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Escaleras

  • pedrocasusol
  • 16 ago 2024
  • 3 min de lectura

Escribe: Thalía Correa


Martes, 25 de abril.


Lo odio mucho. Odio sus pecas, sus ojos marrones oscuros como el café, su piel blanca como la leche, odio también su corte de cabello, su sonrisa perfecta, pero lo que más odio de él son sus ganas de pelear. Esto fue lo que escribió Betty en su diario aquella noche.


Betty y Pablo eran amigos de escaleras desde hace ya 5 años. En el momento que Pablo la vio supo que serían buenos amigos, y así fue, compartían todos los días después del colegio. Solo ellos entendían sus bromas. Bastaba que se miraran para descifrar lo que el otro estaba pensando. Hablaban de todo y de nada. Cuando quedaban en silencio, lejos de ser incomodo se sentían seguros, era mágico para ellos. De esas pocas conexiones que se hacen en la vida, pero ellos eran muy jóvenes para saberlo.


Hace meses el padre de Pablo decidió abandonar su hogar y hace meses que Pablo no es el mismo. Tenía ya 15 años, y aunque seguía encontrándose con Betty en las escaleras del edificio, él se notaba cada vez mas ausente, ensimismado y reactivo. Empezó a juntarse con muchachos más grandes, se la pasaban gritándole a la gente mayor y haciendo grupitos en la puerta del edificio. Nadie decía nada y todos los adultos lo dejaban pasar porque sabían lo de su padre.


El 25 de abril, sentados en las escaleras del edificio, Pablo le contaba a Betty de su día, cuando le dijo:


-La clase estaba tan aburrida que en la segunda hora me escape de las demás clases. No encontré a nadie en las canchas, así que vine a casa. Por suerte mi vieja no estaba.


Betty lo miró y le pregunto:


-¿Por qué lo haces? ¿No te cansas de portarte mal?


Él la miró con sus ojos color marrón, movió la cabeza en forma de decepción, se paró y le jalo una de sus trenzas. Le dijo:


-Tú tampoco me entiendes. 


-Si te dieras el tiempo de explicarme, tal vez podría entenderte -dijo Betty.


Pero él no respondió y siguió su camino. Betty se quedó viéndolo mientras entraba a su apartamento. Claro que no lo entendía. Betty era una niña y tenía el privilegio de tener una familia unida y amorosa. No entendía qué significaba ser un adolescente musulmán de 15 años con un padre ausente. Ahora quedaban bajo su protección su madre y hermana. Pablo tenía que hacerse fuerte como sea y encontró su manera de jugar a serlo.


Betty lo saludó al día siguiente, pero él solo la miró, le hizo una mueca y siguió su camino. Entendió que no quería hablar. Pasaron los meses y ya no eran amigos. Lo que rápido había empezado como una linda amistad ya no existía. Ahora cada vez que la veía la fastidiaba, no la dejaba bajar las escaleras, se portaba intimidante con ella. Él lo disfrutaba y Betty cada vez le tenía mas miedo. Una noche, Betty bajaba con su primo mayor, Pablo los vio y se puso delante de Betty y dijo: 


-Pueden bajar todos menos ella. -La miró a los ojos y le dio una media sonrisa. Ella quedo paralizada, solo pudo devolverle la mirada.


El primo se volvió y se interpuso entre ellos, le gritó: 


-¿Estás bien de la cabeza, renacuajo? Déjala bajar o si no te voy a quitar esa sonrisa estúpida.


-Inténtalo.


Pablo se veía tan relajado y seguro. Por suerte, la madre gritó en ese momento:


-¿Qué está pasando, Pablo?


-Señora, dígale a su hijo que se comporte, porque ganas no me faltan de darle una paliza.


-¡Pablo, compórtate! Deja a los muchachos, ven a comer antes de que yo vaya por ti.


-Esta vez te salvó mi mamá, pero ve con cuidado.


-Mejor corre que se enfría la comida.


Después esa noche Betty y Pablo se vieron raras veces. Pablo llegaba de madrugada a su casa. Los padres de Betty decidieron mudarse por seguridad, el edificio había sido involucrado con la venta de drogas y vandalismo. Con los años, Pablo supo donde vivía Betty. La fue a buscar, pero solo pudo verla de lejos. Seguía igual de hermosa como la recordaba, se había pintado el cabello, pero mantenía todavía el mismo cerquillo, había crecido un par de centímetros. Pablo se emocionó al escuchar esa risa particular, y aunque quiso acercarse para hablar con ella y contarle de su vida, decidió no hacerlo y se marchó.



 
 
 

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