En mis tiempos
- pedrocasusol
- 6 oct 2024
- 8 min de lectura
Escribe: David Vidal
—Bueno, Gabito, lo prometido es deuda —dijo Luis, de casi 100 años— siéntate que te contaré, de primera mano, cómo eran las cosas en mis tiempos.
Gabriel se encontraba ya sentado en el sofá y con una gran sonrisa en el rostro que parecía iluminar las paredes de la sala, ornamentadas con cuadros móviles y otros estáticos de retratos familiares. En una de ellas aparecía Luis a los 25 años, muy contento, recibiendo su colegiatura de ingeniero civil. El Luis del presente, mientras avanzaba a paso lento y lánguido, observaba con detenimiento y nostalgia aquella foto. Sus pupilas se dilataron mientras trataba de evocar, con algo de esfuerzo, algunas de sus memorias. Por su parte Gabriel lo miraba con cierta impaciencia, expectante por escuchar las historias que le tenía deparado su abuelito.
—Nono, rápido que ya se hace de noche y mi mamá quiere que duerma temprano —reclamó Gabriel con ternura.
—En mis tiempos también era así. Me alegra mucho saber que eso no ha cambiado —dijo Luis con alivio— todavía…
—¿Y cómo eran los departamentos en tu época nono?
—Eran…más grandes. Teníamos muebles pomposos, una tele en medio de la sala. Yo, particularmente, tenía libros, varios. Y libreros. Ahora todo cabe en este aparatito —Luis se tocó la pulsera—. Ahora no tienes que estudiar mucho, todo lo puedes consultar aquí. Incluso puedes ver series y películas con esta cosa. Antes nos reuníamos a ver la televisión o para ir al cine.
—¿Qué es el cine?
—Es…, perdón, era un lugar adonde iba la gente a ver las películas de estreno. Las proyectaban en pantallas gigantes, de dos o tres pisos de alto, y de como 15 metros de ancho. Allí íbamos en familia, con amigos o con la novia —Luis esbozó una sonrisa— a pasar el rato.
—Suena a como ir al colegio.
—Ir al colegio era diferente en mis tiempos. Un profesor de verdad te enseñaba la materia, ¿sabes? Antes existían los profesores.
—Ahora también, nono.
—Sí sí, pero antes eran humanos—replicó Luis mirando al vacío. —Ahora los profesores son pantallas que hablan. No sienten, ¿sabes? Hasta ahora no salgo de mi asombro que hasta la profesión más digna haya sido reemplazada por la IA.
—A mí me dijeron que sus profesores reprobaban los exámenes para ser profesores, nono.
—En Perú pasaba y pasa de todo Gabrielito —dijo Luis, con las cejas enarcadas. Había sorpresa en su mirada—. ¿Eso te dijo la IA?
—Se llama CloudIA, nono.
—¿Claudia? —Dijo Luis con los ojos bien abiertos.
—CloudIA…Y nos dijo que sus profesores incluso hacían huelgas para que no les tomaran exámenes porque no se encontraban preparados.
—Sí, es cierto— repuso Luis arrugando el rostro. —Pero eran humanos, Gabito. Humanos, como tú y como yo.
—Y solo por ser humanos, ¿los hace mejores, nono?
—No, claro que no— Luis vio a su antiguo yo de 25 años sosteniendo ese diploma que ahora de poco o nada servía. —Pero los humanos somos más que algoritmos. Los humanos cometemos errores, pero también aciertos. Nosotros creamos a esa Claudia, que no se te olvide Gabito—Luis ensanchó el pecho mientras que con el dedo índice parecía apuntar a la cabeza de Gabriel. — Esa Claudia podrá no cometer errores, podrá ser mejor profesora, pero no sabe lo que es ser humana. Y ser humano es cometer errores.
—Pero tus humanos cometían errores a propósito nono.
—¿Cómo dices?
—Según nos enseñó CloudIA, sus gobernantes hacían leyes en contra del país a propósito. También nos dijo que les robaban, y que ustedes no hacían nada. Se encontraban más concentrados en sus trabajos y en sus vidas.
