recatos y las convenciones propias del periodo victoriano, en cuya moral y educación se había formado Bram Stoker.


Si en la versión original de la novela de Stoker se reflejan los miedos sociales de finales de siglo, la sexualidad reprimida, el choque entre ciencia y superstición, en “Los poderes de la oscuridad” destaca la sensualidad y el erotismo, se respira una atmósfera visceral. Se nos presenta a un Drácula más filosófico, con marcadas tendencias nietzscheanas, rituales satánicos y una misa negra que termina con un sacrificio humano.


Para empezar, la visita de Harker al castillo de Drácula en Transilvania ocupa cerca del 80 % del libro, siendo mucho más extensa que en la versión original. En ese sentido, el diario de Harker adquiere otro peso en la trama, con descripciones mucho más oscuras: una capilla llena de cadáveres putrefactos, el cuerpo de una campesina asesinada.


La mayor diferencia radica en la segunda parte de la novela: es drásticamente más corta y usa un narrador omnisciente, lo que le confiere más rapidez y una acción marcada que parece precipitarse hacia la resolución: la muerte de Drácula a manos de Van Helsing en una vieja mansión en Londres. A diferencia de la historia que todos conocemos, en esta versión el conde Drácula se despierta en su ataúd de mármol blanco para dar pelea en una última confrontación. Al final, el cuerpo del vampiro se desintegra en cenizas.


Más allá de las diferencias y semejanzas, una pregunta cae de madura: ¿Estamos ante una apropiación descarada, la reinterpretación de un clásico de la literatura gótica o una versión alternativa escrita con autorización? Parecería tratarse de una adaptación hecha con demasiada libertad por Ásmundsson, un hombre rabiosamente progresista, esposo de una pionera del feminismo y cuya hija fue la primera mujer islandesa que accedió a la universidad. Otra hipótesis afirma que trabajó sobre la base de una primera versión, facilitada por el mismo Stoker. Una última apuntaría a que se trata de un malentendido: el traductor islandés habría adaptado una versión sueca, “Mörkrets makter”.


Yo sostengo que se trata de una “transducción”, en el sentido en que lo expone el crítico y filólogo español Jesús G. Maestro, quien llama así al proceso mediante el cual una obra se transforma en otra cosa cuando atraviesa un marco cultural o lingüístico. Vamos, no se trata de una simple traducción. Ásmundsson intervino la obra de Bram Stoker para crear un conde Drácula a su imagen y semejanza, más político y conspirativo, un vampiro corrupto que permite nuevas lecturas. “Powers of Darkness”, que es como apareció la versión en inglés de la adaptación, es un verdadero injerto literario. La prueba de que los vampiros no solo duermen en féretros, a veces también publican libros. 



 
 
 

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