El fin del sueño americano
- pedrocasusol
- 4 jul 2022
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Escribe: Pedro Casusol
Tras la bruma blanca de la noche aparece un taxi, un auto como un ataúd de metal, con la inquietante música de Bernard Herrmann que mezcla tambores telúricos y sonidos de saxofón. Es el inicio de “Taxi Driver”, la obra maestra de Martin Scorsese, la travesía del perturbado Travis Bickle por las ruinas del llamado sueño americano, por la crisis moral de una nación destrozada por la guerra de Vietnam, el escándalo de Watergate y la resaca del movimiento hippie. Alabada por la crítica desde su estreno en 1976, se instaló de inmediato en el panteón de las grandes películas de la historia del cine y constituye uno de los mejores papeles interpretados por Robert De Niro.
Traumatizado por la guerra, Travis Bickle busca sacarle provecho a su insomnio y se hace taxista. Recorre de noche los bajos fondos de una Nueva York convertida en una nueva Babilonia, deseando un diluvio universal que limpie de una vez toda esa “basura”, es decir, a todos esos drogadictos, prostitutas y pervertidos que observa desde el espejo retrovisor del taxi que maneja sin rumbo. “Lo único que necesitaba era darle algo de sentido a mi vida”, anota en su diario. A lo largo de las casi dos horas que dura el filme, lo encontrará cuando intente conquistar a Betsy, aquella guapa joven interpretada por la mejor Cybill Shepherd, quien trabaja en la campaña de un senador que aspira a llegar a la presidencia, y cuando decida rescatar a la prostituta Iris, menor de edad adicta a las drogas, encarnada por una jovencísima Jodie Foster.
La historia de “Taxi Driver” es en parte autobiográfica. Su autor, Paul Schrader, venía de arruinar su matrimonio y la relación con la amante por la que lo había echado a perder. Despedido del American Film Institute, sin nadie que lo ayude a salir del hoyo negro, se dedicó a la bebida y a vivir en soledad en su departamento. Por las tardes se levantaba para beber lo que tuviera y daba vueltas en su automóvil hasta caer la noche, cuando se refugiaba en cines porno. Obsesionado con las armas, pasó semanas sin hablar con nadie hasta perder todo contacto humano en un proceso de alienación. Tras conseguir trabajo como repartidor de comida, comprendió que su única salida era el arte. Sentado en su departamento, con un arma cargada sobre la mesa y un ejemplar de “La náusea” de Jean-Paul Sartre, escribió el guion en solo cinco días.
La idea original, sin embargo, nos remonta a Arthur Bremer, quien disparó al candidato demócrata George Wallace mientras escribía un “diario de asesino”, en donde detallaba su soledad y sus motivaciones, algo parecido a lo que vemos en “Taxi Driver”. El aporte de Schrader fue partir de aquella premisa para exorcizar sus propios demonios en medio de la más absoluta soledad, creando para ello a un personaje oscuro y solitario, con tendencias psicópatas. Alguien que decide pasar a la historia como una suerte de justiciero por mano propia, con inquietantes inclinaciones misóginas, fascistas y racistas. Un hombre que es una bomba de tiempo, que conduce un taxi de madrugada, expuesto a todo lo que aborrece y de lo que inevitablemente forma parte.
El guion llegó a manos de Scorsese por intermediación de Brian De Palma, a quien no le cuadraba mucho la historia. Otros eventos afortunados dieron pie a una realización que contó con escaso presupuesto, apenas unos 1,3 millones de dólares, y con el aval de la distribuidora Columbia Pictures. El director italoamericano había saboreado el éxito con películas como “Mean Streets”, donde explora la violencia callejera, o “Alice Doesn't Live Here Anymore”, que le valió un Óscar a la actriz protagónica Ellen Burstyn. Un filme tan violento como “Taxi Driver” era una apuesta alta: la creación de un antihéroe capaz de encarnar las profundas contradicciones del ser humano, un misántropo que repudia a la sociedad porque no puede adaptarse a ella, que fantasea con la idea del héroe y que se deja llevar por sus prejuicios, desnudando las miserias del sueño americano.
El punto de quiebre ocurre una noche en que un pasajero, interpretado por Scorsese, lo lleva hasta una calle para contarle que va a asesinar a su esposa, quien lo engaña con un negro. Aquella idea infecta la psiquis del protagonista, que se descompone como una pastilla efervescente en un vaso de agua. Se le ocurre asesinar al senador Palantine, el aspirante a la presidencia al que tanto admira Betsy. Para ello, se compra un arsenal de armas, empieza a prepararse física y mentalmente, ensaya frente a un espejo con una de las más famosas líneas de la historia del cine: “You talkin' to me?”. El día del atentado se presenta en un evento público del candidato con un corte mohicano, antecedente de la estética punk, pero es descubierto y tiene que huir. Entonces cambia de idea y decide asesinar al proxeneta que explota a Iris, dejando una estela de sangre a su paso.
El final de “Taxi Driver” es perturbador. Travis termina convertido en un héroe popular, aupado por los medios y por la sociedad a la que aborrece. Es lo que hace Scorsese en algunas de sus películas: deja que sus antihéroes se salgan con la suya. Lo cierto es que el filme constituyó un tremendo éxito, se hizo de la Palma de Oro en el festival de cine de Cannes y fue la consolidación del director como uno de los grandes de su generación. No ganó ningún Óscar porque Hollywood debe de haber odiado “Taxi Driver”. Pensemos que 1976 fue el año de “Rocky” de Sylvester Stallone, la historia del boxeador de pocas luces que consigue superarse cada vez que la vida lo pone contra las cuerdas. Años más tarde, Scorsese grabará su oscura respuesta cuando nos cuente la violenta vida de Jake LaMotta, pero esa ya es otra película.





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