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El bus a Sandia

  • pedrocasusol
  • 26 ago 2025
  • 3 min de lectura

Escribe: Xiomara Quispe


Aún tenía mis manos fuertes para trabajar la tierra, para cuidarte, para abrazarte, mamá.

Pero ya no podré hacerlo más, aunque lo desee con todo mi ser.


¡Si tan solo hubiera escuchado aquel presentimiento!


Sobre aquella roca gigante, entre sollozos, suspiros e impotencia, apenas podía equilibrarse. Una brisa cálida cambió la dirección de su visión y lo dirigió hacia los cerros. Ese paisaje melancólico lo transportó a aquella madrugada, cuando llegó al paradero.


Los buses, la gente, los comerciantes, los aromas, las voces, la música: todo circundaba en armonía. Parecía una pieza de teatro. Los hombres trepados sobre el lomo de las minivans acomodaban los bultos. Las mujeres, con sus bellas y coloridas polleras, caminaban erguidas con sus hijos a la espalda y bolsas en cada mano. Jóvenes somnolientos, otros muy despiertos con los audífonos a volumen alto. Otros no tan jóvenes —profesores, ingenieros, comerciantes— subían al que los llevaría a su destino.


Bajó del triciclo con su mochila pesada, casi tropieza. Un niño lo sostuvo. Se sonrieron y siguieron su camino. El niño balanceaba, pero no dejaba caer ningún vasito de gelatina. Sin embargo, él sintió un escalofrío que lo desconcertó. Se sacudió, tratando de librarse. Algo le decía que podía tratarse de un presentimiento. Suspiró y se sacudió de nuevo. Compró su boleto y subió al bus.


No parecían las cinco de la mañana: el interior del bus era como de otra dimensión. Estaba casi repleto. Las mujeres de frondosas polleras se acomodaban en el pasadizo, sobre bultos gigantes que parecían una extensión de ellas. Acomodaban a sus hijos en los asientos; otras cargaban a sus wawas en la espalda. Conversaban sonrientes mientras picchaban sus coquitas. Fueron ellas quienes captaron su atención: le recordaban a su mamita. Pronto estaría con ella. En unas diez u once horas podría abrazarla de nuevo.


Se sentó junto a la ventana. Era un buen lugar: desde allí podría ver el cambio de paisaje, la transformación de la fría brisa de los Andes a la cálida caricia del aire cargado de armonía de la selva. ¡Los colores! Recordaba que ellos le anunciarían cuándo estaría cerca de casa: del verde majestuoso y elegante a las brillantes mezclas de la paleta de colores que existen en este mundo. Solo imaginar esa sensación lo emocionaba. Se puso los audífonos, la capucha y se recostó, esperando que los pasajeros terminaran de subir.


Las conversaciones lo confortaron, en este viaje iban personas de diversas edades, pero en su mayoría escolares. Conocía a todos: el pueblo era pequeño.


Un fuerte sacudón lo despertó. Se sorprendió. Ya estaban cerca de Sandia. Dos pueblitos más y estaría en casa. Pero le resultaba increíble haber dormido tanto: casi ocho horas. Recordó que la noche anterior tuvo pesadillas y no pudo dormir bien. Tal vez fue eso.


Miró las casitas en los cerros, todas dispuestas ordenadamente sobre los andenes. El clima allí ya era cálido. Pensó en bajar a comer algo cuando el bus pare en Sandia.


—Falta poco —le dijo el muchacho de su derecha, como adivinando en el rostro el hambre que tenía.


Rieron. Se conocían. Eran compañeros de clase. Él le preguntó por la tarea que tenían que entregar al día siguiente. Se dispuso a buscar en su mochila el cuaderno cuando las luces comenzaron a parpadear. La música se oía distorsionada. De pronto, todo se volvió oscuro. Se oyeron gritos. Sacudones, uno tras otro. Gritos, llantos desgarradores que lo ensordecían.


Sintió que flotaba. No podía sostenerse de nada. Alguien comenzó a rezar. Se oían quejidos que lo atravesaban. Todo se nublaba. Se tocó la cabeza: un líquido tibio corría por sus pómulos. Volteó a ver a su amigo… ya no estaba. Solo quedaba la ventana desgarrada y el crujir de los vidrios quebrándose como truenos a lo lejos.


Se dio cuenta de que giraban, se golpeaban. Vio a uno de sus profesores moverse en sintonía con él.


—¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué está pasando?! ¿Es un sueño? ¡Profesor Vladimir, qué pasa!


—Hijo, tranquilo —respondió una voz serena—. Pronto se detendrá. Espera con calma. Solo déjate caer… no te resistas. Pronto pasará. Ya casi llegamos al río, hijo mío.


Cerró los ojos. No quería ver destruirse más todo a su alrededor. Se tocó los labios: tenía sed. Se abrazó, recordó a su madre, respiró profundo… y luego no sintió más dolor.


Abrió los ojos. Estaba de pie, intacto, sobre una roca gigante. Observó todo a su alrededor. El bus yacía destruido en la orilla del río. Sus amigos, profesores, vecinos estaban recostados en formas extrañas. Los cubrían restos de cristal, metales retorcidos; algunos no estaban enteros.


Recién lo comprendió cuando se vio, a lo lejos, a través de una ventana destruida. Ahí dentro, en el bus, estaba su cuerpo. Y el de su profesor.



 
 
 

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