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El hombre feliz

  • pedrocasusol
  • 19 may 2025
  • 5 min de lectura

Actualizado: 15 jul 2025

Escribe: Margot Orozco Delgado


Amanece en Caja de Agua, desde las 5 de la mañana, la temprana luz se funde en las pupilas de los fantasmales habitantes, de aquellos que parecen despertar sin esperanza. La estación del tren es su epicentro, en esta sucumben diferentes formas de ser, intereses, deseos, voluntades, angustias, iras, tristezas y algunas pocas veces, alegrías, pugnando todas por existir. Un ir y venir, un sutil intercambio de personajes en el gran escenario: empujando su carretilla aparece la vendedora de desayuno, ofreciendo su pan con huevo y agua de maca; muy de cerca, van retirándose a sus bastiones de descanso, las que por la madrugada ofrecieron sus cuerpos y caricias; hacen su aparición despeinados, grises, arrastrando sus pieles, los que deben embarcarse a lejanos y pesados trabajos, centros de estudios u otras formas y lugares que den sentido a sus vidas; despiertan legañosos, halando cartones y trozos de tela, frazadas hediondas, buscándose un nuevo lugar en donde posar sus vidas, al menos hasta que vuelva a dormir la ciudad; poco a poco se va poblando la estación, cada vez más apurados, más lejanos unos de otros. Cuando la tenue luz grisácea empieza a invadir y hacerse inevitable; como ola que aplasta, las personas aparecen de todos los recodos, para unos, lugar de tránsito, desesperados precipitan su andar para no llegar tarde a algún lugar; para otros en su centro gravitacional, donde ofrecen comida, golosinas, periódicos, libros, carteras, bufandas, crucifijos, papelitos de colores, extraños polvos, viandas diversas a gusto de cada quien.


Cada mañana, entre las seis y ocho, Juvencio hacia posesión de un espacio, de un huequecito a las afueras de la estación del tren de Caja de Agua. Los últimos dos años había sido así, había probado con “estaciones más pudientes” como la Cultura o San Borja, pero ahí sus adorables marionetas y papelitos de colores no eran apreciadas; estas eran invisibles y Juvencio también. A fuerza de risas muecas, bailes descoordinados, chistes sin gracia se había ganado un lugar, había logrado ser estimado y extrañado por toda la milicia de vendedores ambulantes y viandantes que se apostaban a la hora punta. Su entrañable boca desdentada, su peluca afro multicolor ya descolorida, su nariz de payaso de la que brotaba una engañosa gota de gomosa que subía y bajaba, su bata de blanco amarillento, sus pies calzados no por los enormes zapatos que podrían esperarse de su atuendo, sino en lugar de ello, de unas antiquísimas sandalias que eran sujetadas a sus pies con tiras o cordones de quien sabe que otro fantasmal vestuario; todo Juvencio, toda su humanidad, emergía como el único ser luminoso que desentonaba, festivo, querible en aquella ceniza estación.


No lo conocían como Juvencio, sino como el abuelo “sonrisas”, en clara ironía a su falta de dentadura. Nadie sabía cuántos años tenía, podía tener sesenta, setenta, ochenta y otros osados incluso apostaban que noventa. Cuando alguno se atrevía a preguntarle por su edad, Juvencio tenía como jocosa respuesta:


 —Todos los años, igual que ayer, menos que mañana—, y estallaba de risa, dejando ver sus encías grises, encogiendo su rostro como una rosa marchita, hasta hacerse un amasijo informe de arrugas.


Tampoco sabían dónde o con quién vivía, siempre llegaba ataviado de su traje de abuelito feliz, cargando consigo una caja de chicles colgada con una raída cinta al cuello repleta de papelitos de colores y en sus manos, a Ruperto y Mamerta. Que eran dos marionetas hechas con medias, casi a imitación estrafalaria del portador de estas.  Con la sonrisa en la boca y presentando a sus dos muñecos, saludaba cortés y diligentemente a cada una de las personas que a esas horas esperaban en la cola para entrar en la estación.


