El bosque de los caníbales
- pedrocasusol
- 7 ago 2025
- 5 min de lectura
Actualizado: 12 ago 2025
Escribe: Gabriel Granda
Muy cerca del acantilado, un moribundo conjunto de árboles se extendía vagamente junto a un río que exhibía su sequedad. Una leyenda urbana se entretejía con el fétido hedor a dióxido sobre las calles de Lima y las inocentes preguntas de un niño flaco y ojeroso:
—¿A dónde vamos, mamá?
—Vamos a un lugar muy especial, cariño, al bosque que tantas historias guarda. Es un lugar donde podremos sentir el aroma fresco de la naturaleza.
El camino era un torbellino lleno de brea, plagado de grietas y curvas esqueléticas que interrumpían el trayecto. La madre y su hijo no podían pisar en falso, porque había grandes abismos en cada curvatura.
—Tengo miedo, mamá. —Una lágrima amenazaba con asomarse por el ventanal de sus ojos, pues la polvareda de los edificios demolidos en la ciudad los perseguía como un fantasma que buscaba irritar los ojos.
Ella detuvo sus pasos, respiró hondo para ahogar sus propios miedos, lo tomó de las manos, lo abrazó para abrigarlo de la desesperanza y sintió un hálito de fuerza mientras el niño acariciaba su cabello canoso.
—Yo sé, mi amor —continuó—. Es normal sentir miedo en este pequeño viaje. Pero recuerda, estoy aquí contigo. Te prometo que te protegeré siempre.
El niño escuchó con atención y sintió un poco de valentía. No quería despegarse de mamá, pero debían continuar el camino cuesta arriba. De vez en cuando, cuando sus pasos se ralentizaban, los sorprendía algún grito gutural que salía de las casas en ruinas apostadas en el camino. Algunas fachadas llevaban pintarrajeados iconos obscenos con grafiti.
—En el nido me dijeron que en los bosques hay zombis y caníbales, mamá —comentó el niño al ver un letrero acerado y oxidado que advertía de una curva peligrosa. Sobre él, un pequeño afiche despegado apenas se sostenía y ondeaba el símbolo de un monstruo con dientes calcinados.
—Son solo historias, pequeño, que se cuentan para asustar a los chiquitines. No te preocupes, yo estaré a tu lado y juntos seremos valientes. Eres un niño muy fuerte. —Le tocó la nariz como si fuera un botón, y el pequeño se echó a reír a pesar de su miedo.
Ambos continuaron el camino cuesta arriba, con una actitud un poco más serena, pero ella tenía miedo, porque no sabía si el bosque al que se dirigían era real o solo una leyenda, como las historias que escuchaba el pequeño. Las pisadas aún sonaban secas, el sol era de un azul pálido y el niño seguía pensando en los monstruos que temía, por lo que volvió a tomar la mano de su mamá con fuerza.
—¿Por qué vamos para allá, mamá? —interrumpió la caminata, con su voz teñida de miedo y una curiosidad insistente.
—Porque es el único lugar donde podemos caminar sin miedo, pequeño; respirar aire fresco, preparar un asado y dormir en una hamaca, mi vida, mientras leo un cuento y te cobijo con las mantas floreadas de la abuela. ¿Te gustan los cuentos que el abuelo te contaba?
—Sí, mamá, me encantan los cuentos del abuelo. ¡Vamos al bosque, Mamá! —Se echó a correr lentamente, dando pequeños saltos.
—No corras tanto, pequeño, espérame. —Ella observó sus pies y se dio cuenta de que uno de ellos, lesionado por un esguince, no la dejaba ir tan rápido como él.
De pronto, el niño vio un sapo morado que mutaba de colores: de morado a verde, de verde a rosado, de rosado a negro. Sangraba con cada mutación. El niño lo observó con temor y retrocedió unos pasos hasta encontrar a su mamá:
—Allá había un sapo de varios colores, me da miedo este lugar, mamá —y empezó a llorar y moquear.
Ella lo abrazó fuertemente hasta calmarlo, le limpió la carita, junto a los mocos que colgaban hasta sus labios, y lo siguió abrazando por unos minutos.
—¿Tienes sed, pequeño?
—Sí mamá, tengo sed.
