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El Jefe

  • pedrocasusol
  • 7 sept 2024
  • 6 min de lectura

Escribe: Nino Ramos


En una calle cerca del muelle, Filipo, Simón y Rufo acorralaron a Gabriel. Este suplicaba no ser incluido en la tripulación del Jefe pues continuaba aterrado desde la última vez que le sirvió. Filipo y Simón se negaron.


—El Jefe está buscándote, ¿sabes que necesitamos tripulantes, cierto?


—Filipo, por favor, no me lleven. Ya no quiero volver a escucharlo. De solo recordar su voz se me congelan los huesos. Hey, Simón, dile al Jefe que no me encontraron, por favor —suplicó de rodillas.


Gabriel empezó a llorar. Filipo y Simón lo vieron con asco. Rufo, a un lado, contenía la risa.


—Hey, rufián —dijo Filipo agarrándolo del cuello—, le estás debiendo dinero al Jefe. Esto no es tan sencillo como echarte a rogar, desgraciado.


—Por tu deuda tienes que ir, nadie en su sano juicio seguiría al Jefe salvo nosotros que estamos locos —Simón se rio en la cara de Gabriel.


—Lleven a otro por favor, a otro.


—Escúchame, cobarde... Hoy Rufo te esperará en el bar de Barbas, si no apareces le dirá de esto al Jefe, y de seguro mandará a que te corran de todos los muelles. Mira a lo que te atienes.


—Por favor, Filipo…


Filipo le escupió cerca de los pies, Simón y Rufo hicieron lo mismo y se marcharon.


—Y eso fue lo que pasó. Gabriel se quedó llorando en el piso —Rufo hizo una pausa para reírse llevando ambas manos a su barriga. Luego se detuvo y se acodó en la mesa para decir entre carcajadas—: Y se orinó cuando le dijeron que tenía que ir con el Jefe.


La mayoría que lo escuchaba se reía sin consuelo; sin embargo, algunos, muy azorados, tragaban saliva imaginando lo que sería estar en la misma situación que Gabriel; y otros, imbuidos de la valentía del licor, resoplaban excitados al imaginar su defensa.


—No puedo creerlo —dijo alguien apenado. Luego, todo siguió el orden natural de los bares de puerto.


—¡Tráiganme dos botellas más!


—¡También dos más para acá!


—¡Y yo quiero otra ronda de muslos fritos!


—Esta fue la cara de Gabriel —Rufo simuló un llanto exagerado—. ¡Y se orinó!


Las risas, los sustos y los resoplidos se repitieron. En medio del barullo una voz áspera sobresalió.


—¡Hey, por aquí, te estoy esperando! Le das preferencia a esa tira de vagos.


—Ptz, ptz, hey… ese es Herman, la mano derecha del Jefe.


—Mmm, se ve imponente, además de atractivo.


—Hey, Lucy, más atractivo es el gordo Henry. Míralo, está en la otra mesa…


—¡Ay por favor, Ramón!


—¡Hey, te sigo esperando!


—Sí que es un cascarrabias, pero creo que sin ese carácter a duras penas sobreviviría al Jefe.


—Aquí está su bebida, señor Herman. Y un plato de costillas por la demora… disculpe.


—¡Trae acá!


—¡Hey, Beny! ¡Toca algo más alegre! ¡Mañana zarpa el viejo Herman!


—¡Sí!


—¡Sí!


—¡Sí!


—¡A la orden, caballeros!


En ese momento la puerta del bar se abrió. Apenas ingresó el Jefe todos los gatos se volvieron a ver y callaron. Tenía el pelaje negro y en su barbilla llevaba una mancha gris que en los días festivos se pintaba de blanco. Dio algunos pasos en dirección a la barra y se detuvo para mirarlos de canto a canto. Todos clavaron lentamente sus ojos en las mesas.


—¿Qué pasó, les comió la lengua un ratón?


Todos en el bar se rieron.


El Jefe continuó su recorrido y se detuvo a lado de Herman. En los años de servicio sumó cicatrices en el pecho que conmovían a los novatos. Pero lo que más retumbaba, en el valor de aquellos aspirantes, era que uno de sus ojos hacía juego con el color de su barbilla. Aquellos muchachos, creyentes de que esas cicatrices de guerra podían darles fama entre las felinas, se rasguñaban por cuenta propia para lucir intimidantes. Sin embargo, no todo era color de rosa en el historial del mayor de los gatos, pues era odiado, quizás con justicia, por muchas felinas que dejaron el muelle cuando se convencieron de que el indómito Jefe le pertenecería siempre al mar y que nunca envejecería a lado de alguno de sus hijos. Ahora se encontraba sin familia, pero con un vicecapitán y la noche en la que su nueva tripulación lo acompañaría otra vez al mar. 


—Jefe, Filipo y Simón no vinieron porque usted los mandó a descansar temprano —dijo Rufo.


—Sí, lo sé. Yo dije eso —contestó sin mirarlo.


—Jefe, Gabriel lloró como un niño cuando los hermanos lo amenazaron. Ja, ja, ja… creo que no vendrá.


