El lorna
- pedrocasusol
- 25 ago 2025
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Escribe: Artemio Polo Príncipe
Cuando ingresó el profesor, de un salto, todos nos pusimos de pie; solo Ramírez permaneció sentado en su carpeta, sobándose la cabeza. Las lágrimas se divisaban en sus ojos, pues la patada que le dio en el bajo vientre el negro Cava, lo dobló, dejándolo sin aire; y el bastonazo en la testa lanzado por Jorge Cabrera, el brigadier del aula, le causó un intenso dolor que no paraba de rascarse.
–¡Por qué no te levantas!, ¡acaso no te han enseñado a saludar! – le recriminó el profesor.
Ramírez solo atinó a pedir disculpas, irguiéndose con dificultad.
–¡Siéntense!, enseguida ordenó el profesor, ¡Menos tú! ¡Vendrás y te quedarás aquí de pie!, ¡hasta que termine mi clase!
A decir verdad, desde ese instante al cholo le jodieron la vida. Siempre fue el tonto del aula; más con lo que pasó, aumentó aún más su fama de lorna, pasando de los insultos, a recibir golpes, si hasta el sano de Gutiérrez le había cogido de punto. En tono de joda a la hora de recreo los palomillas del aula comentaban que Ramírez era de Mongolia, país exótico de Asia, donde a sus pobladores se les conoce con el gentilicio de mongoles, causando estrambóticas carcajadas en los presentes. El cholo, no aguantó un día más tanto hostigamiento y optó por abandonar el colegio.
Estaba en segundo de media cuando pasaron los hechos; aquellas tardes los recreos ya no eran los mismos, su ausencia se hizo notar.
Sin alardes, creo ser el único que le llamaba por su apellido, aunque para muchos fuese un bobo de nacimiento, con su peinado “lambidito de vaca” y ese cuerpo de lagartija que causaba gracia a todo aquel que lo viera; sin embargo, así lo respeté.
En vacaciones de medio año lo encontré un par de veces por el mercado, moviendo la cabeza, en sigilo, me saludaba el inefable; ahí me enteré que estaba ayudando a una tía en su pequeño puesto de frutas; mas al año siguiente lo desconocí, pues había desarrollado en estatura y andaba con “unos patas” de unas fachas (quienes llevaban aretes en las orejas y tatuajes en los brazos), en cuyos rostros se reflejaban la maldad; pero de allí, le perdí el rastro por mucho tiempo.
Una tarde, cuando estábamos en quinto de media, Cabrera llegó todo pálido, como si hubiese visto al mismísimo diablo en persona; allí nos enteramos que se había topado cara a cara con el cholo, quien ya era conocido en el mundo del hampa con el alias del loco Miller, cabecilla y líder de la banda: los “Pulpos”. Nadie supo cómo llegó a parar allí, pero su nombre ya había salido en las portadas de los diarios de la ciudad, donde lo sindicaban como el autor de una veintena de robos a mano armada y del asesinato de por lo menos tres taxistas, todo sin haber cumplido la mayoría de edad. Así, es como fue a parar al reformatorio de la floresta y de allí trasladado a Maranguita, en Lima; pero ahora que volvió, su vida había dado un giro de 180 grados, pues se le veía bien vestido con ropa de marca y luciéndose cada semana con chicas lindas en la discoteca: siendo el ídolo, aunque negativo, pero ídolo en fin de los adolescentes de todo el distrito, quienes lo mirábamos con respeto y admiración.
Nunca supimos la conversación que sostuvo Cabrera con el loco, pues a la semana se marchó sin despedirse; así, como nuestro profesor mencionado al inicio de la historia, pidió su permuta, a un pueblito recóndito de la sierra, perdiéndose para siempre de nuestra vista.
A Ramírez, al cholo, al loco, al pulpo, al Miller…, ya no sé cuántos sobrenombres tenía ese infeliz, siempre lo veía por las calles en su Harley, acompañado de unas flacas, o a la salida en la puerta del cole, a la espera de una nueva víctima.
Siempre escuché a mi abuelo decir: “El perro se come la mejor carne”. Y no pude descifrar su significado; pero con el loco, comprendí que lo prohibido y la maldad atrae a las mujeres; chicas de buenas familias, de prestigiosos colegios fueron sus enamoradas y mucho más. Y no es que el loco fuera un pata con pinta de actor, nada que ver, simplemente era el delincuente juvenil de moda, y eso las atraía como las flores a las abejas.
Si tuviéramos el don de pronosticar el futuro, nos sería más fácil soportar el dolor, las desdichas y sorpresas que nos depara; nunca pasó por nuestra mente que la tragedia golpearía a nuestras vidas, marcándola para siempre: ocurrió a una semana de la fiesta de promoción, cuando a Cava lo encontraron tirado en un descampado como un bulto, cubierto de un manto de moscas que zumbaban sobre él (ahí comprendimos porqué Cabrera se marchó sin despedirse); y luego de cierto escándalo y ser titular de las noticias, al pasar los días, todo quedó como siempre, en el olvido.
Hoy me desperté temprano, mi superior llamó a casa, me pide apersonarme en seguida al auditorio de la municipalidad; pues el vice ministro del interior José Ramis, llega a las diez de la mañana a inaugurar el seminario de seguridad ciudadana. Ingreso al municipio y todos mis colegas, sentados, esperan el inicio de la conferencia. Tomo mi lugar en la última fila. De pronto, rodeado por las autoridades de la ciudad, aparece el vice ministro; joven aún, de unos cuarenta años, como yo, luciendo elegantemente un peinado raya al costado; al instante, nos saluda y comunica el motivo de su visita. Acabada su disertación, las cámaras y micrófonos compiten por estar lo más cerca al funcionario, para la mejor toma o respuesta; pero son frenados por su seguridad que, cual pared humana forman un pasadizo por donde transita raudamente.
Pasado el barullo, suena mi celular, me extraña volver oír a mi jefe, quien solicita mi presencia urgente en la oficina del canal, es para una entrevista, dice escuetamente, sin dar más detalles.
Al llegar, sorpresa causa en mí la presencia del viceministro junto a mi jefe, al verme se ponen de pie, y efusivamente me saludan con un apretón de manos; después de un corto diálogo, sobre la seguridad de la ciudad, me quedo a solas con el político; cuando al escrutarlo por algunos segundos, un presentimiento me embarga, como si estuviera ante alguien conocido.
–¿Qué pasa promoción?, ¿acaso no te acuerdas de mí? – me dice sonriente.
Estupefacto, reconozco ese peinado lambidito de vaca y la cara de cojudo del cholo Ramírez, sentado frente a mí.
–¿Ramírez?, ¿eres tú?, pregunto, balbuceando, de la sorpresa.
–Qué, ¿no me reconoces?
–Pero, ¿y el viceministro…?
–Esa es una larga historia – me responde muy fresco entre risas que, si no abres la boca, algún día, entre un par de chelas, te contaré…





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