El secreto
- pedrocasusol
- 16 sept 2025
- 5 min de lectura
Escribe: Artemio Polo Príncipe
Sí, Nica, estaba en el aula de tercero cuando apareció; venía a ocupar la plaza de Matemáticas e irradiaba belleza y juventud en su ser. La claridad de su piel la hacía verse como a una virgen, y el negro azabache de sus cabellos, que llegaban al ecuador de su cuerpo, aromaban a jazmines y geranios. En pocas palabras era hermosa y me transportó a los años de mi adolescencia.
Por Dios, Nica, desde esa mañana jamás pude sacarla de mi mente, aún hoy recuerdo con nostalgia el suave arrullo de su voz cuando me preguntó: ¿Disculpe, con el director?
Yo, amable y galante le respondí: No, Roberto Ponce, profesor de Comunicación para servirle, venga, sígame por favor.
Sí, Nicanor, bastaron solo dos meses para que me acepte; yo, un viejo zorro en estas facetas, puse en práctica lo mejor y variado de mi repertorio, planeando la mejor estrategia, acorralé a mi presa. Primero debía averiguar su número de celular, y después, si estaba comprometida. Lo del celular fue fácil, pues en dirección, manuelita, la secretaria me lo dio sin ningún problema; en cambio, lo del novio sí me tomó dos semanas saberlo, debido a la mala fama que me hicieron Lupe y María (no hay peor venganza que la de tus ex, sobre todo, si trabajan contigo), lo que me dificultó acercarme a ella y retrasar mi plan.
Contra todo lastre, comprobé que estaba sola; sin embargo, un incidente surgió: un par de colegas jóvenes, también le habían “echado ojo” y empezaron a verme como su rival. Pero yo, un “hombre con muchas batallas en su haber” no podía amilanarme y con más empeño entré a la brega, será por eso que cuanto más trabajo te cuesta algo, el sabor del triunfo es más placentero, dicen.
Por mi madrecita, Nicanor, fueron días intensos por tratar de ganarme su amistad; claro, primero no me quería ver ni en pintura, hasta que poco a poco logré sacarle una sonrisa, un abrazo y de allí, ya tú sabes, vino lo demás, por algo dice el dicho: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Y aquella tarde, después de la actuación por el día del padre, fue donde le declaré mi amor. Ella temblorosa eludía mi mirada, en ese momento me di cuenta de su inexperiencia, tan solo necesitaba tiempo y más floro para que solita caiga; así, empecé a colmarla de regalos, con cartitas y chocolates, cuando al mes, me dio el sí. Luego, salimos todos los fines de semana a comer, bailar y pasear, yéndonos para fiestas patrias una semana a Cajamarca.
Así es Nicanor, como volví a vivir los mejores años de mi vida, es cierto eso que dicen: “Carne joven, te rejuvenece”, porque desde que estoy con Micaela, todo ha cambiado en mí, ahora me siento renovado, con nuevos aires y visto a la moda.
Todo iba de maravilla, sin embargo, la semana pasada al salir del cine me comentó: Mi mamá quiere conocerte, Roberto (la madre, había enviudado hace diez años). Yo, un veterano de cuarenta primaveras, no podía arrugar, y al toque le dije: Está bien mi amor, y porque no aprovechamos ese día y formalizamos. Nunca presagió aquella respuesta de mi parte, ya que titubeó, ateniendo sólo a decir: ¿Cómo? ¿Formalizar…? Sí, si nos casamos, sería algo lindo, ¿no crees, amor?, afirme decidido.
A mi mente vino la frase del viejo Bustamante, cuando le comenté que estaba en salidas con una profesora dieciocho años menor: “Aprovecha flaco, que ya estás en los descuentos, porque después de los cuarenta ni las moscas se te pegarán”, me dijo entre risas, el muy maldito.
