El circo
- pedrocasusol
- 29 jul 2025
- 4 min de lectura
Escribe: Francisco Dahoud
En mi mundo se aprende a convivir entre especímenes fantásticos cuyo aspecto normalmente conseguiría sobresaltar al ser más frío del planeta, pero si vives en un circo, los jorobados, enanos, mujeres barbudas, siameses, hombres elefantes y demás, son entes que evocan confianza tan igual que mi familia cercana. Sin embargo, no todas estas “abominables criaturas” me inspiran seguridad, hay una que aunque la conozca largo tiempo, no logra agradarme. Se trata de la anciana gitana un despojo decrepito, maloliente, de piel seca y arrugada, pelos canos, dientes pútridos y mirada penetrante. La vieja proyecta un aura de maldad que aparentemente yo, soy el único capaz de percibirla. Desde su lúgubre carpa, en donde la hierba no crece, recibe con sus barajas malditas y pócimas a crédulos clientes que fielmente siguen sus instrucciones y que después de una sesión de tan sólo unos minutos, salen totalmente idos, como si gran parte de su alma fuese capturada por los conjuros de la vieja, obteniendo como resultado una legión de muertos vivientes que se quedan pululando por los perímetros circenses. A nadie pareciera importarle estos acontecimientos o simplemente pasan inadvertidos, sin quien secunde mi observación, me veo obligado a tomar cartas en el asunto y confrontar la aberrante situación; más aún que la anciana empezaba a afectar a mis peculiares compañeros. No podía permitir que a esas criaturas a las que se les había negado la belleza física, sean privados también de sus valiosas almas, por lo que cuando vi a mi amigo el inocente jorobado saliendo de esa carpa hechizado, fue suficiente aliento para afrontar el desconcertante suceso.
Decidido, me aproximé a la carpa a encarar a la gitana con la suficiente convicción para poder combatir sus embrujos. Me asomé al ingreso y ella, aún con la mirada gacha, advirtió mi presencia y me invitó a pasar como si supiera que hoy era el día de la confrontación.
-Adelante, ya hace tiempo que esperaba tú visita, no estés tenso siéntate y disfrutemos del viaje –la anciana me hablaba con delicadeza como si de una querendona abuela se tratase, pero ese tono, aunque envolvente en el fondo emitía un tufillo siniestro.
Dubitativo accedí a su invitación, me acomodé frente a ella en una poltrona bastante acogedora que me dejó laxo por incontables segundos, pero, aunque tentado en dejarme llevar en este cuasi onírico viaje, logré reaccionar palmeándome los cachetes. Debía mantenerme atento ante los esfuerzos de la vieja y no caer obnubilado por esa engatusadora amabilidad.
La gitana encorvó su espalda levanto el rostro y tomándose la barbilla me observó con mirada penetrante, su gélido rostro parecía detenido en el tiempo, era evidente quería usurpar en mi mente. Victima de la ansiedad mi corazón latía denotando pavor, los segundos se hacían eternos, la tensión se palpaba en el aire como bruma londinense, miré hacia la salida disponiéndome a salir despavorido, pero la intuitiva vieja reconociendo mi plan, desvió la mirada, liberándome del martirio y sin inmutarse rebusco en un cajón de su mesa sacando un manojo de cartas.
-Veamos- me dijo
La baraja era un tanto inusual, se trataba de un mazo de gran tamaño que exponía figuras escalofriantemente perturbadoras, parecían arrancadas de algún sueño demoniaco. Una a una las pasaba deslizando sus huesudos dedos con delicadeza siniestra y sin decir nada, se dedicaba a observar como reaccionaba ante ellas. Tras este ritual, me ofreció un frasco instigándome a beber su contenido. Debí estar bajo un embrujo hipnótico porque involuntariamente lo acepté llevando el dudoso brebaje a la boca, pero en el momento en que el recipiente rozó mis labios el amargor me retornó a la realidad aventé el frasco e iracundo grité:
-¡Bruja!
Cual felino brinqué sobre la mesa abalanzándome sobre ella y la empecé a ahorcar, con tal violencia que la presión que ejercían mis manos sobre su tráquea imposibilitó cualquier advertencia y en pocos minutos su vena yugular dejó de latir.
Ese cuerpo inerte con los ojos saltones y la lengua fuera confirmaban el deceso de la anciana. Aún agitado por mi violento actuar, me levanté lentamente y mientras observaba mi entorno me quedé atónito al ver cómo este cambiaba frente a mis ojos. Las coloridas carpas pasaron a ser insípidas habitaciones pintadas de blanco, el verde pasto yacía lapidado por gélidas losetas, el imponente sol en un cielo sin nubes no era más que un techo atiborrado de tubos fluorescentes, esa brisa vespertina provenía de las agresivas aspas de ventiladores. Agobiado miraba a través de ese entorno mutante buscando respuestas, al leer una placa que colgaba en el umbral de la supuesta carpa de la adivina se me aclaró el panorama.
-Consultorio de psiquiatría Dra Gipsy.
Nunca había sido parte de un circo, mis excéntricos amigos eran pacientes de un psiquiátrico convertidos en fenómenos por mi propia paranoia. Ese ser malvado no era más que la doctora que intentaba sanarme y ahora yace con el cuello roto postrada en el piso rodeada de tarjetas para el test de Rorschach. Lamentablemente ni las terapias, ni sus medicamentos, lograron nada. Irónicamente sólo su muerte me curó y aunque hoy este cuerdo aun finjo mi esquizofrenia para evadir la cárcel.





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