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El espía del Inca

  • pedrocasusol
  • 26 dic 2023
  • 3 min de lectura

Escribe: Pedro Casusol


Pareciera que en estos tiempos de crisis es imposible sumergirse en un buen libro. Uno que ayude a evadirnos de lo que pasa en el Perú, pero que al mismo tiempo nos ofrezca una nueva perspectiva de la realidad, que nos asombre con el descubrimiento de una aventura y que nos explique también el presente. Eso es precisamente lo que me ha pasado con “El espía del Inca”, la novela de Rafael Dumett que he leído con fruición estas últimas semanas, intrigado por la historia de Yunpacha −llamado también Oscollo o Salango−, el espía sobre el que recae la tarea de ingresar al círculo de confianza del Inca Atahualpa mientras este se encuentra prisionero de las huestes de Pizarro.


La historia se desarrolla en dieciséis capítulos que intercalan presente y pasado, más un epílogo escrito a modo de falso ensayo académico en torno a un gigantesco y misterioso quipu hallado en una chullpa, antigua torre funeraria. El hilo conductor de la historia es la vida de Yunpacha, joven chanca tocado por el Illapa, el dios del rayo y de la lluvia, que con el golpe de una roca de granizo le confiere el poder de sumar cualquier cantidad de elementos con un solo vistazo. Debido a esta habilidad, es arrancado del seno familiar y llevado a la Casa del Saber en la Llacta Ombligo, la ciudad del Cusco, centro del poder político del Mundo de las Cuatro Direcciones. Ahí, bajo el nombre de Oscollo, será preparado por generales y maestros para ser un eficiente espía al servicio del Inca. 


Concluido su entrenamiento, será enviado a las lejanas tierras del norte, donde adoptará otra nueva identidad, Salango, y su rostro quedará marcado por un brote de viruela. Con la llegada de un chasqui con un quipu secreto, comienza el segundo orden cronológico: el Inca Atahualpa, el Señor del Principio, ha sido capturado por unos barbudos de piel metálica, quienes han llegado hasta Cajamarca montados en llamas gigantes. El autor del quipu es el general Cusi Yupanqui, su “hermano y doble” de la Casa del Saber, quien aguarda con sus tropas asentado en los alrededores de Cajamarca una señal que permita proceder con el rescate. Por eso necesita que nuestro protagonista se haga pasar por un Recogedor del Inca, funcionario de extrema cercanía, que se infiltre en el cautiverio de Atahualpa, que espíe a los barbudos comandados por el viejo “Dunfran Cisco” y que dé la señal en el momento justo para emprender el rescate. 


Con esta premisa al estilo John le Carré, mezcla de intriga política y ambicioso trabajo de documentación, “El espía del Inca” es más que un libro para pasar el rato. Su trama constituye una argucia para sumergirnos en el universo de los antiguos habitantes de esta parte del mundo, escenario ya entonces de cruentas luchas de poder, traición y venganza. Más que la historia del espía del Inca, la novela es el retrato de una civilización en el instante de su ocaso. No solo los Incas, sino también las culturas que habitaron este territorio desde mucho antes: los chanchas, los lucanas, los chachapoyas, etcétera, quienes vieron en los españoles una oportunidad de sacarse de encima a Atahualpa. De esa madeja de intereses subalternos, el autor presenta a toda una galería de personajes fascinantes: Felipillo, el intérprete tallán obsesionado con la favorita del Inca; Chimpu Shánkutu, la cabeza de la intelligentsia inca, o Rampac, la madre del protagonista, quien en una escena conmovedora lleva a su hijo a una ceremonia de resistencia chanca. 


El gran aporte de Dumett, más que elaborar grandes personajes o una trama atrayente, ha sido el entregarnos la perspectiva del antiguo habitante de estas tierras tumultuosas, tan difíciles de organizar, mostrando sus creencias, miedos y ambiciones, amparado bajo el paraguas de una inmensa investigación. Por eso resulta inverosímil que la novela haya pasado por tantas penurias antes de ser publicada. Un editor amigo me contó que por el año 2011 el manuscrito de “El espía del Inca” rotaba por distintas casas editoriales sin que ninguna apostara por ella. Seguro que la extensión del relato −más de 900 páginas en la edición de Alfaguara que tengo en mis manos− y la etiqueta de “novela histórica” la hacían poco atractiva para un mercado que suele apostar por lo seguro y la moda de turno. Pero fue el boca a boca lo que convirtió a “El espía del Inca” en el fenómeno que hoy conocemos. Una luz en la oscuridad capaz de mostrarnos que vivimos en este “todos contra todos” desde las épocas del Inca Atahualpa. 



 
 
 

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