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En vista de espera

  • pedrocasusol
  • 30 sept 2025
  • 5 min de lectura

Escribe: Cecilia Fiestas


La carta de hoy no llegó. El sentir de su cercanía hacía que ella se pusiera especial. Será hoy. Como siempre, alguien revisa de forma muy ansiosa, el buzón del correo. No solo es tocar con un puntero el botón de recibidos, sino el pensar que allí reconocería finalmente el perdón.

 

Pero hoy, la carta, tampoco llegó. Ya han pasado varios años, desde que decidió por libre voluntad retirarse de la relación. Eliminar todo contacto con ella era típico en él. “Nunca supe por qué lo hice o qué me motivó a alejarla de mi vida, pero, lo que sé es que lo estoy pagando con mi intranquilidad”. Media vuelta en el parque y recuerda lo que hizo.

 

Hoy es domingo, son exactamente las veinte y unas horas y no se avizora un átomo de cercanía con ella. “No diré su nombre por respeto a la dama. Pero debo confesar que ella robó mi corazón. Fueron los mejores días de mi vida, entre risas, bailes, amigos y cierto coqueteo primaveral. Yo que tenía unos cuarenta y tantos. Me creía el más más, diciendo que ninguna mujer debía decir un no por respuesta. Ella me escuchó, eso lo recuerdo porque no dejaba de mirarme. Sentía que su mirada de ángel me evitaba. Admito que yo estaba también asustado; temblaba mi voz cada vez que se me acercaba. Mi pulso casi me juega una mala pasada, cuando la vi con un joven, muy enamorada al parecer. Me dio miedo perderla, la seguí y vi cómo se iba en el auto de él. Decidí seguirlos, la avenida parecería más larga de lo normal, y el auto a veces se paraba. Pienso que el destino lo tenía todo preparado, y pensar que antes yo me ufanaba de mis conquistas. Vaya, soy yo quien la persigue. Debo sestar cambiando mi forma de ver la vida”.

 

Para mi sorpresa, ella detuvo el auto ante una casa. Vi que saltó de la puerta del auto, con una maleta. De seguro ella se iba por más ropa para un viaje, o es que se iría a otro lado y necesitaba llevar algo más. Ella abrió la puerta con una llave muy fina. “Me muero si ella se va y no me dice con quién”.

 

Entonces, yo bajé del auto, me acerqué al tipo. De frente, le pregunté: “Oye, amigo, dime si la chica que llevaste es alguien de tu familia. Debo parecerte raro, por preguntarte, pero no puedo perderla,…”, “Estás mal, yo no he traído a nadie, es más estoy aquí porque, debo llevar a alguien a su casa,…”No me mientas, te he visto con una mujer joven, de unos veinte años aproximadamente”, “No sé de qué estás hablando”. “No me mientas, ella regresó con una maleta y yo la he visto”.

 

El joven de la camioneta se sonrió, pensó que era una broma o que el tipo estaba con alguna sustancia dentro de su cuerpo. “Basta amigo, ya te dije, yo solo estaba aquí porque mi mujer me espera en casa, y deberé darle parte del dinero porque ella lo arregla”.  La cara de hombre cauteloso en todo su esplendor.

 

Dejé al tipo solo, me retiré a mi auto; luego, observé que salía nuevamente la jovencita, pero esta vez llevaba unos boletos. “Será que se va a pasear o le dejará estos boletos al del auto”. Bajé para ir hacia ella, pero, por una extraña razón, no me escucharon; ninguno, me hizo caso.

 

Sentía frío y no sabía qué más hacer. Algo pasó, lo sé porque sentí una bruma, y vi que su casa, comenzaba a oler a flores. ¿Por qué me siento así? ¿Por qué no llega la carta de ella, perdonándome? Son varias las preguntas y no hay respuesta alguna. “El amor es un camino tortuoso”. Fue una frase que lo leí en algún lado. Siento que el misterio no me dejará dormir. Pero creo que hoy ya he visto lo suficiente.

