El extraño Kjarkas y la Estudiantina
- pedrocasusol
- 26 ago 2025
- 7 min de lectura
Escribe: Apu Mendoza
Raúl Fernandez interpretaba a Élmer Hermosa y cada vez que se animaba a entonar una canción con su voz grave y potente todos se sumaban en coro. Moisés Sanchez, el más maduro, encarnaba a Gonzalo Hermosa con su naturalidad para corregir sin herir a quienes se equivocaban en los ensayos. Eder el Gruñón el eterno inconforme decía parecerse a Makoto Shishido, aunque todos le decían Fernando Torrico. Agarraba el charango del cuello como si quisiera ahorcar a un quirquincho. El loco Andy, el más voluble, melancólico y bronquero, encontraba su lugar entre los bombos y el coro. Y Leo, el integrante más novato empezaba ya a dominar los primeros acordes y arpegios de la guitarra decía “algo me dice que yo soy Lin Angulo” mientras suelta una sonrisa sutil pero con picardía.
La estudiantina volvía a resurgir después de un periodo de silencio en este grupo de estudiantes del 3er ciclo que entre bromas, ensayos frustrados y presentaciones en la facultad, jugaban y alucinaban ser los Kjarkas.
La Facultad de Medicina Veterinaria no tenía una tuna universitaria como tal, pero sí una estudiantina que aunque extinta por determinados tiempos, habían logrado gestionar un local de ensayo finalizando el pabellón del decanato frente a un arbolito de ficus y adquiriendo trajes e instrumentos musicales.
—¡Ensayemos una sayita "Mi Pequeñita" de los Kjaparis! ¡Vamos chicos! —dijo Leo, acomodándose la guitarra y lanzando unos arpegios previos.
—¿Otra vez esa canción?… ya, bueno… pero esta vez no te equivoques en el punteo, pues —refunfuño el loco Andy mientras marcaba los pasos con su bombo andino hecho de cuero de chivo que se había comprado en la plaza dos de mayo en uno de sus viajes a Lima.
—No seas pesado, loco. Leo recién está empezando —dijo Moisés, con la madurez que lo caracteriza trayendo la calma.
—¡Ya pues, ensayemos de una vez! Si esperamos a que llegue Raúl con su "nueva conquista", se acabará la botella de aceite —con voz de burla dijo Eder el gruñón, haciendo una mueca mientras intenta hacer sonar suavemente su charango.
No eran músicos curtidos, y sus desafinaciones lo disimulaban cantando en coro y con el corazón. No había duda: Los Kjarkas los había marcado desde niños, cuando sus canciones sonaban en las radios, en los casetes que reproducen de niños o mientras escuchaban a otras gentes cantar en sus barrios.
El local de ensayos, era un palacio musical que revivía con cada nueva generación y luego quedaba en silencio cuando los egresados partían, esta vez había llegado a ser prácticamente de su propiedad. Frente al arbolito, las melodías perviven y se resisten a morir.
—"Mi pequeñita, mi amor..." —entonó Moisés, marcando los primeros acordes. La melodía salió con compases desalineados, con desafinaciones intermitentes de cada integrante propias de un ensayo, pero la interpretación fue honesta como una respiración compartida.
Y entonces ocurrió.
Desde las inmediaciones del decanato, entre las sombras de sus paredes cuyos retratos plasmados en ellos reflejan rostros de personajes memorables y de veterinarios ilustres, apareció un extraño. Vestía un polo modesto de color blanco y unos jeans rasgado. Llevaba lentes redondos bordeados de color oro que le daban cierto aire intelectual, pero su mirada no estaba allí. Estaba lejos. En otro tiempo, en otro lugar.
—¿Quién es ese personaje extraño? —susurró Leo, mientras continuaba suavemente realizando arpegios con su guitarra.
—No sé, pero creo que nos está mirando grueso —dijo el loco Andy, bajando la tonalidad de su voz que por lo general sonaba fuerte y preparándose para una nueva posible trifulca.
