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El extraño Camus

  • pedrocasusol
  • 4 ene 2023
  • 3 min de lectura

Escribe: Pedro Casusol


Pocos escritores como el gran Albert Camus, el francés nacido en Argelia que en plena pandemia volvió a la lista de best seller por “La peste”, la novela que aborda de manera simbólica una epidemia de peste en la ciudad argelina de Orán. Hijo de analfabetos, huérfano de padre a causa de la Primera Guerra Mundial, un Camus de tan solo 28 años irrumpió en la escena literaria con una novela llamada “L'Étranger”, traducida al español como “El extranjero”, aunque una traducción exacta sería “El extraño”. Su protagonista, de apellido Meursault, vive en la más absoluta apatía e indiferencia, personificando la angustia propia de la segunda mitad del siglo XX.


A pesar de sus novelas, Camus siempre rechazó la etiqueta de escritor existencialista y también la de creador de la filosofía del absurdo o “absurdismo”, corriente nacida tras la aparición de su ensayo “El mito de Sísifo”, donde parte del mito griego para indagar en el propósito de nuestra existencia. Según la mitología, los dioses condenaron a Sísifo a empujar una pesada roca cuesta arriba por una colina, solo para que, antes de llegar a la cima, esta vuelva a rodar cuesta abajo; por lo que Sísifo tenía que realizar esta misma acción una y otra vez por toda la eternidad. Según Camus, todos somos miserables como Sísifo, castigados a realizar acciones sin propósito hasta nuestra muerte. Pero hay que imaginar “un Sísifo feliz”, es decir, un hombre consciente de lo absurdo de la existencia, pero capaz de superar esta desesperación para lograr cierta grandeza.


Publicado casi al mismo tiempo que “El extranjero”, en 1942, “El mito de Sísifo” termina siendo la contraparte filosófica del debut que convirtió a Camus en un fenómeno en la Europa carcomida por los horrores de la guerra, la que le granjeó suficiente fama como para frecuentar los círculos intelectuales de Louis Aragón, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, antes de unirse a la resistencia francesa contra los nazis y pasar a dirigir el periódico “Combat”. “Hoy, mamá ha muerto. O tal vez fue ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: 'Madre fallecida. Entierro mañana. Sentido pésame'. Nada quiere decir. Tal vez fue ayer”. Así es como inicia su narración Meursault, personaje extraño y alienado, ajeno a todo indicio de empatía, compasión o afecto. Indiferente incluso a su propio destino cuando lo condenan a morir decapitado en la guillotina.


Carente de nombre de pila, Meursault parece simplemente reaccionar a los estímulos externos, sin llegar a comprender realmente lo que acontece a su alrededor. Cuando su novia, Marie, le propone matrimonio, Meursault contesta que le da igual; cuando su jefe le ofrece trasladarlo a París, este le contesta que vivir aquí o allá le es indiferente. Una vez que se encuentra en una playa en las afueras de Argel, pasa de un estado de confort a otro en el que el calor nubla su mente. Los encuentros fortuitos con un grupo de árabes que buscan pelea parecen revestidos por un velo de irrealidad: nuestro protagonista no puede pensar debido al calor. Cuando se encuentra con uno de ellos y es amenazado en silencio con un cuchillo, saca un revólver y dispara. “Comprendí que había destruido el orden del día”, reflexiona, antes de disparar cuatro veces más.


Lo que ocurre con Meursault, según los entendidos, es que vive aquejado de una terrible “falta de creatividad”. Como el Patrick Bateman de la novela “American Psycho” −yuppie prototípico de la década de 1980, asesino múltiple obsesionado por las marcas de ropa y el consumo−, el protagonista de “El extranjero” solo consigue asimilar la exterioridad de las cosas, solo percibe sensaciones. Envía a su madre a un asilo porque no tiene nada de qué hablar con ella. Es preso de una soledad inquebrantable. Albert Camus advertía del hombre que estaba siendo creado por la modernidad, ajeno a toda pasión o voluntad propia. Al final de la novela, cuando Meursault anhela “muchos espectadores que me acojan con gritos de odio” al ser trasladado a su decapitación, expresa su única voluntad verdadera: la de romper todo vínculo con la especie humana. En 1957, Camus recibió el Premio Nobel de Literatura y pocos años más tarde, en 1960, el mundo perdió a Camus en un trágico accidente en coche.




 
 
 

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