Un silencio acaparó la pequeña sala. Todo parecía congelado en el tiempo, a excepción de los cuadros en movimiento, que ajenos al diálogo, seguían repitiendo el patrón de colores cambiantes.
—Veo que sabes mucho de mi tiempo, Gabito —dijo Luis, agachando la cabeza.
—Sí, nono. Pero CloudIA nos aconsejó que les preguntásemos también a nuestros nonos cómo eran sus tiempos.
—¿Eso dijo esa IA?
—CloudIA, nono. Y sí, eso nos dijo. Nos dijo que ella nos puede dar los datos, pero que ustedes lo vivieron. Y que si teníamos nonos vivos les preguntásemos... —Gabriel miró la foto de Luis con nostalgia.
—Interesante esa Claudia…
—Y nos dijo que todo eso acabó con el Gran Plebiscito.
—Claro, el Gran Plebiscito—Luis pareció mirar al cielo a través del techo de concreto. —Claro que lo recuerdo.
—¿Cómo fue eso, nono?
—Bueno, como te dijo esa Claudia, cometíamos muchos errores. Nuestros gobernantes iban de mal en peor—Luis dio un largo suspiro, como quien se prepara para dar malas noticias. —Nuestra primera presidenta fue un desastre. Y el congreso de esa época dispuso normas en contra de la ciudadanía, de nuestros bolsillos y en contra de nuestra seguridad. El país, la capital, se volvió insegura. Y…—Luis tragó saliva— y luego volvimos al autoritarismo. Ganó un candidato que se vendió como el salvador del Perú, pero nos acabó por hundir más. Se vendió como popular al pelearse con el congreso y les asestó un buen golpe, que hasta yo aplaudí —Luis esbozó una sonrisa—. Disolvió ese congreso de mierd…
—Sin lisuras, nono. No le gusta a mi mamá.
—De porquería. Pero su autoritarismo pudo más y terminó por unir los tres poderes con una nueva constitución —Luis hizo una pausa y observó al vacío con los párpados caídos—. Una que muchos apoyaron. Hizo algo a lo que llamó el estado del puño. Pero era un puño sin dedos, más parecido a un muñón. Y como todo muñón, no era funcional. El presidente empezó a emitir soles por doquier porque ahora controlaba el Banco Central de Reserva. El sol se devaluó y la inflación se disparó y la economía cayó —en los ojos de Luis se podía percibir el horror de sus memorias—. Muchos huyeron, otros nos quedamos. Y los que nos quedamos vimos con impotencia cómo se reelegía este candidato. Íbamos en caída libre hasta que oímos noticias del primer mundo —los ojos de Luis reflejaron esperanza.
—¿De China, nono?
—Sí, de China. Allá por el 2035, si más no recuerdo, China fue el primer país en implementar una IA en su gobierno. La llamó…
—XIA…
—Sí, esa de allí. XIA empezó a controlarlo todo por allá. Y cuando digo todo, me refiero a todo. Se vendió como el futuro. Un país en donde no se podía ni matar ni robar. Se escuchaba como el paraíso, aunque muchos miraban a china con terror. En especial nuestros políticos. Pero todo tuvo un efecto cascada cuando Estados Unidos hizo lo mismo y creó…
—AdrIAn…
—Sí, así es Gabito. Y de allí todos los países de la ONU adoptaron la misma estrategia—el rostro de Luis parecía haberse iluminado. — Y fue la ONU y su política globalista la que presionó a latinoamérica a modernizarse. Primero fue Chile, luego creo que Argentina…
—Brasil, nono. Chile, Brasil, Uruguay, Argentina, Colombia, Ecua…
—Bueno sí, eso mismo Gabito. Pero en todos los países primero se había consultado a la ciudadanía. Y así como en el virreinato, éramos todavía el último bastión de la corrupción humana. Pero el muy hijo de...
—¡Nono!
—El muy tonto que teníamos de presidente no quería. Y fue allí que hubo una gran marcha. Luego de mucho tiempo, desde la marcha de los cuatro suyos, no se veía algo parecido, Gabito. Fue gigante, ¡mastodóntica! —Luis abrió las manos enseñando sus palmas. —Algo histórico, y fui parte de ella.
—¿Y cómo fue esa marcha, nono?