—Buen día caballero (o dama) —inclinaba levemente la cabeza y el cuerpecito de las marionetas—es hora de sacarle una sonrisa­—y mostraba impúdico, su boca sin dientes.


Era imposible para el interlocutor, tan siquiera no esbozar una sonrisa. Hasta el más árido, amargado e indiferente lograba al menos robarle una mueca.


—¿Acepta?, miraba socarronamente a su virtual cliente, expectante de alguna reacción.


—Aquí le tengo un regalito, que espero aprecie. —Ruperto zangoloteaba en la cara del potencial parroquiano. Mientras Mamerta señalaba la caja llena de papeles de colores.


—Le ofrecemos risas aseguradas, cien por ciento originales—replicaba Juvencio.


—¿Qué hay en la caja? —curiosos le respondían.


—Mi obra—Juvencio socarronamente contestaba.


—Son chistes, son bromas— bailoteaban felices Ruperto y Mamerta en sus manos.


—¿Cuánto cuestan?—  a veces sin mucho entusiasmo respondían.


—Le podría decir su voluntad, pero en ocasiones la voluntad es muy poca—reía Juvencio con sus ojos cansados.


—Ahora lo ofrecemos a cincuenta céntimos cada uno, pero si lleva dos se lo dejamos a un sol—decía Mamerta en una mano, Ruperto se reía en la otra, mientras Juvencio bailoteaba.


El sorprendido y casi siempre impaciente marchante a veces le daba menos de los cincuenta céntimos a manera de donación, pero sin recibir el papelito de color. Algunos pocos, le entregan el precio dispuesto y recibían a cambio un chiste inocente impreso, del tipo: “Amor, dime algo bonito que me haga ver las estrellas (firma el telescopio) jajajaja. Sonríe que te estamos observando”.


—Es de mi autoría—replicaba orgulloso Juvencio— cien por ciento risas aseguradas —finalizaba su venta.


Cuando Juvencio dejó de aparecer algunos días, todos -pasajeros, vendedores, habitantes de la estación- temieron que la feroz pandemia, pudiera haber estirado su huesuda mano y dado con él. Tristes se preguntaban entre ellos, qué sabían del “abuelo sonrisas”, lamentando su supuesto fallecimiento. Pero no, a las semanas el “abuelo sonrisas” aparecía, un poco más flaco y encorvado sí, pero con la caja nuevamente llena de sus papelitos de colores; aunque Ruperto ya no estaba. Cuando le preguntaron entre bromas por él, solo atinaba a responder con una triste sonrisa:


—Se fue a mejor vida.


Los días, las semanas, los meses, los años se fueron acumulando, como triste melodía de una pieza de piano, cada pulsación las iba apagando, trastornándolos en un preludio violento, turbio, velado. Juvencio dejó de ser novedad, menos entrañable, menos estimado, menos feliz. Hubo temporadas en los que él, Mamerta y sus papelitos de colores no aparecían por la estación y eran pocos los que ya preguntaban por él, a nadie importaba.


**


Cada día, la estación era un hervidero, las personas bregaban por ingresar, entre empellones y empujones inmisericordes, sin respeto. Juvencio daba tumbos entre unos y otros, enfrentándose a malas caras, siempre con su desdentada sonrisa.


De pronto, un relámpago seco, un estruendo violento arrasó aquel universo. Despavoridos como manada en peligro, huían, corrían sin control, entregados al caos, al pavor de la muerte segura. Un balazo, dos, tres. Luego, silencio.


Al día siguiente, en primera plana, la fotografía de la estación tiroteada. Un titular: “Terror en estación Caja de Agua”. Un bulto, a todo color, una media yaciente, bañada en sangre, y alrededor, papelitos de colores, como único tributo y ajuar funerario.



 

 
 
 

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