Eso me impulsó a oficializar la relación, hermano, porque hay que ser sinceros, los años se van como el agua entre los dedos, ya tengo cuarenta y dentro de diez voy a cumplir medio siglo: ¡Puta mare!, ¡cómo se pasó el tiempo tan de prisa!; ¡no hace mucho que íbamos a las polladas! ¡Y conocíamos chicas! ¿te acuerdas, Nicanor?
Pero ahí no queda todo, ni te imaginas lo que vino después. Acordamos reunirnos con su madre el viernes a las cinco, en el Mall plaza (esa cadena de tiendas que está en la carretera hacía Huanchaco); para esa cita especial me compré ropa nueva y llevé un presente a mi futura suegra.
Aquella tarde llegué temprano, cuando a la media hora la vi aparecer, me llamó la atención verla sola, al preguntarle por su madre me contestó: Ha tenido un percance, dentro de algunos minutos estará por aquí. No hay problema, mi amor, le dije, más bien, por qué no aprovechamos y vamos a dar una vuelta por los stands.
Ingresamos a varias tiendas, todo con la intención de matar el tiempo. Cuando estábamos por cruzar el umbral de la librería, me dijo con apremio, espérame un ratito mi amor, pues con urgencia se dirigió a los servicios higiénicos.
No había pasado ni un minuto desde que se ausentó, y una mujer muy elegante ingresó, llamando la atención de los presentes; empecé a cavilar de donde la conocía, si la había visto en algún lugar, mas no lograba relacionarla con ninguna de mis amistades. Yo, anonadado, la vi coger un libro del estante y con sigilo me le acerqué por atrás; el libro era una colección de poetisas peruanas del siglo XX. Al notar mi presencia, la mujer volteó y clavó su mirada en la mía, paralizándome por completo; cual presa de una víbora no tuve tiempo de reaccionar, estaba como hipnotizado y mi corazón latía con fuerza. Al poco rato: un chispazo abrió mi mente. ¡Sí!, era Rosemary ¡No había duda que era ella! Había cambiado físicamente y los años se notaban en su rostro, pero aún mantenía la hermosura de sus ojos negros y su tierna sonrisa estaba intacta.
Era como si estuviese soñando, como si hubiese retrocedido en el tiempo; por unos segundos nos apartamos del mundo, solo estábamos ella y yo. Nos saludamos con un tierno beso y pude experimentar las mismas sensaciones cuando era un adolescente, incluso, me percaté que ella también sintió lo mismo. Si que sigues igual, me dijo sonriente, ¿Y qué ha sido de ti? ¿Te casaste? No, respondí con una sonrisa pícara, si supiera que después de ella no pude amar a nadie con esa pasión frenética. Le pregunté por su vida. Yo tengo una hija, pero ahora estoy sola, me contestó. Fueron segundos, hablando de nosotros, una eternidad. Al marcharse, le di el número de mi celular, Quise retenerla, mas sólo la contemplé cuando se perdía en medio del río de gente.
Al volver Micaela, con premura me dijo: Vámonos amor, mi mamá está esperándonos en la cafetería, en esos instantes estaba como ido pensando en ella, mi primer amor. En el trayecto: ¿estás bien amor? ¿te noto extraño?, me preguntó Micaela, algo preocupada. ¡No, no tengo nada!, le respondí, y agregué como para distender la coyuntura. Será porque voy a conocer a mi futura suegra que estoy nervioso. Ya verás que se llevarán bien, ella es muy buena, yo le he hablado de ti, me dijo.
Al llegar, el local estaba repleto de clientes; al fondo, en un rincón, donde la iluminación era escasa, se encontraba una mujer, sola, de espaldas, quien permanecía sentada; cuando Micaela le dijo: ¿Hola mamá?, la mujer volteó y quedé petrificado, pues gran sorpresa la que me llevé, al ver a Rosemary frente a mí. Yo, solo atine a decir, mucho gusto, Roberto Ponce para servirle...
Así es Nicanor, qué pequeño es el mundo y tan grande es el destino, que muchas veces nos es difícil comprenderlo del todo. Yo, desde ese día llevo conmigo un gran secreto, que no sé hasta cuanto tiempo podré guardar.





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