—Loco tu siempre buscando pelea de la nada, capaz es un profe nuevo... o un auxiliar que han enviado del decanato —dijo Moisés.
—¿Auxiliar con cara de poeta? Más parece un bohemio que se escapó de la facultad de letras —imputo Gruñón, rasgueando su instrumento suavemente para que no notaran su intervención.
El extraño hombre no decía nada. Solo escuchaba. Su cuerpo se mecía apenas, como si la saya lo arrastrara a danzar en su recuerdo más lejano. Cuando terminaron de tocar, aplaudió y dio un paso hacia adelante.
—Magnífica interpretación muchachos —dijo, con voz suave, con un acento diferente al resto.
Leo levantó la ceja, aún confundido y le dijo:
—¿Te agradó?
—Sí mucho me trajo recuerdos del altiplano, de mi padre, de mi tierra —respondió el hombre, perdiendo su mirada en todos los integrantes.
En ese instante, Raúl apareció desde la puerta principal de la facultad, con una sonrisa cómplice de quien había tenido una aventura más con alguna fémina.
—¿Y ese? ¿Qué, ya tememos promotor? —bromeó, sin entender del todo el ambiente coyuntural.
Todos rieron. Pero la risa fue breve. Algo había cambiado.
—¿Te sabes alguna canción? —preguntó Moisés, disipando el silencio y generando camaradería.
El extraño asintió. Se acercó con paso lento y tomó el charango de Gruñón, quien lo miró con recelo. Acarició las cuerdas con una familiaridad sorprendente. Y entonces empezó a tocar.
La melodía que brotó no era para nada la de un aficionado. Era limpia, dulce, melancólica y potente. Sonaba a fiesta de la candelaria, a titicaca, a neblina, a pasos sobre las llanuras altiplánicas llenas de ichu. Nadie dijo nada. Solo se limitaron a escuchar y disfrutar fascinados.
—¿Quién eres…? —susurró Leo, sin apartar para nada la mirada de los fantásticos dedos del extraño.
Pero el extraño no respondió. Solo siguió tocando.
Y así, con más canciones que palabras, comenzó la breve historia de los nuevos integrantes de la estudiantina con el extraño Kjarkas a quien ya lo habían apodado así porque no tuvieron tiempo para saber su verdadero nombre.
Nuevamente sin aviso ni preámbulo, el extraño tomó otro instrumento, esta vez la flauta polvorienta que yacía colgada en la pared de los instrumentos, como si le perteneciera por derecho ancestral, y comenzó a tocar de manera repentina “El Árbol de mi destino” de los Kjarkas. Las notas se paseaban por el aire como gaviotas sobre una Isla, removiendo hondamente los recuerdos dormidos en el fondo del corazón de todos los novatos.
El extraño se quitó los lentes para limpiarse la cara con su polo, Leo lo reconoció. Sintió una metanoia. No había duda: era él. Uno de los fundadores de estudiantina, aquel que tocaba la quena como el mismísimo Gastón Guardia de los propios Kjarkas.
Leo no dijo nada. Lo observó en silencio, con esa mezcla de sorpresa y reverencia. En sus años de aprendizaje musical autodidacta, había visto muchos videos en YouTube. Allí estaban los registros videográficos de la estudiantina de la Facultad de Veterinaria, donde aquel extraño salía más joven, más delgado y con un carisma contagioso bailando sonriente mientras se lucía tocando las mejores melodías con su quena.
Hoy, más maduro, con algunos años más, pero con la misma experiencia en sus dedos, tocaba como si nada hubiera cambiado. Nadie parecía notarlo… absolutamente nadie, a excepción de Leo.
A medida que la melodía avanzaba, al extraño comenzaron a caerle unas lágrimas. y sin generar tumulto se las limpió con disimulo, como quien guarda un secreto pretérito. ¿Qué lo habrá hecho llorar? ¿El recuerdo de un amor perdido en aquella facultad? ¿La nostalgia por aquellos amigos que ya no estaban? ¿O simplemente la emoción pura de reencontrarse con la música, con la estudiantina?
