El hombre de la gabardina negra
- pedrocasusol
- 9 sept 2025
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Escribe: Francisco Dahoud
El viejo Bertolt llegó a su penthouse y el hombre de la gabardina de cuero negra se encontraba junto a ella.
—¡¿Qué carajo haces acá?! —exclamaba un iracundo Bertolt mientras punzaba el piso con su bastón.—Tranquilo, mi amor… —Mimi, con un tono de voz condescendiente, intentaba calmarlo.
—Pero… ¿qué hace él acá? —señalando al hombre.
Mimi miró hacia ambos lados.—¿A quién te refieres? Aquí solo estamos tú y yo —le respondía balbuceando, mientras su mirada oscilaba entre pena e intriga.
Bertolt era un hombre de rutina. Por las mañanas disfrutaba del espresso servido por Mimi mientras leía su diario, sobre todo el apartado de finanzas, con la esperanza de que los movimientos bursátiles hubiesen sido positivos.
Su sagacidad en la bolsa lo había llevado a amasar una copiosa fortuna. Con apenas doce años llegó a Nueva York, huyendo de esa devastada Alemania de la posguerra. Se ganaba la vida lustrando los zapatos de los ejecutivos de Wall Street, mientras recibía auténticas clases magistrales extraídas de las charlas de los corredores. Así, poco a poco, se abrió camino en ese mundo.
Aunque Bertolt era un octogenario, ese tercer puesto en la revista Forbes lo hacía bastante atractivo para diversas mujeres, que se le pegaban como polillas a la luz. El viejo zorro no se dejó llevar por las siliconas y tuvo tino para escoger.
A Mimi la conoció en el consultorio de su psiquiatra. La introvertida mujer, de lentes gruesos y cuerpo menudo, se perdía entre los files y el counter de la recepción, pero Bertolt la distinguió a través de esa ruma como la compañera indicada. Aunque apenas rondaba los treinta años, con paciencia y acertados agasajos, después de unos meses la logró conquistar.
El viejo llevaba tiempo frecuentando al psiquiatra, que solo le servía como expendedor de ansiolíticos. Entre el día a día de la bolsa y la imagen que aparecía al apoyar su cabeza en la almohada —la inquisidora Gestapo persiguiéndolo— le era imposible conciliar el sueño sin sus dos dedos de McCallan y la milagrosa pastilla, previamente acomodada en su mesa de noche por la servicial Mimi.
Estos ataques de ansiedad lo ponían violento. Muchas noches despertaba de madrugada a la sumisa Mimi, que no encontraba las palabras para controlar los arranques del viejo y solo aguardaba hasta que el cansancio lo calmara.
Cierta mañana, Bertolt se dirigía a su oficina y descendió al lobby del edificio. Al abrirse el ascensor, se lo cruzó por primera vez: un atlético hombre, de porte militar, ojos de hielo, rostro pálido e inexpresivo, con un sobretodo negro —igual al que usaban los oficiales de la Gestapo—, entraba en la misma cabina que el viejo acababa de abandonar.
El pobre anciano entró en pánico. La presencia de ese hombre lo transportó a sus traumas de niñez, esa persecución en la que él apenas pudo escapar, dejando a su familia que no corrió con la misma suerte. Comenzó a hiperventilar, su corazón parecía desbocarse del pecho, el conserje, atento a la situación, fue en su auxilio y lo sostuvo justo antes de que se desplome.
—Solo fue un ataque de ansiedad, eres un viejo duro de mierda. —Le decía sonriente su doctor de cabecera y único amigo.
—Ya anda nomás —Le señaló la puerta con desdén un Bertolt echado en su cama, mientras hurgaba en su mesita de noche buscando sus pastillas.
Pasaron las semanas y Bertolt veía con recurrencia al enigmático sujeto: al cruzar la pista, a través de la ventana en la oficina contigua, comprando el periódico, en el supermercado… en cualquier sitio que frecuentaba el viejo, ahí estaba.
Su salud se iba deteriorando. Mimi hacía lo imposible por atenderlo, subiendo la dosis de los ansiolíticos, y por unos días parecía que las pastillas habían hecho efecto. Hasta que cierta noche llegó a su casa y encontró parado al sujeto tras el sofá en donde Mimi descansaba.
—¡¿Qué carajo haces acá?! —exclamaba un iracundo Bertolt mientras punzaba el piso con su bastón.—Tranquilo, mi amor… —Mimi, con un tono de voz condescendiente, intentaba calmarlo.
—Pero… ¿qué hace él acá? —señalando al hombre.
Mimi miró hacia ambos lados.
—¿A quién te refieres? Aquí solo estamos tú y yo —le respondía balbuceando, mientras su mirada oscilaba entre pena e intriga.
Bertolt se quedó agazapado, buscando explicación, mientras Mimi solo atinaba a frotar su espalda. Así se mantuvieron juntos toda la noche, postrados en esa acogedora alfombra de alpaca. El pobre anciano temía hasta moverse.
A la mañana siguiente Mimi se comunicó con el psiquiatra y lo citó en el penthouse. A las pocas horas llegó, y el diagnóstico fue claro: la ansiedad de Bertolt había derivado en esquizofrenia. El doctor, sin chistar, recomendó internarlo en un sanatorio. Por su condición era lo mejor tenerlo un tiempo bajo control. El viejo, desesperado por encontrar liberación ante su tortuosa situación, acató la recomendación.
Mimi llegó al consultorio del psiquiatra y el doctor se encontraba con un paciente. Sin importarle, irrumpió en el consultorio. El paciente no era otro que el hombre de la gabardina de cuero negro.
—Ya hace meses que te estamos esperando —reclamaba el doctor.—No podía extraer de la cuenta esa cantidad de dinero sin levantar sospechas —respondió Mimi, aventándole dos bolsos y, sin despedirse, con arrogancia se retiró. Aquella introvertida mujer parecía que nunca hubiese existido.





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