top of page
Buscar

El día que destruí los mejores tamales del mundo

  • pedrocasusol
  • 13 ago 2025
  • 7 min de lectura

Escribe: Rafael Gutiérrez


Chabela era la segunda hija de un matrimonio que se había dado gracias a la unión, a fuerza, del hacendado y a la simple resignación de que la vida se comparte en pareja. Ella, sus padres y sus 5 hermanos vivían en la hacienda “El Pajonal”, ubicado a las afueras de Lima. El padre de Chabela era hombre de confianza del hacendado y dado a que sabía leer, sumar y restar, le encomendaron la tarea de ser el principal responsable que administre el tambo de la hacienda. Sus tareas eran las de manejar la entrada y salida de los productos; así como repartir el trabajo entre los peones y sus familias.

 

Todos sus hermanos recibieron educación de la que los hijos del administrador de hacienda podrían llevar. Sin embargo, Chabela destacaba por su agudeza, buena memoria y su buen trato hacía las personas; si bien la habían criado para los quehaceres de una mujer de la época, ella siempre sobresalía en las actividades educativas y pensaba que la vida del campo no era lo suficiente interesante y que la ciudad ofrecía un estilo de vida más interesante, culta y placentera.

 

Un buen día apareció Estelo, un español manejando el nuevo tractor de arado, fue presentado como “el ingeniero”. Estelo se fijó en Chabela y ella no le era ajena al galanteo ibérico que éste desplegaba cada vez que pasaba cerca de ella. Con paciencia y simpatía, Estelo se fue ganando la confianza de ella y su familia; al estar a solas, éste le hablaba de las atracciones que había en su país, en las costumbres de su ciudad, le decía que él la podría llevarla a sus playas, los palacios españoles, sus grandes plazas, conocer una ciudad mucho más grande. Su madre y sus hermanas le advertían que no se deje ilusionar por un hombre, que debía de tener cuidado con aquellas propuestas que los éstos solicitan a mujeres jóvenes; pero Chabela no era tonta, ya había visto a los animales del campo.

 

Chabela no sólo escuchaba a Estelo, sino que se imaginaba un mundo de ultramar, de las novelas que había leído, de las historias que escuchaba de parte de la familia del hacendado. La ciudad de Lima se le hacía pequeña ante sus sueños, la idea de navegar, llegar a otros espacios exóticos para ella resonaban con mayor fuerza. No podía más con ello, la idea la desbordaba, Estelo le había prometido aventuras fuera del campo, fuera del país, poder echar raíces en España, cerca de Europa, le parecía tan atractivo como cercano de la mano de Estelo. Pasaron varios meses hasta que la pareja formalizó su relación y, bajo la venia del hacendado y su familia, se casaron un domingo por la tarde en la hacienda que la vio crecer.

 

No pasó mucho tiempo que, por insistencia de Chabela, el matrimonio se fue a vivir a la Lima. Con la ayuda de un hermano, se consiguieron un cuarto frente a la Plaza Dos de Mayo. Chabela ya tenía tres meses de embarazo y los planes de viajar tuvieron que ponerse en suspenso. El cambio de aires fue radical para ambos porque acostumbrados al campo, la atmósfera de una ciudad como Lima no ofrece nada más que sobrevivencia a los foráneos y así fue cómo los hizo sentir. Estelo estaba dedicado a la siembra y cosecha; pero no para los trabajos que ofrecía Lima. El hermano de Chabela le había ofrecido un puesto como almacenero en una tienda del mercado central, que, aunque fue tomado a regañadientes, no se podía dar el lujo de rechazarlo.

 

El tiempo avanzaba y la situación no se sentía que mejoraba para Chabela, se preguntaba por qué es lo que le tomaba tanto tiempo que Estelo encuentre un trabajo como el ingeniero que era, en alguna fábrica que estaban cerca ¿Es que acaso sus conocimientos no eran bien recibidos? Ante la duda, ella le consultó qué era lo que le estaba pasando para no encontrar un trabajo como ingeniero. Estelo no pudo sostener más aquella situación y tuvo que confesar que él no era un ingeniero, sino más bien un “simple mecánico” de tractores y máquinas agrícolas. Había partido de España – al menos eso sí, era un español de verdad – para buscar mejores oportunidades en otros países porque en su tierra la situación social y política estaban muy malas.

 

Chabela no podía entender lo que le estaba sucediendo. Muchas preguntas le llegaron en ese momento: ¿Cómo no pude percatarme de su mentira?, ¿En qué momento se me dejé engañar por él? La situación la desbordaba, no podía creer cómo había llegado a ese estado. Se sentía desolada, todo lo que había planificado y comentado a sus madre y hermanas sobre el viaje que realizaría no llegaría nunca. Como una persona que se ha visto burlada, los sentimientos de vergüenza y culpa hacía ella misma fueron los primeros en aparecer; sin embargo, no podía mostrar que había sido engañada, al fin y al cabo, ella se había casado de manera consciente con Estelo y tenían una hija que mantener. Regresar a la hacienda le parecía una derrota, una manera de aceptar, en parte, que había mentido a su familia y no iba tolerar tamaña vergüenza.