Aquel arbolito de ficus, ese mismo que bailaba con las interpretaciones de los Kjarkas, ahora un poco más grande, pero con las ramas siempre inquietas, le susurraba: ¿por qué ya no vienes a visitarme? Aquel árbol había sido testigo de tantas tardes de ensayo, de bromas, de música compartida. Ahí estuvieron alguna vez Ernesto, el Crespo; Javier, el Flaco; Yefry, el Poeta; y Yino, el Gordo hipertenso, como lo llamaban entre risas, con cariño fraternal.
Los tiempos no son los mismos, cambian los rostros y las voces. Aquel extraño, aunque sentía un resplandor del pasado, sabía que nada volvería a ser igual. Uno de sus compañeros “el Flaco Javier” ya no estaba entre los vivos. Y los demás… quién sabe.
Leo, con un poco de ansiedad y nerviosismo, se le acercó por fin.
—Veo que tocas extremadamente bien la quena —le dijo, fingiendo una pregunta eventual.
—Sí… aunque dejé la música por un tiempo, ya sabes que la maestría siempre queda —respondió el extraño, con una sonrisa que no pudo disimular sus ojos tristes.
Leo ya sabía quién era. Pero le preguntó de todos modos:
—¿Qué te trae por aquí? ¿Estás estudiando? ¿En qué ciclo vas?
Las preguntas salieron atropelladas, más por el deseo de conocerlo que por simple cortesía. Quería escarbar en esa historia, en ese pasado glorioso que había escuchado mencionar con reverencia por algunos veteranos de la facultad.
El extraño no era para nada ingenuo. Entendió de inmediato que Leo ya conocía su historia. Y entonces hablaron. No de sí mismos, sino de la música. De la importancia de no dejar morir a la Estudiantina. De cómo el arte, la literatura, la lectura, es el mejor insumo contra la ignorancia. El hombre continuó hablándole con la autoridad que tiene un Tuno con su pardillo u aspirante.
los demás novatos curiosos también se sumaron a la charla del extraño sabio que impartía su conocimiento mientras tocaba uno, otro y otro instrumento, sabía cómo aprender sus mentes, les hablaba de cómo la música les podía llevar al éxito o también al fracaso a la bohemia descontrolada si no sabían manejarla y así entre muchas orientaciones, recomendaciones que los novatos lo tomaban a bien, el extraño recibió una llamada súbita de emergencia que lo hizo despedir tan rápidamente así como su llegada.
Leo no tuvo tiempo de pedirle el número de celular. Quizás creyó que habría otra oportunidad. apenas hubo tiempo para que los novatos levantaran las manos y pusieran sus ojos como unos cachorros que se despiden de su amo teniendo la fe de que mañana o algún día no muy lejano aquel personaje a quien le habían apodado el extraño Kjarkas volviera con ellos y les impartiera su sabiduría.
Pero el tiempo pasó, como pasa el viento entre los algodonales a las afueras de la facultad. El extraño no volvió. Nadie lo volvió a ver. Y poco a poco, su recuerdo se convirtió en un mito. Un sueño grupal, un suspiro musical que pasó por el local de ensayo.
Terminaron la carrera. Se fueron unos, y llegaron otros. La estudiantina quedó en manos nuevas, manos que ensayaban menos, pero que aún tenían la esperanza de que un día, como siempre, volviera a resurgir.
Los instrumentos seguían allí silenciosos en el tiempo. Los trajes colgaban aún con orgullo. en una de las paredes del local de ensayo, el joven arbolito de ficus ahora maduro seguía de pie, saludando con sus ramas, repitiendo en voz baja las melodías que alguna vez se tocaron allí, esperando con la energía de un viejo roble, que algún día llegara aquel extraño, levante una flauta polvorienta y haga llorar, una vez más con sus melodías, a la facultad.





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