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El calor en Yalta

  • pedrocasusol
  • 18 jun 2022
  • 3 min de lectura

Escribe: Pedro Casusol


El verano transcurre soporífero y lleno de polvo cuando Dmitri Gúrov se presta a seducir a la dama del perrito. Antón Chéjov, el escritor ruso que mejor entendía el alma humana, inicia su célebre relato en Yalta, el balneario ubicado en la península de Crimea, un lugar no muy distinto a Barranco o Chorrillos a inicios del siglo pasado, donde los veraneantes se aburrían mirando el mar, borrachos de vino, cansados de la monotonía de una vida sin mayores sobresaltos. El protagonista, Gúrov, es un cobarde y un patán: engaña a su esposa, a quien teme y aborrece, y suele referirse a las mujeres como “una raza inferior”. El talento de Chéjov, precisamente, consiste en irradiar en sus personajes más pedestres algunas nobles convicciones. Eso es lo que ocurre en “La dama del perrito”.


Una vez que consigue acostarse con Anna Serguéyevna, la mujer que paseaba por el malecón a un caniche blanco, ella llora por haber manchado su honra mientras Gúrov se sirve una sandía. El sufrimiento le parece impertinente. Sabe que estas relaciones le brindan una fugaz alegría, y es consciente que pronto se convierten en algo horrible o banal. Esta vez no tendría por qué ser distinto. Todo le sabe igual. El verano transcurre con la indolencia de los besos propinados a plena luz. Hasta que llega una carta del esposo, a quien Anna ha llamado “lacayo”, solicitándola a su lado.


Chéjov relata una historia que se ha contado miles de veces, pero al mismo tiempo la dota de una profunda originalidad. ¿Qué más repetido que un hombre y una mujer que se conocen, que engañan a sus respectivas parejas, que ceden al llamado de la carne? Como en otros cuentos del escritor ruso, en “La dama del perrito” parece que no ocurre nada. Gúrov regresa a Moscú tras su affaire en Yalta y la imagen de la amante no termina de difuminarse. Perdido en la rutina de la gran ciudad, en los compromisos sociales a los que acude con una falsa felicidad, no deja de pensar en Anna. Aquel mundo de fiestas, clubes y comilonas lo deja con la sensación de vivir rodeado de gente vulgar. Empieza a hablar del amor en forma metafórica, pero su esposa lo manda a callar: no le queda esa pose de galán. Cuando le cuenta a un colega que ha conocido a una mujer en Yalta, este le responde que la comida estaba rancia.


Como buen escritor realista, Chéjov se centra en los detalles. Gúrov viaja a buscarla y se detiene en el tintero de la habitación del hotel, un jinete al que le arrancaron la cabeza. Merodea por la casa del marido, alcanza a ver al caniche blanco cuando sale a pasear con la criada y una vez que cae la noche le parece escuchar a Anna tocando el piano. Como Léon Dupuis en “Madame Bovary”, la volverá a encontrar en un teatro de pueblo. Recién entonces comprende cuánto la necesita: “esa pequeña mujer, perdida entre la muchedumbre provinciana, sin nada en particular, con unos vulgares impertinentes en la mano, llenaba entonces toda su vida, era su desgracia, su alegría, la única felicidad que entonces deseaba para sí”. Para Chéjov, el amor es lo inesperado, esa vuelta de tuerca capaz de convertir una aventura de verano en un laberinto sin salida.


En el teatro, Anna le promete ir a buscarlo a Moscú, y desde entonces lo hace cada tres o cuatro meses. Gúrov comprende así que todos a su alrededor llevan una doble vida: una aparente y otra secreta, y que esa otra vida secreta puede ser más rica, noble en sentimientos, capaz de albergar una verdad inconmensurable. Así como en el relato no existe un clímax, tampoco hay un final definitivo. El autor decide concluir la historia con una discusión inacabada en torno a lo absurdo de la vida, a lo difícil que va a ser lo que está por venir. Y cuando llegamos a este punto, todas las reglas de la narrativa clásica han sido quebrantadas. Aquejado por la tuberculosis que acabará con su vida, Chéjov se refugió en Yalta, a orillas del mar negro, y ahí terminó de escribir una de las más bellas historias sobre la búsqueda de la felicidad.




 
 
 

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