El día que los niños se fueron de la tierra
- pedrocasusol
- 18 sept 2025
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Escribe: Yorka Gamarra
Esa noche me sentía raro, había cenado y no tenía frío. Parecía que estaba en otro planeta. Busqué a mis hermanos Jorge y Lucho, tenía que cuidarlos, quizá les estaban pegando los grandazos de la otra calle. Apenas los vi, me di cuenta que tenían ropa nueva.
Jorge me dijo: —Qué está pasando. No te hagas el sonso—. Pero, no me estaba haciendo, estaba sonso con lo que veían mis ojos. Hasta los niños de mi barrio estaban ahí. —Oye —le dije a Jorge—. Creo que ellos ya estaban acá desde antes porque, mira cómo se hablan con los demás.
Todos hicieron nuevos amigos. Hasta yo. Eso también es raro. Ocurre que yo soy bueno, pero la gente cree que soy malo y los chicos se apartan de mí. Cuando alguien me habla, me pongo muy nervioso y creen que no quiero hablarles. Pero cuando empiezo a jugar, nadie me para y me divierto mucho.
Aquí pasan cosas extrañas. Están llegando muchos niños con ropas raras, como las de la tele. Unos llegan en barcos y aviones de papel. No me lo van a creer, pero yo llegué en una nave espacial que me hice de una caja de zapatos. Todavía no me han dicho mis hermanos en qué han llegado, pero creo que fue en tren, porque les encanta los trenes.
Vi llegar a un niño en el lomo de un centauro que se detuvo cerquita de mi cara. El centauro me miró, yo me asusté mucho, mucho, pero como soy macho, no le quité la mirada hasta que se volteó y se fue. Uf.
No sé por qué, pero aquí todos estamos alegres y creo que ya estoy dejando de tener miedo. El niño del centauro me preguntó si quería jugar. Claro, le dije. Me contó que se llama Vijay y que es de la India, yo le dije que mi nombre es Sergio y que vivo aquí a la vuelta.
Hacíamos tanta bulla, que pensé que vendría mi profesora para mandarnos a callar, pero no vino nunca. Pobrecita, quizá realmente ya se volvió sorda.
Ella nos dice que la vamos a volver sorda con tanta bulla. Sí. Seguro que ya se ha vuelto sorda. ¡Bien hecho!
De pronto llegó mi mamá. No. Mi mamá llega todavía a fin de mes, ella no es mi mamá.
—Jorge, ¿quién es esa señora? —le pregunté a mi hermano.
—No sé —me contestó.
Lucho, mi hermano chiquito, me dijo: —Es la abuela—, los tres la miramos con la boca abierta. Todos la miraban asombrados y yo pensé que así más o menos deben ser las abuelas. Lucho no estaba equivocado.
Siempre quise tener una abuela, así que la quise mucho desde que la vi. Me acerqué a ella lo más que pude. Recién ahí me di cuenta que era muy, muy vieja.
Pasó su mano arrugada por mis cabellos y dijo: —Soy la Madre Tierra.
Tenía una mirada tranquila. A todos nos llamó por nuestro nombre; a mis hermanos y a mí, a Vijay el del centauro y a todos los niños que tenían ropas extrañas como de la tele. Nos conocía muy bien.
La abuela nos dijo que para que nos conociéramos, todos debíamos contar cómo nos llamamos, qué hacemos, de dónde venimos. Ella comenzaría y, sin que nos diéramos cuenta, nos contó más de una historia y nadie se cansó de escucharla.
La abuelita sí que sabía contar historias. Me gustó una que ella llamó “el origen de las guerras”. Nos contó que las guerras nacieron porque las personas no se conocían y pensaban que eran diferentes y que después de la primera guerra de la humanidad, la gente se apartó más y más y así, nunca dejó de pelear. Creo que la Madre Tierra se equivocó un poco porque mi mamá y mi papá sí se conocían, pero siempre peleaban, hasta el día que mi papá se fue.
Mañana nos tocará contar las historias a nosotros. Yo me volví a poner nervioso como cuando nos dan tarea en el colegio y no sé cómo hacerlas y, a veces, no las hago de pura duda. Esa noche dormimos en unas camitas calientes y perfumadas que estaban una tras otra en una casita en medio de un hermoso bosque de eucaliptos.
En la mañana, cuando nos llamaron para el desayuno, yo no miraba de frente a la abuela para que no se diera cuenta que yo estaba ahí y así se olvidara de llamarme para contar mi historia.
Mientras tomamos chocolate caliente, bizcochos y unas delicias que no puedo mencionar porque no se sus nombres, comenzó a hablar José. Nos contó que se levanta bien temprano para ir a trabajar donde antes trabajaba su papá. Él vive en un lugar que se llama Boyacá, en Colombia. El trabajo que su papá le dejó es bien bacán porque es en unos túneles debajo de una montaña. Dice que él es el niño que más carretilladas hace por día. Yo pienso que yo le ganaría porque yo soy trome. Pero lo pienso nomás, no se lo digo para que no se sienta mal.
Solo hay un pequeño problema: él se levanta más temprano que yo, a las cuatro de la mañana, porque entra a la montaña a las seis. No sé en qué momento hará las tareas del colegio porque sale de la mina a las seis de la tarde. Junto con él habían venido sus amigos que también trabajan en la montaña. Estaban Fernando “El remolcador” y Orlando “El Maderero”, en el trabajo todos se llamaban por sus “chapas”.