 

“O es que es su primo, su amigo o un vecino”. Dijo para sus adentros, nuestro amigo- “Me siento más triste hoy y no sé por qué”. Recordó a la escena anterior, donde se decían los sentimientos. “Ella besaba con mucha ternura. Y yo la busqué para besarla, preguntando y con miedo”.

 

Luego de la salida, él le preguntó si no le molestaría hablar a solas. Ella no sabía si era para preguntar o para felicitar por su exposición de la semana. “Tranquila, todo está bien, es que soy un poco tímido” “Me pareces un hombre interesante, pero hay algo que no logro comprender de ti… ¿qué quieres en verdad conmigo?”. Unos minutos después, ambos se daban el primer beso. Sus brazos y sus cuerpos se unían como en un baile. La música interna más intensa en cada beso.

 

Nuevamente, el joven desesperado ve a lo lejos a su amiga. “Ya están a punto de irse y esta vez definitivamente”. El joven se levantó de su asiento y fue corriendo hacia el auto. Para su sorpresa, estaba vacía, no había un error. ¿Cómo es posible que ninguno haya estado aquí?

 

Se puso a ver algunas tiendas y pensó que debía correr. Mientras la naranja que compró esperaba ser devorada. Si con el fluir de su sabor, se va la tristeza, entonces, bienvenida sea. Pero el charco de lágrimas quedaba. El joven insiste en que debe subirse a la estación por ella.

 

Su decisión le costó caro, pues al ir a su encuentro, pisó mal y cayó al pavimento. Entonces empezó a ver oscuro y a escuchar voces de tumbas. Por allí debía ir. Y esta vez sin ella. Es el camino que ha recorrido en los últimos tiempos y terco no lo quiere comprender.

 

Efectivamente, el doctor aseveró que el cráneo no estaba en buen estado, que el paciente se quejaba cada vez más débil y que estaba por irse hacia e lado más amable. Sus compañeros de vida le ofrecieron un video promocional. El hermano de la protagonista empezó a guardar los objetos de su cuñado. Y dentro del cuarto, se quedó el saxofón, un violín y miles de cartas. El olor a jazmín se impregnó de los objetos, mudos testigos de lo que alguna vez unió a esta curiosa pareja.

 

Alguien no le dijo a nuestro amigo que ahora es un fantasma. Que de nada valieron los rezos de su amada, pues él no creía en la Biblia ni en las tradiciones de ese país. “¿Cómo llegué hasta aquí?, “Eso le pasa por pensar en cosas que no son de su inconveniencia”. “Dígame qué pasa entre ustedes”.


Me abalancé sobre ella, y prácticamente le dije con amenazas que no me mienta sobre su relación con mi amor de toda la vida.

 

La joven aludida, cogió su mochila, la única que llevaba como amuleto y que le daba un poder para eliminar a sus enemigos. “Arranca, amor, este tipo no entiende que ya no le amo”. “Como tú digas, cariño”. La besó muy apasionadamente. “¡Déjala!”. Se escuchó un motor a fondo, llantas apretadas y el grito de libertad.

 

El auto voló hacia el andén del tren. Dejaba atrás un pasado, una vieja herida. Nuestro protagonista no se amilanó, buscó un auto, encendió con un desarmador y pensaba “me he vuelto un ladrón”; los persiguió por las calles, y avenidas; “siento que ellos me la van a pagar”. Llegado al lugar, corrió hasta el andén, la buscaba como loco, gritando su nombre. La policía le previno en no correr muy cerca de los andenes, pista mojada. Y cuando ya estaba a punto de alcanzarla, pisó mal, cayó y su cráneo golpeó con un fierro; no hubo forma de recuperarse. Mucha gente se reunió a su cuerpo. Él ya no los veía.

 

Dicen que su alma vaga por el cuarto de su ex enamorada, que grita y bota los objetos, como en las películas de terror. Se quedó allí para esperar la carta de amor, la de perdón que nunca llegó.



 
 
 

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