 

Por un momento puso sus sentimientos a un lado y empezó a buscar trabajos para poder sobrevivir en la ciudad. Con la ayuda de las vecinas de su edificio empezó a cuidar niños hasta que una de ellas, que era enfermera, le empezó a enseñar sobre cuidados de personas mayores: medir la presión, poner inyectables y cuidados generales para ancianos. Es así como fue recomendada a las residencias de familias acomodadas de Lima para que cuide de los patriarcas que tenían alguna enfermedad o salían de alguna recuperación hospitalaria. La simpatía de Chabela, su trato dulce y buena apariencia, fueron características que le permitió trabajar con estas familias, visitar sus casas, tener cercanía con estas personas que le parecían personas admirables porque muchas de ellas eran hacendados con residencia en Lima. Sin embargo, todas las noches regresaba su casa para estar con su hija y ver que Estelo aún no encontraba un trabajo.

 

Pasaron unos años, Chabela y Estelo tuvieron una segunda hija y la situación fue peor para la pareja. Ya en ese entonces las peleas con su esposo se habían vuelto recurrentes. Ella le reclamaba que no había logrado obtener algo mejor en el tiempo que venían viviendo en Lima; él, por su parte, reclamaba que los españoles no eran bien vistos en la ciudad. Del amor pasaron al odio, sobre todo ella, que vio en él a un embaucador, una persona que le había mentido sobre sus planes, su trabajo y su identidad. Un día decidió no seguir más con Estelo y lo dejó. Se marchó con sus hijas a la casa de sus padres en un nuevo lugar de la ciudad de Lima.

 

Para ese entonces, sus padres y hermanas habían lotizado unos terrenos en Las Pampas de Comas, un lugar que recién estaba siendo habitado, por lo que no contaba con los recursos básicos. Luego de la reforma agraria, toda su familia decidió dejar el campo, vender los terrenos que habían sido otorgados y trabajar en otras actividades. El impacto del lugar fue tremendo para Chabela y sus hijas, acostumbradas a un espacio con mejores comodidades de la ciudad, estar en un arenal, con casas de esteras o de adobe, con gente muy necesitada y la suciedad que empolvaba todo; sobre todo, encontrarse conque algunas familias de los peones de la hacienda ahora también eran sus vecinos. Del impacto, Chabela pasó un mes sólo tomando café con leche en el desayuno, almuerzo y cena.

 

Ella siguió trabajando en el cuidado adultos mayores y era recomendada por las familias con las que había mantenido buenas relaciones. Eso le permitía, muchas veces, tener temporadas de trabajo lejos de la casa de Comas; sin embargo, con el tiempo el trabajo se le fue dificultando porque al tener mayor edad las fuerzas y energías ya no eran las mismas para dichas tareas. Poco a poco comenzó a tener menos demanda y pasar a quedarse en casa de sus padres buscando otros trabajos. Fue así como comenzó a emprender en otro rubro: la comida. Inició preparando menú para unos trabajadores de su hermano, pero dejó dicha actividad porque, aparte de ser un negocio demandante, las personas a las que les vendía no apreciaban su comida y no estaban dispuestas a pagar el precio que Chabela consideraba, otro fue porque la gente solicitaba mucho crédito. Pero de ello pudo percatarse que sus tamales habían llamado la atención cuando fueron ofrecidos.

 

La manera de preparar los tamales era un estilo que Chabela había ido perfeccionando, aunque sus hermanas decían que lo aprendió en su estadía en las casas de la gente que cuidaba; eso era lo de menos. El producto era tan delicioso que se sentía la frescura del maíz, un picor al exacto del ají amarillo, que era molido en batán, un toque de amargor de la aceituna y un trozo suficiente de pollo o carne. Chabela inició con 50 tamales para vender y se le agotaron en un día. A la semana le pidieron más y tuvo que extender su trabajo. El producto era tan bueno en el barrio que extendió su fama en otras calles. Para lograr atender alguna demanda tuvo que poner a sus hermanas trabajar en ello. Con ello, tuvo un monto fijo de pedidos para personas y panaderías; sin embargo, la característica de sus tamales era su forma artesanal a la que no estaba dispuesta a sacrificar. Chabela trabajaba a pedido y de manera muy organizada para obtener sus tamales. “Al menos, no puedo arriesgarme el buen gusto” era lo que señalaba cuando le decían que busque manera de hacerlo en masa. A pesar de su “excentricidad” para el barrio, la gente siguió pidiendo de los ricos tamales que fueron un ingreso fijo en su economía.

 

Yo tendría 7 años cuando mi tía Chabela entró a mi casa a buscar a mis padres, al verla entrar grité: “Llegó mi tía la tamalera…”. A lo que ella, un poco sorprendida, me miró y preguntó por algún adulto en casa. Le comenté que no había nadie salvo yo y mis hermanos. Me dijo que regresaba más tarde, dio media vuelta y salió de mi casa. Se fue caminando con destino al mercado, caminó un poco y tomó un auto con dirección a casa de su hermana. Al llegar, rompió en llanto, abrazada a su hermana mayor dijo que yo la había llamado “tamalera”. El golpe anímico fue tan grande que juró no volver a hacer tamales.

 

Ya de grandes sus sobrinos, cuando le preguntábamos cuándo volvería a hacer los tamales más ricos que habíamos probado, se excusaba diciendo que el molino estaba malogrado, que el maíz que vendían ya no era bueno o que faltaba algún implemento para tener un buen tamal. Y así fue el día en que destruí los mejores tamales del mundo.

 


 
 
 

Comentarios


Subscribe here to get my latest posts

Thanks for submitting!

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

  • Facebook
  • Twitter
bottom of page