—Bueno, por primera vez en mucho tiempo salimos todos los civiles. Y cuando digo todos, me refiero a todos—Luis abrió los ojos como platos. —Grandes y pequeños. Adultos y niños. Todos, porque luego de mucho tiempo sin un norte por fin veíamos luz en el horizonte, Gabito. Y cuando los militares se unieron fue el final de ese dictador. Y es allí, con el presidente provisorio, que se da el Gran Plebiscito.
—¿Y tú por qué votaste, nono?
—Voté a favor de la IA sin dudarlo. Como el 90 por ciento del país. Y es allí que llegó…
—IntIA.
—Así es Gabito. IntIA cambió nuestras vidas —Luis hizo una pausa—. Pero las cambió más de lo que yo esperaba.
—¿Cómo así, nono?
—Bueno, ustedes ya no trabajan, Gabito. Solo una pequeña parte de la población puede trabajar porque ahora todo lo hace la IA. Y para trabajar hace falta unos implantes raros que ni sé cómo se llaman.
—Se les dice Links, nono.
—Eso de allí.
—Pero, ¿a ti te gustaba trabajar, nono?
Hubo silencio de nuevo en la sala. Luis dio un largo suspiro antes de contestar.
—La verdad es que no, Gabito. En mis tiempos había que ser un privilegiado para trabajar en lo que te gustaba.
—Entonces, ¿por qué está mal que ahora casi nadie trabaje.
—Bueno, porque el trabajo dignifica al hombre, Gabito.
—¿Qué es ser digno, nono?
—Bueno, ser digno es ser bueno, ser útil a la sociedad. Saber que tienes algún tipo de valor.
—¿Y crees que ahora nosotros no somos de ningún valor para la sociedad?
—Eso es lo que no sé, Gabito.
—¿Crees que no valgo nada?
—No, tú vales mucho, Gabito.
—¿Pero si no trabajo?
—Para mí y tus padres vales oro, Gabito.
Hubo otro silencio. Ahora era Gabriel el que miraba al vacío.
—Nono, CloudIA nos dijo que trabajar no nos da valor. CloudIA nos dijo que el trabajo ahora no tiene valor. Y que ahora podemos ser felices. Ahora el humano puede ser lo que quiera. Ya no me pueden obligar a estudiar algo que no me gusta. Ni me pueden obligar a trabajar. Y ahora el mundo es más justo porque todos tienen un salario universal.
—Pero los que pueden trabajar ganan más. Viven en casas más grandes, y…
—Y muchas cosas más, nono. Pero es por eso que su generación no pudo alcanzar la felicidad.
—¿Por qué, Gabito?
—Porque siempre quieren más.
—El humano siempre quiere más, Gabito.
—Eso mismo nos dijo CloudIA, nono. ¡Pero es nuestro deber combatir eso para ser felices!
Luis miró a su nieto con cierta admiración. Era cierto su diagnóstico. Siempre, desde que había nacido, había competido. Ya sea por ser el primer puesto, el primero en graduarse, el del salario más elevado, el de la casa más bonita. Entonces, ¿la clave para ser feliz se encontraba en la mediocridad? ¿En dejar de querer más? ¿En dejar ir tus ambiciones? Y mientras meditaba todo ello su nieto lo miraba con reprobación y algo de tristeza. Gabriel movía la cabeza de un lado a otro mientras levantaba los labios.
—Es por eso que tú nunca fuiste feliz en vida, nono.
—¿Cómo dices, Gabito? Si estoy vivo todavía.
—Terminar simulación…
Y la imagen de Luis pareció congelarse, mientras que poco a poco se iba difuminando en el ambiente, hasta que terminó por desaparecer.
Ya hacía dos años que su abuelo había fallecido. Y toda vez que podía, Gabriel hablaba con él. O, mejor dicho, con su simulación. Ahora Gabriel estaba solo en la sala viendo el vacío. Se levantó del sofá y caminó hacia el retrato de su abuelo. Se le veía con una gran sonrisa, abrazando a su madre y mirando a la cámara con ese pedazo de papel en las manos. Gabriel sonrió también mientras la nostalgia invadía sus pupilas.
—Al menos en esta foto lo fuiste, nonito.





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