La pregunta distrajo al pequeño. Ella abrió una botella de agua, se la dio de beber mientras seguía acariciando su carita. Preguntó si quería más. El pequeño respondió que no y siguieron caminando cuesta arriba, empolvando aún más sus calzados agujereados. A medida que subían, se escuchaban algunos trinos de aves. Por el camino también aparecían alelíes dorados, que lucían brillantes en comparación con sus calzados. El pasto verde que también se asomaba parecía ir llenando el aire de frescura, pero el olor rancio aún perduraba, junto a la niebla que bifurcaba el camino en un laberinto.
El niño cogió una rama —de las pocas que aún se veían cerca de la ciudad— y empezó a gritar "¡caníbal, camíbal, Aníbal!", riendo en un soliloquio mientras corría más alegre y calmado alrededor de su mamá, jugando con el madero como si fuese una espada.
—Caníbal, mi amor, se dice ca-ní-bal.
—Ya, mamá. ¡Caaaaaníbal! ¡Caníbal!
—Muy bien, pequeño, muy bien. Recuerda que es solo una historia falsa —musitó la madre.
El niño siguió corriendo en dirección al bosque, pero el camino de asfalto aún yacía bajo sus pies, agrietando sus huellas. De pronto, vio una libélula esmeralda que volaba con una sola ala. La aplastó sin piedad, porque recordó que el día que esas criaturas aparecieron en la ciudad, se empezó a narrar la leyenda de los caníbales del bosque.
—¿Y si hubiera caníbales en el bosque, serían buenos o malos, mamá?
—Serían buenos, hijito. Estoy segura. Además, tal vez sanen las heridas con plantas silvestres y rurales.
—¿Sanarían tus heriditas también, mamá?
—Sí, pequeño, sí lo harían. —Él se acercó al ver las manos agrietadas de su mamá, las frotó para calentarlas un poco y les dio un beso tierno—. Sana, sana, mamá. Sobre ellas, se veían algunas ampollas frescas, salpicadas con un poco de sangre. Ella lagrimeó de alegría, se limpió el rostro y le dijo al pequeño que fuera a jugar, pues no quería verse frágil ni vulnerable.
El pequeño volvió a jugar con su espada de rama, dando brincos alegres de atrás para adelante y de adelante para atrás. Se le notaba emocionado por el juego, a pesar de las lágrimas de su mamá.
—¿Y si nos encontramos con un caníbal, qué hacemos, mamá?
—Huiríamos, mi amor, huiríamos tan lejos como podamos.
—¿Ahora estamos huyendo de un caníbal, mamá?
—No, mi pequeño, no estamos huyendo. Pero si deseas, mira hacia atrás. Estoy segura de que desde acá ya se puede ver la ciudad. ¡Oh, cuánto hemos avanzado! ¿Ves algo que te llame la atención, pequeño?
—No veo nada, mamá.
—Espera, pequeño, caminaremos un poco más arriba, ¿sí? Descansaremos junto a aquella roca que se aleja del camino y la neblina. ¿Te parece bien?
—Sí, mamá. Me parece bien.
—Corre, pequeño, corre. No importa si me detengo, tú corre.
—Sí, mamá, correré y correré hasta la roca para esperarte.
—Te amo mucho, pequeño, nunca lo olvides.
El niño no prestó atención, corrió con tanta prisa hacia la cima de la colina, hasta la roca que se le había señalado. Esperó un poco a su mamá, tosió levemente, pues aún había un poco de polvo carbonizado, giró la mirada y observó que su mamá aún no llegaba.
Gritó con mucha fuerza: "¡Mamá, mamá!", y ella no respondía.
Una brisa fresca disipó la polvareda y él observó que los árboles de la ciudad que habían dejado atrás parecían mutilados. El horizonte se veía como un epitafio gris, adornado por grandes edificios que carcomían la llanura con cemento y acero. El sol se iba tiñendo de amarillo, el hedor se desvanecía cada vez más y las ampollas y grietas en las manos de la mamá parecían haberse aliviado, pero ella yacía desvanecida, con sus manos juntas como si rezara, devorada por unas libélulas que volaban con una sola ala. El pequeño rompió en llanto y sus ojos se inundaron de tristeza. Junto a él, una parvada de aves silvestres volaba cuesta arriba para no ser devorada por las libélulas carbonizadas que venían de la ciudad.





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