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El vestido azul

  • pedrocasusol
  • 22 abr 2025
  • 4 min de lectura

Actualizado: 2 jul 2025

Escribe: Thalía Correa


Era sábado, ibas bien vestido, camisa y pantalón planchado, zapatos lustrados, como si fueras a una reunión importante. Yo llevaba puesto el vestido azul cielo que me regalaste en mi séptimo cumpleaños, me sentía muy guapa con el ordinario peinado que te esforzaste en hacerme. Sí, los zapatos me apretaban, pero no importaba, tampoco quería decirte. Quería aprovechar todo mi tiempo contigo. Cuando te separaste de mamá, los fines de semana se volvieron especiales porque me los dedicabas a mí. Me dijiste:


No importa cómo te vistas todos los días, pero los sábados cuando vengas a la casa de Dios, tienes que estar impecable.


Lo miré y asentí como si tuviera la verdad y la razón de todo, aunque muchas veces no entendía nada de lo que decía. Nunca dudé de papá. Todo era como él decía. Al llegar a la iglesia no iba a jugar con todos los niños, prefería quedarme sentada a su lado escuchando al pastor. Los sábados eran por mucho mis días favoritos. Despertar, arreglarme, escucharlo cantar canciones de José Luis Perales de camino a la iglesia, comprar el almuerzo y merienda del día, ver Cantinflas. Trataba de entender sus bromas y risa descontrolada.


Lo gracioso de Cantiflas es su manera despreocupada de ver la vida, hija. Toma, te traje chocolate caliente. Sopla que te puedes quemar.


Ahora me da un poco de risa pensar en aquella rutina de los sábados. Un año por lo general tiene 52 sábados, más de lo que duró la mejor rutina de mi vida. Te fuiste, como muchas veces, sin decirme nada. Esta vez era definitivo. Los sábados dejaron de ser mis días favoritos.


Desde entonces fui por mi cuenta a iglesias católicas, mormonas, evangélicas, aprendí sobre los musulmanes y también sobre judíos, pero nunca volví a sentir esa tranquilidad y felicidad de los sábados. Aunque busqué y busqué, terminé sumergida en una especie de hoyo negro, por más que corrí, no pude huir de aquel espantoso y solitario sentimiento de abandono, terminaba atrapada en él, me abrazaba fuerte, tan fuerte que muchas veces me arrebataba el aire, y me dejaba siendo un nudo de persona. Yo no quería ser Jenny de Toy Story 2, pero cada vez que cerraba los ojos terminaba convirtiéndome en aquella vaquerita de juguete, empolvada y olvidada debajo de la cama de Emily. Tenía 13 años, ninguna respuesta, lo que sí tenía era mucha rabia y demasiada tristeza.


Estuve brava con el mundo por mucho tiempo, pero encontré una manera fácil y económica de escapar de toda esa ira. A los 16 años ya escondía botellas vacías de vodka barato en mi armario. Todos los días, después del colegio, mi cuarto se convertía en un punto de encuentro. Licor, música, amigas y muchas risas. Mi nueva rutina.


Papá volvió antes de acabar el colegio, quería crear un vínculo otra vez, pero yo ya estaba ocupada. No tenía tiempo ni ganas de hablar con él, su risa me fastidiaba y ya no aguantaba sus bromas desubicadas. No lo necesitaba. Ya no tenía 7 años y odiaba a Cantinflas.


No necesitaba de nadie. El licor era mi única relación estable. Una noche mamá me encontró encerrada en el baño. Yo estaba dormida, abrazada al inodoro. La escuchaba como un eco, me castigaba gritando, amenazaba con quitarme la mesada de un mes, yo me esforzaba por abrir los ojos, la boca, quería decirle que me encontraba bien, pero no pude. Tampoco pude abrazarla. No tenía control de mi cuerpo. Cuando encontró las dos botellas de vino que me había tomado de golpe, le gritó a su novio:


¡Darío, ven a ayudarme, la niña no responde!


Pobre mamá, seguro que no fue una buena imagen, pero eso solo era el inicio. Además de tomar, empecé a fumar junto a mis amigas. Las mujeres tenemos mucha ventaja a la hora de conseguir lo que queremos con solo miradas y sonrisas. Yo no. A mis amigas les vendían de todo, aunque estuviesen uniformadas. A mí no.  Después de la graduación se me hizo difícil conseguir licor, yo no tenía la habilidad ni la seguridad de mis amigas. Era muy tímida para mirar a cualquier persona directamente a los ojos. Entonces, se me ocurrió hacer reuniones y encuentros en casa, y así el licor nunca faltó.


Al cumplir 18 dejé de responder los mensajes esporádicos que me enviaba papá. No hice más reuniones. Dejé de hablar con mis amigas del colegio. Además, dejé la universidad sin decirle a nadie. No comía. Mi mamá y su querido novio, Darío, estaban muy ocupados con sus vidas para prestarme atención. No se daban cuenta de nada.


Para mi cumpleaños 21 me compré un vestido azul. Llegando a casa me lo puse, me peiné, y miré al espejo, ¿Quién era esa persona frente a mí? Sonreí apenada y vi que a la imagen del espejo le faltaba un diente. Lloré mientras recordaba que había perdido un diente hace un mes, caí de boca por las escaleras. Adiós diente. Ya no quería sonreír. Perdí el control. Por más vestidos que me probará jamás volvería a ser la niña de 7 años.

 





 
 
 

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