Me puse muy triste cuando nos contó que su papá había muerto junto con otros nueve obreros, aplastado por la montaña. Él pensaba que el espíritu de su papá lo acompañaba en el trabajo y le indicaba dónde cavar para avanzar más rapidito y sacar las carretillas llenas. A José le gusta ir a la montaña porque siente que ahí está su papá. Él piensa que su papá le llama desde la montaña.
Cuando su papá murió, José lloraba hasta cansarse y quedarse dormido. Eso nos dijo. Yo no lloré cuando mi papá se fue, yo creí que estaba de viaje y que regresaría pronto. Pero, cuando me di cuenta que ya no regresaría, sí lloré. Lo extraño mucho, pero ya no lloro, ya estoy grande. Tengo 10 años. Los grandes no lloran.
La abuela todavía no me llama y yo tengo más miedo porque, después de escuchar las historias de los otros niños, yo ya que no sé qué decir. Felizmente, una niña comenzó a hablar. Dice que se llama Francesca y que su papá alquiló un terreno y que fabrica ladrillos, junto con su mamá, su hermanito Andrés y su hermana Mariela.
Creo que de tanto esconderme, he desaparecido, porque de verdad la abuela no me ve. Todavía no me llama y ni siquiera respiro para que siga sin verme. Ahora está hablando Moshé, él viene de Egipto. Nos cuenta que también él trabaja junto con otros niños. Él es muy valiente, dice que se levanta bien tempranito para que el sol no marchite las florecitas. Él cuenta que rescata los jazmines del fango para que se las lleven a pasear por el mundo en botellitas de dulce olor. Dice que cuando sea grande va poder comprarle a su mamá una de esas botellitas.
Mi amigo Vijay también se escondía como yo, pero a él, la abuela, sí le llamó. Gracias abuelita por no llamarme. Vijay hace alfombras y tapices llenos de colores, dice que le costó mucho aprender, pero que su hermana sí aprendió rapidito a hacer vasijas de vidrio, solo que le arden mucho los ojos por el calor del horno y su mamá le pone agua de manzanilla cada noche.
De pronto, detrás de mí, apareció un fantasma sin ropa, flaco y de color amarillo. Olía muy mal. Casi salté del susto.
Miré a mi amigo Vijay y vi que junto a él había otro fantasma. También había varios al lado de mis hermanos y de todos. Grité. Me asusté mucho. Todos nos asustamos.
La abuela se quitó la bufanda, la hizo girar en el aire y salió de ella un viento suave que pasó por encima de nosotros llevándose a los escuálidos apestosos que gritaban como chanchos. Inmediatamente, mi hermanito pequeño que siempre tosía, dejó de toser. Cuando mi mamá venga a fin de mes, ya no renegará con mi hermano porque ya no toserá, se pondrá muy contenta y yo le pediré que me prepare mi sopa favorita.
—Yo me llamo Sergio y vivo con mi mamá y mis hermanos, mi mamá trabaja lejos de mi casa, por eso solo nos ve cada fin de mes cuando viene a cobrar su sueldo en el Banco. Ella es profesora. Desde que mi papá se fue ya no reniega mucho, me gusta verla alegre, solo me da pena las tardes cuando la cocina está apagada y tengo hambre, ahí sí que extraño a mi papá. Ya aprendí a cocinar y en la panadería yo me encargo de poner los panes al horno, ya estoy grande pues.
Este lugar me gusta. Hay un río inmenso donde todos nos bañamos. Hoy jugamos toda la mañana. Qué le diré a mi mamá cuando venga a fin de mes. Se va a molestar y me va a pegar si le digo que estuve junto con mis hermanos aquí y no fuimos al colegio, ni arreglamos la casa, ni lavamos la ropa. Segurito que nos va a pegar, ojalá no le pegue a Lucho, tengo miedo que vuelva a toser porque ahí sí que se molestará más.
En el borde del río había muchas piedras pequeñas: unas rojas y gordas, otras pecosas, amarillas, azules, negras, plomas y muchas de color verde.
Me voy a llevar algunas a mi casa.
A la hora del almuerzo, la abuela nos dijo que cada historia que le contamos le pareció muy importante. No sé por qué, pero creo que mi historia le gustó más. Seguro que me va decir que me quede y yo me quedaría, pero mis hermanos estarían solos. ¿Quién les prepararía la comida? Les daría miedo en las noches. Lucho cree que hay fantasmas en la casa y yo apago la luz.
Al día siguiente, al borde del río, la abuela a quien ya considero mi abuelita, nos dijo que tomáramos una piedra de esas de colores en nuestras manos. Nos hizo cerrar los ojos y nos dijo que pensáramos en algo que quisiéramos decirle a nuestros padres, hermanos mayores o abuelos. Nos dejó pensar un ratito, luego nos hizo lanzar las piedras al infinito. Abrí mis ojos y todos estaban lanzando sus piedras al cielo que estaba muy azul. Yo hice lo mismo. Lancé con mucha fuerza mi piedra y me cubrí rapidito la cabeza con mis brazos, pero las piedras no caían. Se iban alejando más y más de nosotros, hasta volverse estrellas.
Llegó el día del retorno. Yo me quedaría, pero tengo que volver a mi casa. Antes de irnos, todos le dimos un abrazo a la abuelita. Yo pegué mi pecho a ella para que sintiera los latidos de mi corazón y yo los suyos.
Ojalá que mi papá pueda ver mi piedra. Mi mensaje es para él, para que no se olvide de comer. Ojalá pueda verla. Ojalá.





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