El graduado
- pedrocasusol
- 28 may 2025
- 4 min de lectura
Escribe: Roberto Zamalloa
A inicios del verano del 86, el sol comenzaba a calentar el sofocante aire de Lima.R, camino a su trabajo, iniciaba su travesía por la Calle Julio C. Tello hacia la Av. Arequipa para tomar el colectivo que lo trasladaría al MTC.
Durante el gobierno militar del Gral. Velazco, el MTC en el año 1979 publicó una convocatoria solicitando Bachilleres de Arquitectura para trabajar en la Dirección General de Caminos. Se presentaron bachilleres de las universidades UNI, Villareal y de la Richi. Todos presentaron su CV, rindieron pruebas de dibujo y entrevistas personales, con la esperanza de ser uno de los elegidos e iniciar sus labores profesionales.
En los días previos al anuncio de los resultados, la esposa de R se entera por un contacto que tenía en el MTC que la convocatoria solo era para regularizar el contrato con el bachiller M que era hija de un ingeniero que trabajaba en el MTC.
Para comunicar los resultados de las pruebas citaron un sábado en la mañana en el 4 piso del MTC. R y los demás bachilleres, incluida M, se encontraron en el hall de ascensores. M por supuesto con una sonrisa que contrastaba con los rostros serios de los otros, con la esperanza de ser uno de los elegidos. Sin embargo, R se mostraba sereno, tranquilo, pensaba: ‘’qué cojudos somos, creer que los militares harán un proceso limpio y transparente’’.
En las siguientes semanas, R consiguió una entrevista con el director de Estudios y Diseños, el ingeniero JMP. Lo citaron una mañana a su oficina, se presentó vestido de manera casual, no le gustaba usar terno, menos ponerse corbata, total era para trabajar de dibujante. La secretaria lo hizo pasar a una sala de espera, se sentó en una silla de madera a esperar que lo llamen. Nervioso, le sudaban las manos, impaciente, le temblaban las piernas, era la primera vez que buscaba trabajo en una oficina, después de una espera que desespera, lo llamaron.
Ingresó al despacho del director, se presentó y se encontró una persona de rostro serio, voz fuerte y de tono alto, le dijo: “Usted es el recomendado del Dr. Baca, gran amigo mío’’. Sin más trámites, le dio a R la tarea que consistía en diseñar la carátula de un estudio de carretera en la selva. Le indicó la mesa en la que realizaría la tarea y le entregó los útiles: plumones, lápices, borradores y una hoja en blanco. La mente de R se puso en blanco, y se preguntó ‘’por dónde empiezo”, recordó en ese instante los viajes por la carretera central camino a Huancayo, manejando la Isuzu junto a su hermano, serpenteando las quebradas, ríos y a dibujar se ha dicho.
Pasó la mañana como un torbellino, totalmente absorto en el dibujo, llegó el mediodía y dijo: ‘’Ingeniero, he terminado’’. Le entregó la carátula, la revisó y vaya sorpresa, con una sonrisa en los labios dijo: “excelente, venga para acá” y lo llevó a la oficina de proyectos, presentándolo a la ingeniera Pilar como el arquitecto R, indicándole que hoy comienza a trabajar en esa oficina, le dio la bienvenida y le estrechó la mano. Desde ese momento tuvieron una química que los acercó como dos profesionales preocupados por el trabajo a realizar en el sector público.
Pilar lo saludó y lo llevó a conocer su lugar de trabajo, un tablero de dibujo forrado en papel milimetrado de color verde y oh sorpresa estaba al lado de M, que fue seleccionada en el proceso trucho. Lo miró con sorpresa, como diciendo ‘’¿y este qué hace aquí?’’.
Nunca tuvieron una buena relación.
Su cargo fue Técnico de Ingeniería, cargo que lo acompañó durante 7 años, logrando en ese tiempo destacar en temas que lo apasionaban como la seguridad vial, razón por la cual lo nombraron jefe de la planta de señales del MTC, ubicada en el Km 24.500 de la Panamericana sur, con camioneta y chofer a su disposición.
Como jefe tenía relación directa con el Viceministro de Transportes, a quien le informaba semanalmente el avance de la producción de señales. En una de esas reuniones, en el despacho del VMT, se encontraba el DGC (Director General de Caminos) quien recibía las señales que se producían en la planta para su distribución a nivel nacional. Le alcanzó el informe que había preparado y firmado como arquitecto, el DGC lo revisó y preguntó si era arquitecto colegiado, él era padre de un arquitecto famoso. Le contestó que no. Su respuesta fue bastante dura y soltó una frase que hasta ahora retumba en sus oídos: “Usted está haciendo un uso ilegal de la profesión, no vuelva a firmar como arquitecto, que sea la última vez”. El VMT se quedó sin decir palabra alguna y R, mudo, desconcentrado y muerto de vergüenza.
Pasaron los días y el VMT convocó a R a una reunión con el ministro. R se preguntaba qué podría ser, tal vez pediría su renuncia, pero no fue así. Lo presentó al ministro como el jefe de la planta de señales y le dijo que era sólo bachiller y se requería que para el puesto sea arquitecto colegiado. El ministro miró a R, puso su mano en su hombro derecho y le dijo: “acompáñame” y se dirigieron a la sala de sus asesores. Les expuso su caso y les preguntó: “¿cómo podemos ayudar a este muchacho a graduarse como arquitecto?, porque plata no hay”. La solución fue darle 6 meses para trabajar su tesis a tiempo completo y con una secretaria y un dibujante a su disposición.
Dicen que en octubre no hay milagros, pero en Octubre del 86, R, después de meses de esfuerzo, dedicación y del apoyo de muchas personas, se graduó como arquitecto.





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