—Ya no tendrá que preocuparse por aparecer.


—¿Puedo ir con ustedes?


—¡Aún eres un mocoso, Rufo! ¡No tienes nada que hacer acá! ¡Ve con tus amigos! —respondió mirándolo con enojo.


—Sí, señor, como usted diga.


Rufo se marchó asediado por la carcajada del resto de los gatos. El Jefe se volvió a Herman:


—¿Quiénes son los aspirantes?


—En la tarde se unieron Henry y Lucy.


—¿Lucy?


—Sí, está en la mesa de Ramón.


El Jefe volteó a verla. La gata guiñó un ojo.


—Necesitábamos una enfermera.


—Sí, por eso le dije que estaba adentro.


—Entonces nos falta uno.


—Aquí está su orden, Jefe. Rata al vapor con patatas fritas y orégano en polvo, y también una copita de ron.


—Gracias, Felipe.


—Por cierto, Jefe, en la mesa de Henry hay un nuevo que quiere unirse. En la tarde me abordó en el muelle, no pensaba considerarlo, pero como el cobarde de Gabriel no aparecerá, tendrás que verlo para ver si te gusta.


—Hey, Henry, ¿ese es el Jefe?


—Sí, Manchas.


—Sí que es imponente.


—Lleva en el puesto ocho años y dicen que la reina lo condecorará tarde o temprano.


—¡Wow! ¿Crees que algún día llegue a ser como él?


—¿Qué cosa? Se ve que no conoces al Jefe.


—Entonces, Herman, ¿qué esperas para llamarlo?


—Primero quiero que hablemos de las provisiones. Esta vez el cabo Raymond ha limitado las raciones de carne.


—¿¡Qué!? ¡Pero si solo iremos siete!


—Me dijo: «Las ratas se quedan con ustedes, ¿para qué quieren más carne?».


—¡Ese hijo de perros! ¿Lucy sabe cocinar?


—No lo sé. ¡Hey Lucy, ven acá!


—Henry, me uniré a la tripulación, ya lo he decidido. Mi madre me mencionó que como su hijo debo ser tan fiero y resistente como él. ¡Quiero demostrárselo!


—¡¿Qué?! ¿Su hijo?


Henry crispó el pelo y tomó su trago de golpe.


—Hey, Manchas… No… no… no… no me vengas con con esas cosas… Cualquier gato de tu edad puede ser hijo del Jefe. ¿No sabes la fama que tiene?


—Sí sé cocinar, mi Jefe, y también puedo ayudarlo con su baño. Ese mentón lo tendrá siempre limpio.


—Buena elección, Herman.


—Gracias, Jefe.


—Lo sé, Henry. Pero seré el único que se atreverá a decírselo de frente.


—No seas payaso, Manchas. Así como tú han aparecido muchos y a todos los mandó a castrar.


—¿A castrar?


—Sí…


—Bueno, yo tengo algo que él no podrá negar.


—Herman, ve por el muchacho.


—Enseguida, Jefe.


—Manchas, ahí viene Herman, mantén la calma.


—Hey tú, novato. El Jefe te llama.


—¿A mí?


—¿A quién más, carajo? ¿No eres tú el que quiere unirse a nosotros?


—¡Sí, señor!


—Sabrá el Diablo en lo que te metes, muchacho.


Manchas y Herman caminaron hacia la mesa del Jefe. Para ese momento solo quedaban algunos gatos. Al día siguiente Gabriel no aparecería por ningún lado.


—Aquí está, Jefe.


—¿Cómo te…?


—Jefe, soy…


—¡Jefe, Jefe!, ¡yo también voy con ustedes, no se olvide!


—¿Y qué haces ahí?, ¡ven acá!


—Disculpe, Jefe.


—¿Henry, conoces a este muchacho?


—Sí, Jefe. Se llama Manchas.


Herman y Lucy se rieron.


El Jefe, dirigiéndose a la barra, dijo:


—¡Hey, Barbas! ¡Se llama Manchas ¿puedes creerlo?!


—Se ve que su padre lo quiere mucho.


—O lo odia —agregó Herman.


—Muchacho, ¿qué te anima a embarcarte en mi tripulación?


—Quiero darle una mejor vida a mi madre y también quiero probar de lo que estoy hecho.


La expresión del Jefe cambió. Miró hacia su pequeña copa y la terminó de un sorbo.


—¡Hey, Barbas! El Manchas dice que…


—¡Cállate, Herman!


Se hizo un silencio marcial en el bar.


Al parecer, lo que dijo Manchas removió algunos de los recuerdos del Jefe. Este se reclinó en la silla, lo miró a los ojos y el muchacho no se perturbó.


—Herman, Henry, Lucy, Manchas, vayan a dormir. Mañana salimos temprano.


El Jefe se quedó en el bar. Herman y Lucy treparon a un techo contiguo. Henry y Manchas conversaban de camino al muelle:


—Si le decías que eras su hijo nadie te hubiese creído.


—No te preocupes, Henry. Algo me dice que mi padre ya sabe quién soy.



 
 
 

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