El fantasma de la violación
- pedrocasusol
- 25 ago 2025
- 3 min de lectura
Escribe: Jennie Dador Tozzini
A los cincuenta años, el cuerpo femenino acumula distintas y variadas experiencias de violencia sexual. Acosos, pellizcos, exhibicionismo, corridas de mano, masturbaciones, tocamientos en las micros y “piropos” calentones, por nombrar solo algunas; sin olvidar que en tiempos de paz subsisten las perversiones de los conflictos armados, donde en mi país más de cinco mil mujeres fueron violadas. Esto es apenas una muestra del continuum de las experiencias de violencia sexual en la vida de las mujeres, donde el miedo a la violación forja el destino femenino.
Es difícil nombrarlo, peor hablarlo, pero sucedió. En medio de una protesta ciudadana, un hombre de esos grupos extremistas que levantan el lema “Dios, patria y familia”, dedicados a acosar impunemente a periodistas, políticos y defensores de derechos humanos, se paró frente a mí, separados apenas por la barrera humana de escudos policiales, me clavó la mirada e introdujo su dedo en mi vagina mientras gritaba “perra terrorista” y grababa su acto performativo y disciplinador para transmitirlo orgullosamente desde su celular y obtener poder de sus pares varones[1].
Durante más de una hora, en un acto que simboliza una regresión a la masculinidad de los centauros, el sujeto tomó todos mis derechos y me degradó públicamente. Ningún policía hizo ni dijo nada, solo miraban.
Largos meses viví con ese dedo dentro de mí, cada vez que me sentaba, lo hacía de costado para no lastimarme. Yo sabía, como dicen las Tesis[2] que la culpa no era mía, ni de dónde estaba y que el violador era él. Pero el patriarcado es un juez y nuestro castigo por respondonas es la violencia. Simbólicamente había penetrado mi cuerpo, castrando el goce y el placer sexual. Me dañaron. Se había instalado en mí el fantasma del temor sexual hacia los otros.
No quería explicaciones sociológicas sobre cómo se llega a ser un violador y porqué los hombres no se nombran como tales. Quería castigo para uno de los ataques que históricamente sufrimos las mujeres, al ser concebidas como objetos disponibles y anulables. Tenía que denunciarlo. Soy abogada, pero no podía hacerme cargo. Abogados van y abogados vienen.
-Es acoso -decía uno.
-No. Es violencia psicológica -replicaba otro.
-No hubo penetración. No es violación. Se trata de actos obscenos contra el pudor -sentenció el experto.
¡Carajo! ¿Por qué no me escuchan? Esto es una violación ¿Dónde empieza y dónde acaba el cuerpo femenino? No es posible que el Derecho siga estando centrado en el falo, en la penetración física. Pero era cierto, el derecho penal no me protegería. No bastaba con la realización de un acto obsceno que emulara la penetración. Quizás en unos años más el delito de violación comprenda todas las modalidades de connotación sexual, incluso la penetración en el cuerpo digital.
El caso, tantas veces contado en el servicio legal, se había instalado en mi vida y, no era capaz de hacer lo que siempre dije a las mujeres que hicieran: ir a la policía a denunciar, pues pensándolo bien, eso podría significar una nueva exposición al peligro. Qué duda cabe, no tengo la fortaleza de Gisele Pélicot, drogada por su marido y violada por más de cincuenta hombres de su pueblo, quien señaló ante la justicia francesa “Lo hago en nombre de todas esas mujeres que quizás nunca serán reconocidas como víctimas”.
[1] Rita Segato, 2003, las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Bernal, Universidad Nacional de Quilmes; p.39.
[2] Las Tesis “un violador en tu camino”. En: https://www.theclinic.cl/2019/12/10/manifiesto-colectivo-las-tesis-la-culpa-no-era-mia-ni-donde-estaba-ni-como-vestia/





Hola colega felicitaciones por el Texto, inspira a trabajar para lograr que las normas que tenemos fundamentadas en el Perú sean mas afectivas respecto a esta problemática, saludos