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El último suspiro de Valembert

  • pedrocasusol
  • 5 may 2025
  • 4 min de lectura

Escribe: Carlos Arosquipa


Las luces del hospital palpitaban en son del desdén, los cadáveres alrededor susurraban agonías. Austin yacía en la cumbre de los lamentados, con una conciencia clarividente resuena en su mente un nombre: Ana. En un intento por recobrar el conocimiento, logra escuchar un estallido seco, desgarrador, e intenso. Ve a Ana correr, vociferando lamentos mientras que, sin piedad, la silueta negra recae un disparo en su cabeza. ¿Por qué lo ha hecho?, ¿Qué motivos habrá en su desventura? El mundo se detiene, la vida se ha quedado suspendida en su suspiro eterno. Desesperado, Austin va en desdeño por su amada, en ello, se escucha un eco de hierro rompiendo el aire. Austin queda en el suelo, inconsciente, a un paso de entre la luz y la oscuridad. Su cuerpo se sentía en un abismo, un abismo que caía al terciopelo de la vía láctea, huyendo de la tempestad, en tregua con el dolor.


En mi mente, resonaban los casquillos de aquel extraño recuerdo, donde mi bienaventurada doncella me llamaba por mi nombre — padre… Austin… padre… — En ello, una silueta azul abre las puertas de mi lecho tormento — Señor, ¿está usted bien? — Con la mente lúcida, contestó — ¿Dónde está mi hija? — Sin la espera de una reconfortante respuesta, me indican su esquivo aliento. La desgarradora noticia empieza el fin del mundo en mi alma, pero con un rencor, cual veneno en mis venas, arrastra un deseo por vengar el anhelo de una joven al cual vivir es su prospecto.


En su instante descollante, abre paso al escudriñamiento del pasillo, cual oscuro y degollante aparenta. Con la mente en blanco, observa aquella silueta negra, aquella que susurra poemas sin corazón. Con una figura alterna, cual fuego apaga la semilla de su fulgor, desprende un grito que recae en las cenizas de su recuerdo. La silueta desaparece, dejando un sobre rojo sin aparente relleno. 


Junto a él, se encuentra la habitación, cual alma del moribundo se halla envuelto en la penumbra de su extinción. Con doctores alrededor, buscan la redención de su vida, la piedad de Dios. Mientras varios susurran su desvanecimiento, Austin Valembert se halla en una agonía espontánea, un estremecimiento del corazón, cual dejase de latir. 


En busca de una fuga, cual sentido carece, merodea hasta hallar su casa. Al retorno de su morada, cual refugio del tiempo había detenido su sentir, retoma un sentido indiferente a su memoria, las fotografías han distorsionado su imagen, los cuadros pierden su esencia abstracta, la sustancia, memoria de su hija, ha desaparecido. En ello se oyen venturas de lo oscuro, su sombra, cual momentos añora el infierno, agarra el cañón moderno, que dejaba en su lugar el polvo de su teclo tiempo. Dando un disparo a la muñeca de Ana, gritando desconsolado, alertando a todo animal, y desprendiendo un pitido en todo cerca del momento. 


Aquel moribundo paciente, del cual distingue su agonía, es llevado a un procedimiento de finalización, susurrando lamentos. El cirujano, cual procedimental trayectoria destaca, drena su sangre, pues la cirugía ha cesado. 


Hombre, cual linaje alude a Valembert, busca desentrañar de su mente al asesino, cual veneno del rencor desprendería de cualquier hombre. En búsqueda de la respuesta, acude al campo, bajo un árbol empieza a recordar la imagen de la silueta negra, sin embargo, cada instante que aparentaba encontrar su rostro, su presencia, la imagen, se desvanecía, como si tratase de huir de mis pensamientos. En ello, de aquel lugar que prospecta de las nubes cae de forma cuidadosa un espejo roto y desvanecido por los tormentos, reflejando en sí mismo al demonio. De ello, su sombra se revela, apuntándole con su dedo, mientras del otro pedestal en su extremidad, con un afilado cuchillo, se da a sí mismo. 


Moviéndonos al lado agonizante del paciente, cuyo nombre respecta al néctar del desolado, cuerdo por su situación, empieza a esclarecer su memoria, sin mucho éxito, vuelve a la inconsciencia. Las convulsiones resuenan en su cuerpo, su corazón y pulmón luchan por mantenerse al ritmo, sufre de un paro y, con todo el equipo dentro, el hombre fallece.


Austin, seguro de lo que debe hacer, va en son al encuentro de su sombra una vez más, por el delirio que aparente estar enfrentando, sabe la reflexión de aquella silueta negra, que se coloca en cada imprevisión pasada y presente. De ese modo, va al lugar de los hechos, un antiguo parque, del cual momento desesperanzador derrumba su belleza. Es así como logra acudir a aquel demonio negro. Su aparición se vuelve exasperante, empiezo a respirar agitadamente, mi corazón empieza a resonar al ritmo, cual tambor desbocado marca el paso frenético de mi angustia, y, de mi sentir evocando miedo, logro presenciar su imagen. Aquel que desprende temor, comienza a moverse en relación a mi cuerpo, su mirada se torna similar a la mía, su cara comienza a asimilarse, cual espejo refleja los objetos, a mi rostro. Desconcertado, voy al pare de su imagen, descubriendo, así, que he sido yo el asesino de mi hija, el que le dio fin a su plenitud. Con una mente rota, empiezo a convulsionar, mi corazón deja de latir, y en aquel hospital donde alguna vez un hombre falleció, muere su servidor de un paro cardiorrespiratorio.


Resulta que, por un reclame de su hija, cual enojo justifica su actuar, escribe en una carta, cuyo color asemeja la sangre, el desacuerdo que mantiene sobre los ideales, cual anticuadas opiniones posee, de su padre en expectativa de su futuro. En eso, de forma impulsiva, Austin, desconcertado, con acciones que no asemejan su amor, agarra la pistola, en busca de provocar miedo en su hija, sin esperar que estuviese cargada, cual pistola antigua guardaba, presiona el gatillo, colocando un final a su plena vida. Recobrando un sentido de razón, se da cuenta de lo que hizo, triste, y enojado por el acto, data un suicidio, cual fallo da un respiro incesante.


Cual trabajo médico encarga a los doctores a hallar el desorden homeostático del hombre, se encuentra en la autopsia un benigno tumor, empujando aquella parte mediadora de impulsos, la corteza prefrontal. Escarbando así aquella influencia, de aquel padre que daba un orden violento, siendo sútil el cambio de Austin frente al influjo de su padre, pero lo suficientemente grande como para dimitir impulsos incontrolables, indeseados y dados por momentos menores causantes de ira.



 
 
 

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